Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de septiembre de 2007 Num: 654

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El doctor Abad Gómez
IVÁN RESTREPO

Todo sobre mi padre
ESTHER ANDRADI
entrevista con HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

En el bosque de la poesía
RICARDO VENEGAS
entrevista con JOSU LANDA

La comida en el cine latinoamericano
BETTINA BREMME

Biocombustibles: una encrucijada latinoamericana
GABRIEL COCIMANO

Tras las barras y las estrellas
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

Entrevista con Héctor Abad Faciolince
Esther Andradi

Todo sobre mi padre

Héctor Abad Faciolince (1958) ha vivido en diferentes países pero regresa siempre a Medellín, el lugar que lo vio nacer en Colombia. Se ha fogueado como columnista en el periodismo y al mismo tiempo puede ser un escritor intimista, que oscila entre “el escapismo” y el compromiso desgarrado en la escritura. Su último libro El olvido que seremos (Planeta, 2006) es el relato de la vida de su padre, el doctor Héctor Abad, médico, poeta, militante de la tolerancia, asesinado a balazos en 1987. La mano, la memoria, el alma del escritor, necesitaron cincelarse durante dos décadas para abordar la escritura de esta pérdida. Nuestro encuentro fue en su departamento de Berlín, donde reside desde septiembre de 2006 gracias a una beca.


Héctor Abad Faciolince

El olvido que seremos ¿es una novela histórica, una biografía?

– Es una memoria literaria. Lo que hice fue contar la vida de mi papá vista por un niño, el niño que yo fui y la familia que lo rodeaba, la vida íntima de mi papá y luego su vida pública, con las técnicas de la novela pero sin inventar nada. De todas maneras el hecho de poner en palabras la memoria ya es un acto de ficción. Todo se filtra a través de la memoria y los intereses de cada cual y ese es otro nombre de la fantasía.

– “Nunca tanta sangre roja entre mis dedos.” es una cita de tu poema “Memento” de 1999.

– Escribí ese poema en Caracas, una tarde de desolación. Es que llevo mucho tiempo sabiendo que tenía que contar esa historia, y este poema fue casi un índice de lo que después vendría a ser el libro, de ciertas sensaciones que quería transmitir. Curiosamente no pongo las cortadas con las cuchillas de afeitar, ni pongo el abrazo que le dio mi hermana –que está en ese poema– que hizo desmayar a mi papá, y que era como un símbolo de cómo nos queríamos.

– A través de esta historia de tu papá, que también es la historia de Colombia, sorprende la calidad de los afectos, de la intimidad, en contraste con la violencia del afuera.

– Probablemente en Colombia lo han leído tanto porque hay una violencia intrafamiliar muy fuerte. Hay un maltrato a los niños que es impresionante, se les pega, se les grita, se les maltrata en muchas capas de la sociedad; se les “trata con rejo”. Y lo que le decían a mi papá de mí es “a ese niño le falta rejo”. Parece que a la gente hay que moldearle su carácter con violencia familiar.

– “Porque te quiero te pego.”

– Más o menos eso. El trato entre hombre y hombre, entre padre e hijo, es muy duro, distante, muy bronco, aunque hay excepciones, la mayoría lo que me dicen es: “Desgraciadamente nunca tuve un papá así, te envidio profundamente, tu libro no es triste, sino que es un libro alegre y tú eres una persona muy afortunada por eso que tuviste”, pero también me dicen: “Quiero ser así con mis hijos.” Y eso es bonito. Pero sí, hay un contraste fuerte entre el trato amoroso físico adentro de la casa y el mundo agresivo de afuera, o un contraste entre el trato físico violento recibido por mi papá y por muchas otras personas en su historia y en la historia de Colombia y el presente de Colombia, y el trato que nosotros recibimos, que fue totalmente distinto, muy tierno, muy afectuoso, físicamente.

– Tu padre no fue un macho en el sentido tradicional del término.

No, no fue machista pero sí fue una persona muy valiente, y tenía esa virtud. Y “vir” viene de hombre –la tradición es muy machista, sí. Tenía el valor del valor, y el valor, al final de su vida, de despreciar su propia vida, de no preocuparse por su propia muerte, de estar dispuesto a que lo maten a uno sin ser agresivo. No es “yo me hago matar peleando, peleando físicamente”, pero él sí: “digo las cosas aunque me maten”, y eso sí es muy valiente.


Doctor Héctor Abad Gómez

–¿Se lo reprochas?

– Nosotros, los hijos, ya estábamos criados, él escogió eso y está bien. Pero se lo reprocho a mi país, al mundo, que haya que llegar a esos sacrificios, que no se puedan cambiar las cosas por métodos de convicción distintos. La situación colombiana no ha cambiado mucho, los índices de homicidios en el año '87 no fueron siquiera los más altos de Colombia, los más altos fueron en '91. El sacrificio de mi papá no tuvo ningún efecto inmediato, ninguno. También por eso escribí esta novela. Quería señalar esa injusticia, que se recordara que eso que se hizo fue monstruoso, y como muchas veces los asesinatos son vistos como un castigo, yo quería que se viera que no había sido ningún castigo, sino una profunda injusticia.

– ¿Escribir fue también como un diálogo con tu padre?

– Tuve que revisar sus papeles otra vez, tomar los archivos, abrir las carpetas, leer sus cartas, releer sus libros, sus denuncias, sus artículos de prensa... Entonces, claro, hay un diálogo muy íntimo, que no se había perdido en toda esta época, porque yo a mi papá lo llevo por dentro. Pero revisar los papeles es una cosa mucho más fuerte, más fuerte. Es lo bonito también de las palabras, que uno está realmente casi que oyéndola a la otra persona.

– Tu padre influyó mucho en tu formación, ¿ es un padre literario también?

– Sí, también. En un poema que él me escribió dice: “Esa vena literaria que tienes/ a tu padre la debes/ aunque no quieras.” Creo que a él le hubiera gustado ser escritor; la literatura era algo muy bien visto por mi papá, aunque las novelas no eran lo que más lo exaltaban; le gustaba mucho más la poesía. Volverme escritor es como una manera de complacerlo.

– Y sin embargo llama la atención tu desilusión, esa desesperanza en muchos escritos, ¿por qué?

– Es que las tragedias te manifiestan con mucha claridad el sinsentido de la vida, lo absurdo de la vida. Desde que leí a Camus y desde que tuve ciertas experiencias, a mí me parece que lo que mejor define nuestra experiencia sobre la tierra es el absurdo. Yo soy escéptico.