Usted está aquí: lunes 3 de septiembre de 2007 Opinión ¿A qué responde la nueva izquierda de AL?

Marcos Roitman Rosenmann

¿A qué responde la nueva izquierda de AL?

Los ideólogos y hacedores políticos de la refundación del capitalismo contemporáneo han creado una visión separando la explotación de su proceso productivo. De esta manera, su éxito consiste en presentar un segundo origen espurio, consistente en la globalización de los mercados, donde la democracia y la libertad son sus nuevos principios.

El viejo capitalismo de usura pensado sobre la configuración de la contradicción capital/trabajo y enraizado en la lucha de clases es sustituido por una concepción en la que priman los valores de la solidaridad entre patrones y empleados, obreros y empresarios, campesinos y terratenientes, jornaleros y latifundistas. En definitiva nos recrean una sociedad capaz de cubrir a todos sus miembros en la denominación genérica de consumidores pertenecientes al sistema.

Se trataría de un universo compatible con el individualismo creativo, impulsor de la moral egoísta, del éxito personal, la competitividad y la riqueza. En otras palabras, el capitalismo se transforma en la libertad de realización. Una opción para realizar los sueños dentro del mercado global puestos a disposición del consumidor en el marco de la economía de mercado.

Así, el capitalismo pasa a ser un vínculo entre la persona, la libertad y la democracia representativa, todo ello bajo la atenta mirada de un Estado social de derecho, considerado complemento idóneo para el mercado. De esta forma, la explotación desaparece, y por arte de birle-birloque, el capitalismo se transforma en modo de producción democrático. Y la explotación visible, obscena, violenta a nuestras miradas cotidianas en semáforos y calles, en las cuales los menores tragan llamas de fuego, venden chicles o su cuerpo a cambio de un peso, se transforma, en boca de sus tanques de pensamiento, en una falta de capacidad para competir.

Una exclusión participativa de la cual hay que sacar conclusiones positivas. Se pasa de la explicación tópica, “siempre han habido ricos y pobres”, a una propuesta más elaborada. Ahora se apela a su capacidad para enfrentar situaciones de emergencia mirando hacia el futuro. Esta actitud fue adjetivada como el otro sendero o la emergencia de un capitalismo popular en los años 90. Hernando de Soto, su teórico, consideró a los pobres y explotados la panacea para salir de la crisis del proteccionismo mercantilista y de paso una buena ocasión para criticar la acción del Estado, calificándolo de paternalista, populista y desarrollista.

Su tesis era clara: en América Latina nunca hubo capitalismo, solo habíamos gozado de mercantilismo. Los pobres de las calles y los vendedores de las esquinas ya no eran explotados, eran capitalistas populares convertidos en verdaderos empresarios. Sólo debían transformarse. El mismo autor escribió en 2000 otro libro en el que profundiza en la misma locura: El misterio del capital. Por qué el capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el resto del mundo.

En él intenta demostrar que los pobres del tercer mundo ahorran, tienen cosas, pero las tienen de forma insuficientes. ¿Por qué?, se pregunta. La respuesta obtenida es singular. Los países del tercer mundo son incapaces de producir capital y sus pobres incapaces de representar su propiedad privada y acceder a ella. En fin, tenemos un problema de comprensión de la lógica del capitalismo y del mercado. Pobres y empresarios no han sabido entender la dinámica sobre la cual se asienta el proceso de producción del capital.

Por ello triunfó en Occidente y fracasa en el resto del mundo. De tal guisa concluye, ahora, cuando el comunismo no existe y ha fracasado, que debemos enfrentar el problema bajo una nueva perspectiva, unirnos y pensar en un mundo global, sin rencores y con las máximas potencialidades: que todos saquen a relucir sus fuerzas y nos pongamos a trabajar en una misma dirección.

Hoy la nueva izquierda en América Latina se presenta con un proyecto cuyo fundamento lo encontramos en los argumentos de la derecha. No hemos comprendido su lógica; debemos modernizarnos. Leer a De Soto y, cuando no, a otros similares. El capitalismo, dirán, no es un orden de explotación, sino un proyecto articulado para producir democracia y tolerancia, cuyos principios son la libertad y la economía de mercado.

Hoy por hoy la explotación no es un factor consustancial a su desarrollo interno. Sólo es necesario gestionarlo de manera progresista y mantener la confianza de los consumidores; cualquier otra cosa es suicidio político. En este sentido, las contradicciones de clase, las propuestas de transformación y liberación, se sustituyen por un discurso propio de un gerente comercial. No hay lugar para un lenguaje transgresor y la palabra socialismo pierde su significado anticapitalista, en tanto, desaparecen las categorías de plusvalor, explotación, propiedad privada de los medios de producción, relaciones sociales de producción y fuerzas productivas, que han sido básicas para explicar el desarrollo histórico del modo de producción capitalista.

Por el contrario, en los años 70 hubo otra nueva izquierda con otro origen. Fue crítica de los partidos comunistas y de la izquierda tradicional. Anticapitalista, rompió la visión feudal que acompañó el debate de los modos de producción e introdujo la crítica sobre vías políticas de cambio social: reforma o insurrección. Se definió desde la experiencia cubana; asumió la vía insurreccional y de liberación nacional, y apoyó una profundización de la democracia radical. De su seno nació el MIR chileno, los tupamaros uruguayos, el FSLN en Nicaragua y el ELN de Bolivia, entre otros.

Hoy la nueva izquierda nace ideológicamente del debate con la derecha; se sitúa dentro de una posición involucionista y sus posiciones tienen más de liberalismo o socialdemocracia, y sus métodos mafiosos nos recuerdan la camorra. Se incrustan en una estrategia de división de un proyecto liberador y democrático de América Latina desde México hasta el cono sur. Ojalá su protagonismo sea efímero, de lo contrario, se augura un negro porvenir para los partidos políticos en los cuales están enquistados.

 
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