Usted está aquí: miércoles 12 de septiembre de 2007 Política Enfermedad: notas desveladas

Arnoldo Kraus

Enfermedad: notas desveladas

Hace pocos días encontré, entre mis viejos cuadernos, una idea que por veraz resulta terrible. Suelo entremezclar, en los mismos apuntes, pensamientos y vivencias de pacientes con reflexiones filosóficas o literarias acerca de la enfermedad. Andado el tiempo, entiendo que la literatura se nutre de la enfermedad y, que ésta, a su vez, mama de las bellas artes la libido de la vida o el sabor de la muerte. Ambas, la literatura y la enfermedad, pueden convertirse en delirio y, aunque duelen y modifican el quehacer de la vida por vías distintas, las dos tienen la capacidad de perturbar la memoria y alumbrar el mundo con intensidades similares.

Veamos: mientras Ovidio decía dolor dictat, un paciente me aseguraba: “el dolor me dicta lo que debo y puedo hacer el resto del día. Su ausencia permite, su presencia prohíbe”. Alphonse Daudet, quien fue, como muchos otros grandes escritores del siglo XIX, víctima de la sífilis, escribió: “Dolor, has de serlo todo para mí. Deja que encuentre en ti todas esas tierras extranjeras que no me dejaras que visite. Sé mi filosofía, sé mi ciencia”. Junto con las ideas de Daudet rescato las oraciones de un paciente que padecía artritis reumatoide y que sufría continuamente dolores: “Mis días utilizan el lenguaje del dolor. Mi voz calla, llueve o reverdece de acuerdo al tono del dolor. El azul del cielo y el gris de las lluvias no dependen de la fuerza de la naturaleza, sino de la magnitud de mis dolencias”.

En este contexto, La fisura, uno de los últimos libros de F. Scott Fitzgerald, es escuela. Comienza con estas palabras: “Toda vida es, desde luego, un proceso de demolición”. Renglones adelante agrega: “La marca de una inteligencia de primer plano es su capacidad para concentrarse en dos ideas contradictorias sin perder la posibilidad de funcionar. Por ejemplo, deberíamos poder comprender que las cosas carecen de esperanza, y no obstante estar resueltos a cambiarlas”. Fitzgerald es maestro y genio de la pluma. Los buenos profesores, además de enseñar, suelen incomodar, preguntar y prolongar la lección tiempo después de cerrar la puerta. Muchos de sus escritos tiene esa propiedad: abrasan la mente del lector y desvelan. Fitzgerald sabía lo que decía: murió víctima del alcoholismo a los 44 años –“toda vida es, desde luego, un proceso de demolición”– y, comprendía también, que, a pesar de la destrucción y el desgaste, “… deberíamos comprender que las cosas carecen de esperanza, y no obstante estar resueltos a cambiarlas”. Esas notas literarias son también notas médicas: exponen las contradicciones propias de la vida, de la salud y de la enfermedad.

Al lado de las reflexiones de quien fuese uno de los mejores conocedores de la “edad del jazz” encontré las palabras de un viejo paciente cuya principal enfermedad eran los procesos irresolubles que conlleva la edad: “La tarea de cualquier viejo enfermo como yo, sea por los estragos del tiempo, por el insomnio, por la marcha torpe, por la soledad o por el temblor constante de mis manos, radica en entender que la curación de un mal puede asociarse a la aparición de una nueva enfermedad, y que las esperanzas que de cuando en cuando traen los días buenos pueden desvanecerse en un santiamén”.

El viejo enfermo tenía razón: en los procesos de curación, esperanza y fracaso son tiempos y vivencias que se suceden una a otra y que se viven al unísono. Lo complejo no radica en entender los vínculos entre esperanza y fracaso, sino más bien en aceptarlos, padecerlos y vivirlos. Asimilar estas lecciones es crucial, pues el enfermo siempre busca que el médico, arropado por su sabiduría y destreza, tenga el poder y la capacidad de curar, fenómeno que, con frecuencia, como es obvio, no es posible alcanzar. Por esa razón los doctores suelen repetir que cuando no es factible curar, la obligación primigenia es acompañar. Así lo explica la etimología: el término francés guérir, “curar”, significa proteger, equipar, defender contra una agresión o sedición.

Proteger y equipar a los pacientes contra las enfermedades no es sinónimo de curación. Equivale, más bien, a cumplir las obligaciones que tienen los médicos de ofrecer a sus enfermos los elementos suficientes, sean médicos, literarios o “cutáneos” –siempre hay que tocar– para comprender el peso de la patología, lo modificable y lo inmodificable. Así lo entiendo y así lo transcribo del expediente de un enfermo que buscó con denuedo su derecho a morir: “En los últimos días considero que he dejado de ser una persona. Soy, más bien, restos humanos. De mi ser quedan sólo algunas sombras. Trato de encontrarlas y de tocarlas cuando presiento que llega la muerte. Les hablo y les grito. Si se mueven, si se desplazan, entiendo que fui yo quien habló. Comprendo que mis sombras significan que sigo vivo”.

 
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