Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de septiembre de 2007 Num: 653

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Cuatro décadas del Premio de Poesía Aguascalientes
Introducción de
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Aguascalientes:
ciudad de poesía

CLAUDIA SANTA-ANA

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
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Marco Antonio Campos

Lizardi y su pastorela

Acaba de aparecer hace unos meses en las ediciones del Instituto de Filológicas de la UNAM la Pastorela en dos actos de José Joaquín Fernández de Lizardi, prologada y preparada por María Rosa Palazón, nuestra lizardista mayor, quien no sólo ha coordinado con un excelente equipo de colaboradoras las obras completas del Pensador Mexicano, sino publicó en 2001 una pormenorizada y emotiva novela, o si se quiere una autobiografía apócrifa, sobre él ( Imagen del hechizo que más quiero).

Lizardi es una de las figuras más queribles de nuestra literatura y nadie, como él, representa el periodista y escritor en los años de la Guerra de Independencia y en los primeros años del México libre. Le cabe asimismo la gloria de haber publicado en 1816, con El periquillo sarniento , la primera novela latinoamericana, la cual decide escribir debido a los múltiples escollos virreinales y eclesiásticos que le impedían el libre ejercicio del periodismo. Si Borges declaraba del argentino Hilario Ascasubi que la patria y él crecieron juntos, lo mismo podríamos decir de Lizardi y nuestra patria.

Gracias a él suena en nosotros de otra manera la palabra independencia. Lizardi quiso ser ante todo un periodista pero algo más allá de él lo elevó también a ser un admirable escritor. Analizándole con lupa hasta la última palabra que escribía, a ningún hombre de letras odiaron como a él las autoridades virreinales y la ominosa jerarquía eclesiástica. Lizardi padeció hambres, persecuciones, cárceles y aun, en 1822, la excomunión, que en ese entonces era como vivir en la sociedad mexicana en la total exclusión y dentro del túnel más oscuro.

Tomando en cuenta esos oscuros y a la vez heroicos tiempos su valentía llega a anonadarnos y hace que nos sintamos infinitamente inferiores a él. En un país con gran mayoría de analfabetos, Lizardi entendió que la educación era la vía para que fuéramos un país civilizado, o al menos, sin tantas carencias. Lizardi nunca imaginó, que casi dos siglos después, esa propuesta sigue siendo casi tan válida como entonces.

Maestro del diálogo, sólo un paso lo separaba del teatro. Lizardi no fue un poeta, pero sí un hábil versificador, y esto se muestra bien en esta Pastorela en dos actos , publicada por primera vez en 1817. Lizardi tenía facilidad para la rima y rítmicamente sus versos fluyen con ligereza. O como dice en la introdución María Rosa Palazón, en el caso de su Pastorela nos encontramos con “el romance y la quintilla de rima asonante y consonante, de tono festivo y cantada por su agilidad rítmica”.

Liberal católico, en su Pastorela Lizardi le hace, con embozos y tretas, una mala pasada a la Iglesia, a la cual debe haberle gustado muy escasamente el contenido. Al leerla, nos da la impresión de que Lizardi escribió la pieza, salvo las páginas finales, con una sonrisa socarrona, y nosotros, casi dos siglos después, la leemos con esa misma sonrisa. En la Pastorela Lizardi hace un curioso mélange . Se entiende que todo ocurre el 24 de diciembre en Belén, el día cuando nace Jesucristo, e Israel se halla sometido a la égida de Roma, pero los pastores y sus esposas tienen nombres o sobrenombres de la Commedia dell'arte españolizados (Bato y Gila, Bras y Menga, Fileno y Julia, Bartolo y Celfa) y con una picardía mexicanísima. Mal avenidos los matrimonios, no hay casi ninguno o ninguna, que no suelte insultos, ofensas y pullas, en contra del cónyuge. De los maridos sobre todo Lizardi resalta los defectos y carencias: Bato es un glotón cínico y pícaro que dando una miseria le encanta comer como príncipe. Dice Gila, su mujer: “Y él es un perro tragón,/ que por un tiñoso real/ que da todos los días,/ quiere gustar gollerías/ y comer de mayoral”. Fileno es un Otelo furioso, que importuna con sus celos todo el tiempo a Julia, quien desespera de él. Bras, marido de Menga, es un infatuado que se las da de culto, un “echa textos”, uno que “ensarta latinajos aunque no vengan a cuento”, y el último es Bartolo, marido de Celfa, quien no sólo es sordo, sino “sordazo, sordísimo, sordetero, sordote, protosordo y archisordo”. Todas coinciden que son imperfectas casadas y sus maridos una ominosa carga.

Cuando el elegante y bien parecido Luzbel se les aparece y trata de corromperlos para saber si es cierto que el Mesías ha llegado, los pastores le toman sabrosamente el pelo. Luzbel les cuenta su historia y los pastores creen que se hallan ante un verdadero demente. Exasperado, el ángel o diablo caído no puede creer ni entender que seres viles e ínfimos, escoria despreciable, se mofen de él y se les desaparece en sus narices. Mientras hacen que lo buscan y lo acusan de causarles males se les aparece el arcángel Gabriel que les anuncia el advenimiento del Niño. Las últimas páginas repiten en la pieza la estructura de la pastorela tradicional.

Al leer y releer a Fernández de Lizardi volvemos a tomar conciencia de que todos los escritores y periodistas le debemos algo, que somos algo de él, algo él. En su Testamento y despedida (1827), Lizardi se congratulaba de dejar a su patria independiente de España pero no de la ceguera dogmática de los dictados papales de Roma. Murió en ese año de 1827. Se le enterró en el cementerio de San Lázaro. El epitafio que se escribió a sí mismo es inolvidable: “Aquí yacen las cenizas del Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria”.