Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de septiembre de 2007 Num: 654

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El doctor Abad Gómez
IVÁN RESTREPO

Todo sobre mi padre
ESTHER ANDRADI
entrevista con HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

En el bosque de la poesía
RICARDO VENEGAS
entrevista con JOSU LANDA

La comida en el cine latinoamericano
BETTINA BREMME

Biocombustibles: una encrucijada latinoamericana
GABRIEL COCIMANO

Tras las barras y las estrellas
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

MOSTRAR EL EXTRAVÍO

PEDRO GRANADOS


Extravío personal,
Bruno Mendizábal,
internerds bucks & recors,
Lima, 2007.

Conocido en el medio local por su poemario San Felipe Blues (2004), creemos que Bruno Mendizábal (Lima, 1958) hizo suyos, desde un principio, los versos de Emilio Adolfo Westphalen que figuran ahora, de modo explícito y a manera de epígrafe: “No poseer sino/ Unos cuantos recuerdos:/ Todo lo que uno/ Pueda llevarse/ Cuando muere.” Como una especie de pacto de sangre con la persona misma de Luis Hernández Camarero (1941-1977); es decir, entre estos dos poetas –Mendizábal y el autor de Vox horrísona, verdadera obra de culto en Perú sobre todo durante la década de los noventa– verifica una pasmosa simbiosis, pero que en absoluto resta mérito al libro que vamos reseñando. Por el contrario, refuerza la idea postmoderna de que no podemos escribir sobre nosotros mismos sino en diálogo, incluso implícito, con los otros. Tal como, por ejemplo, nos lo ilustra de modo admirable y anticipado un texto como “Borges y yo”: el desdoblamiento, en este caso, es vehículo indispensable para intentar la clarificación, alguna forma de ésta. Clarificación que a su modo también ensaya Bruno Mendizábal, siguiendo a Vivian Gornick ( escribir narrativa personal ), por su “propia necesidad de saber”.

Por lo tanto, estas viñetas suman al sustantivo Extravío (exceso, ingenuidad, alienación, entre otros posibles sentidos realistas o contextuales del término) también aquella impronta de raigambre borgeseana. En este caso específico sería: no escribo o recuerdo como un yo persona l, sino tal como Luis Hernández Camarero (particularmente el de la “novela kitsch”, Una impecable soledad ) lo hace; es decir, escribo desde una huella anterior y, de este modo, mi primera persona se contamina de ficción. Más aún, tratándose de las huellas de una obra como la del autor de Vox horrísona , nuestro yo se contamina de ficción hasta la enésima potencia, ya que aquélla –en términos generales– no es otra cosa que un boutade total, un simulacro generalizado. La levedad de Extravío personal , lo mejor de su sutil encantamiento, viene de allí: mostrarse como producto de una fervorosa y decantada imitación. No en vano Bruno Mendizábal es también un feliz iniciado del ajedrez como, vamos constatándolo, va siendo ya un maestro de ese otro arte afín que es la literatura:

El gran maestro Tigran Petrosian llamaba a sus partidas “mis viejos amigos”. Recuerdo la primera partida oficial que jugué en el club; mi rival tendría la misma edad que yo, pero mucha más experiencia. Traté de imitar torpemente una partida de Capablanca, que leí en un libro que me regaló mi padre. En un momento dejé desprotegida una torre y mi rival la capturó. Estaba nervioso y me sentía avergonzado del mal juego desplegado, así que me fui inmediatamente después de que abandoné. Otra partida memorable fue en el torneo de aniversario del club. Otra vez con blancas. Mi apertura fue peón dama, formación Stonewall, también imitada de otro libro que me había regalado mi padre: una colección de partidas de Akiba Rubinstein. Como en la jugada doce hice un temerario sacrificio de alfil. Mi rival parecía defenderse con facilidad, pero poco a poco llevé varias piezas cerca de su enroque y un nuevo sacrificio decidió el juego. Curiosamente, al comenzar la partida creí que estaba con fiebre y esta sensación duró casi todo el juego, pero cuando gané me sentí súbitamente sano. Cosas del triunfo.


UN PLÁSTICO OBJETO DE DESEO

PORFIRIO MIGUEL HERNÁNDEZ CABRERA


Toda esa gran verdad,
Eduardo Montagner,
Alfaguara,
México, 2006.

Para mi amigo Álvaro López

Toda esa gran verdad es la primera novela del también cuentista Eduardo Montagner (Puebla, 1975), en la que hace el registro pormenorizado de la fascinación desasosegante de Carlo, adolescente provinciano del ficticio Belmondo, por las negras botas de hule que Paolo –el viril compañero de clases de quien está enamorado– utiliza para trabajar como vaquero en el establo de su padre. Lorena, prima de Carlo y novia de Paolo, completa el triángulo de una relación impregnada de exhibicionismo y voyeurismo, pero también de complicidad y rivalidad.

Agobiado por el desconcierto de sus sentimientos, la homofobia pueblerina y la atormentadora carta postmortem de un joven suicida enamorado de él, Carlo inicia un proceso de autoconocimiento mediante un viaje de desfogue anímico y sexual con Leonel –su experimentado amigo gay–, pero principalmente a través de su relación con el enigmático Oliver Ackland. Maestro en el arte del “fetichismo botófilo”, Oliver intentará que Carlo se confronte temerariamente con Paolo en el ámbito en el que el deseo por el fetiche se despliega, para lo cual utilizará los recursos de la literatura (Mishima, Pasolini) y el cine (Greenaway, Visconti), pero principalmente la música de Michael Nyman (“Memorial” y “Time Lapse ”), tan sufriente y obsesiva como los sentimientos de Carlo hacia las botas de Paolo.

Novela introspectiva y de aprendizaje emocional y sexual, Toda esa gran verdad tiene como principal atributo la narración convincente del proceso de construcción de una sexualidad homoerótica fetichista. Montagner refleja con destreza la angustia existencial de Carlo, quien al principio busca la verdad de su identidad sexual para después abandonarse al dominio de su fetiche. La novela fluctúa entre el relato costumbrista del acontecer anodino de Belmondo y la exploración psicológica detallada del submundo fetichista concretado en ese plástico objeto de deseo. Y es precisamente en esta parte que el autor demuestra más oficio. Su prosa se torna más eficaz y la narración se vuelve más interesante y estremecedora.

Al igual que Enrique Serna ( Fruta verde ), Eduardo Montagner no es un autor de temática gay, sus intereses van más allá de las vicisitudes de la identidad homosexual de su personaje. Más bien, con su opera prima , el autor viene a insertarse dentro de un grupo de escritores que han cultivado, ya desde hace algunas décadas en nuestro país, lo que hoy se ha dado en llamar la narrativa queer (recuérdese, por ejemplo, El jinete azul , de José Rafael Calva) , aquella en la que la sexualidad de los personajes no queda constreñida a las identidades, sino que se despliega en múltiples posibilidades de vivir el erotismo en general y el homoerotismo en particular (parafilias, le llaman algunos), y que a su vez, como en Toda esa gran verdad , abre otras miradas a la realidad y otros caminos literarios para abordarla.


LA INCERTIDUMBRE POR LO PERDIDO

JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ


Los ejércitos,
Evelio Rosero,
Tusquets,
México, 2007.

En San José, las cosas parecen estar conformadas de la misma materia que la eternidad: se juntan para configurarse dentro de un espacio-tiempo que se prolonga pese a los cambios, fraguándose poco a poco. En el paso intermedio de una guerra y una guerrilla, a San José no le queda más remedio que resignarse a ver pasar los sucesos sin que se pueda intervenir en ellos; por eso parece que la eternidad ha terminado por instalarse. No es que nada suceda, sino que lo sucedido sólo sirve como constancia de que todo sigue igual.

En medio de ese caos habita Ismael, un septuagenario profesor que ha sido testigo de la evolución del pueblo. Jubilado, se ocupa de espiar a la esposa del brasileño que se pasea desnuda en el jardín de al lado; escucha las recriminaciones de Otilia, su esposa, que le asegura que su cinismo no tiene límites; espera la correspondencia habitual de su hija que supo abandonar San José a tiempo para trasladarse a Bogotá; se queja del dolor de su rodilla y renquea a lo largo de las calles en pos de una verdad diluida en las pláticas de café. Una mañana de tantas, tras un paseo como cualquier otro, Ismael se entera de que algún ejército se ha llevado a algunos de sus vecinos. Otilia tampoco se encuentra.

La desesperanza inicial se transforma en una confusión que se va volviendo tangible en tanto los sucesos van superando a las personas. Ismael no sabe qué debe hacer. Espera el regreso de su mujer (que no puede estar muerta porque ya habrían hallado el cuerpo) al tiempo en que busca comprender lo que sucede. Porque los ejércitos se sustituyen sin coherencia, las balaceras se extienden, las amenazas son la niebla que cubre la existencia mientras que las ejecuciones la revelan. Parece ser que Ismael es el único que está a salvo de todas las agresiones, de cualquier afrenta o atentado; es capaz de salir incólume de todos ellos.

Evelio Rosero (Bogotá, 1958) obtuvo con Los ejércitos el ii Premio Tusquets Editores de Novela. Sin conocer el acta del jurado ni a los contendientes, me atrevo a asegurar que lo hizo merecidamente. No sólo por la sordidez vestida de desesperanza que se va fraguando línea a línea, en medio de una cadencia vertiginosa que alcanza puntos verdaderamente intensos. También por ser capaz de articular una voz narrativa que nace de las profundidades de lo caótico, de lo incierto de una búsqueda. Narrar la guerra no es sencillo, tampoco dar cuenta de lo que se pierde de su mano. Ismael lo logra aun sin entenderla, aparentando estar acostumbrado a una violencia que lo cimbra en cada una de sus creencias. Y lo hace con una voz que nace del delirio, de la confusión de un personaje que no puede reconocerse vivo, quizá porque haya dejado de estarlo.

Los ejércitos no es una novela esperanzadora. Es un grito siendo plegaria y, también, San José e Ismael representándose el uno al otro. Porque la muerte de un pueblo puede ser retratada a partir del sufrimiento de un personaje.



Perspectivas contemporáneas sobre la cognición:
percepción, categorización, conceptualización,

Juan C. González (editor),
Universidad Autónoma del Estado de Morelos/Siglo XXI Editores,
México, 2006.

Con artículos de trece autores de diversos países, entre los cuales Barry Smith, José Luis Bermúdez, Alva Noë y Andrew Woodfield, esta obra "pretende ayudar a esclarecer la relación que la filosofía guarda con las ciencias cognitivas (y con las ciencias empíricas en general).



La ilusión continental:
seguridad fronteriza y búsqueda de una identidad norteamericana,

Daniel Drache,
traducción de Borders Matter,
Homeland security and the search of North America,
Siglo XXI Editores,
México, 2007.

Drache ha escrito profusamente acerca de temas como la globalización y la integración económica de América del Norte, además de ser comentarista de noticias para CBS y otros medios. La presente obra está escrita con el propósito de analizar la participación de México y Canadá en el TLC.



Las ciencias sociales en América Latina en perspectiva comparada,
Hélgio Trindade (coordinador),
Gerónimo de Sierra, Manuel Antonio Garretón, Miguel Murmis, José Luis Reyna,
Siglo XXI Editores,
México, 2007.

El tema central de este libro es "el análisis del proceso de construcción de las ciencias sociales en cinco países: Argentina, Brasil, Chile, México y Uruguay". Los autores, todos ellos especialistas en el tema, proceden de cada uno de los países mencionados.



La sabiduría de Nietzsche. Hacia un nuevo arte de vivir,
Herbert Frey,
Universidad de las Américas-Puebla/Miguel Ángel Porrúa,
México, 2007.

Como quiere Pavel Kouva, uno de los más importantes estudiosos de la obra nietzscheana, este ensayo de Frey busca "enfatizar a 'otro' Nietzsche diferente y nuevo", no necesariamente el que ha sido más insistentemente abordado; es decir, aquí se prefiere la tendencia interpretativa "comprometida con el pensamiento trágico nietzscheano vinculado con la metáfora de Dionisos".



Universalismo europeo: el discurso del poder,
Immanuel Wallerstein,
traducción de Josefina Anaya,
Siglo XXI Editores,
col. Sociología y política,
México, 2007.

Lo sabemos bien: la intimidación, la arrogancia y la "superioridad" preñan el discurso del mundo occidental desarrollado cuando habla de universalismo, globalización y demás conceptos afines. Wallerstein analiza aquí ese discurso, para desmentir punto por punto las justificaciones teóricas de la hegemonía primermundista.



Análisis social e identidades,
Ángel F. Nebbia y Martín Mora (coordinadores),
Universidad Autónoma Metropolitana/Plaza y Valdés Editores,
México, 2006.

De la labor académica desarrollada en la UAM Iztapalapa surge este volumen, que lleva como insignia un ensayo de George Ritzer, de la Universidad de Maryland en Estados Unidos, titulado "El mundo mágico del consumo: la transformación de la nada a algo", además de textos relativos a Max Weber, Marx, entre otros.