Ojarasca 125   septiembre 2007

Los orígenes de La Voz de El Amate,
un colectivo de la dignidad


-JohnGibler


Ricardo Martínez Martínez y Jaime Quintana Guerrero. Cintalapa, Chiapas. Un amplio grupo de indígenas presos en el Centro de Readaptación Social número 14, El Amate, se declaró en rebeldía y emprendió un plantón en el patio central del penal exigiendo mejores condiciones carcelarias y respeto a sus derechos como indígenas.

La mayoría de ellos está privada de su libertad por conflictos de carácter político. Se constituyeron en La Voz de El Amate y promueven la lucha en los penales de Chiapas. Hoy proliferan organizaciones de presos políticos como La Voz de los Llanos y comités de familiares por la liberación de los presos. En entrevista, los presos revelan cómo se organizaron.
 

--Tienen 10 minutos para cambiarse! --la orden del custodio a cargo del operativo es terminante. Es la noche del 30 de junio de 2004.

En cuestión de minutos, los guardias los comienzan a sacar a gritos y golpes de sus celdas. Tratados como reos de alta peligrosidad, uno por uno son sometidos por la fuerza, amordazados, esposados y llevados a la cancha principal del penal de Cerro Hueco, lugar emblemático de la represión y la detención de los presos políticos en Chiapas.

En rígidas filas más de 2 mil hombres son puestos a disposición de la valla de policías que vigilan celosamente y miran, hirientes, cada pequeño movimiento de los entumecidos presos.

Los llevan a unos tráileres y con jalones y golpes en la cabeza y patadas en las piernas son subidos y amontonados en la caja para su traslado. El día cae en cascadas de luces.

Las montañas quedan atrás y el camino a Cintalapa comienza a ser visible. Clareando el día, uno a uno, los tráileres son introducidos al Cereso 14. Los agentes del Ministerio Público aparecen acompañados de hombres con chalecos antibalas y armados.

--Van a estar ordenados, no hablen ni opongan resistencia!

--¿Dónde estamos? --pregunta alguno de los detenidos.

--En Cintalapa --la respuesta es furtiva pues aún no saben que están en otro penal.

Uno por uno son bajados del tráiler. Comienzan los golpes y los señalamientos, insultos y quebrantos. Es la bienvenida a El Amate, actual centro de detención de disidentes y presos de conciencia en Chiapas. Las medidas contra ellos son estrictas. Durante los primeros cincos días, extremas: sin comer, sin agua ni desagües. Al segundo día gritan al unísono por alimentos y agua. Algunos sufren desmayos. Las autoridades envían médicos, con la orden de sólo medir el pulso de los afectados. Los reclamos persisten.

--No somos animales, tenemos derechos, estamos muriendo de hambre --gritan cada hora.

Al tercer día, las autoridades penales, a cargo del director Amado Fabricio Maldonado Gómez, les dan chile, plátanos y una bolsa de agua. Entre el calor y la desesperación, los detenidos resisten. Al quinto día, la resistencia aflora y se esparce por todo el penal hasta irrumpir en el primer amotinamiento tras la llegada de "los presos de Cerro Hueco". Abren reja por reja, se apoyan entre todos y exigen mejores condiciones carcelarias. Tras horas de insubordinación y rebeldía, y pese a la respuesta policial con tubos y golpes, el efecto final es positivo.

--Tenemos coraje ahora sí. Nos salen los derechos, varias organizaciones comienzan a movilizarse por lo que pasa dentro del penal --indica Antonio Díaz, joven tzeltal de 26 años que la mayor parte de su vida la dedicó a predicar el evangelio en las montañas y a la lucha por la justicia en la tierra. Hoy es procesado por un supuesto delito de privación ilegal de la libertad.

Esta movilización les genera conciencia y acuerdan buscar las visitas de familiares y amigos. "Reclamamos que somos presos políticos". "Ahora la detención se convierte en un arma para enfrentar las injusticias".

Una de las familiares se compromete a ir a la Junta de Buen Gobierno en Oventik a avisar de la lucha de los indígenas presos, quienes en su mayoría expresaron su apoyo al movimiento zapatista desde el momento de su aparición. "Como indígenas sólo tenemos un camino: luchar."
 

Los internos declaran su primer plantón en julio del 2004. Seiscientas personas construyen con plásticos, pequeños maderos e hilos, una carpa que alberga comisiones de trabajo, limpieza, comida, salud, análisis y visitas.

Aun con la presión política que significa el plantón en las inmediaciones del penal, la respuesta gubernamental es el silencio. Pasan cinco o seis días y los presos acuerdan una acción pacífica que posibilite romperlo y que el gobierno se pronuncie.

--Nos quitamos la ropa para hacernos oír.

Retumba el reclamo en el extenso patio, donde hay canchas de básquet y fútbol, pequeños sembradíos de maíz, una cocina económica, lugares techados para las visitas de martes o jueves, y una paradójica sensación de zozobra y rebeldía. Los insubordinados pasan días desnudos. Llega el día que cae el cielo en pedazos y la lluvia moja las conciencias, pero con todo contra ellos, la voluntad de resistir se multiplica.

Las autoridades ceden y firman un acuerdo. "Las organizaciones piden que se respeten sus derechos como indígenas, se ubique el lugar donde nos tienen internos y que nadie nos mande", versa la redacción del documento.

El 17 de noviembre de 2004 se levanta el plantón, pero queda la indignación y la lucha continúa.

--Vamos a seguir adelante. Hay mucho trabajo, pero no importa el tiempo, nos organizamos fuerte --propone Antonio y los demás lo secundan.
 

Pasaron seis meses de 2005. Los indígenas presos se organizan en torno a la Otra Campaña sumando cuarenta simpatizantes y doce de ellos instalan el Otro Plantón. En diciembre se adhieren a la construcción del Plan Nacional de Lucha. "Faltaban escasas horas para declararse y ser parte de la Otra Campaña y el 31 de diciembre anuncian un plantón indefinido a partir del 5 de enero. En la asamblea para decidir su adherencia a la Otra Campaña las palabras fueron pocas: "Cuántas experiencias tenemos, qué queremos. Lo que sé es reclamar, aquí hay que ser concientes aunque haya amenazas, no hay que caer en sus juegos del gobierno".

"Tú no eres preso político y te vamos a madrear, cabrón queremos que desmientan lo que hacen", dijeron los custodios a Antonio.

"Hay dos cosas, treinta mil pesos o un tubo, es decir, en cualquier rato te desaparecemos", le dicen. "Los mandé a la chingada", cuenta Antonio.
 
 

Sus compañeros lo apoyan: "Es importante no dar un paso atrás, sino adelante y resistir. Lo que has decidido es bueno, el compromiso no es sólo darle a la lucha, queremos despertar a los demás compañeros, la lucha no sólo se hace afuera, sino adentro".

Sienten que están juntos y son comunidad reclamando justicia.

"¿Cómo lo hicimos? Pues a través de la conciencia, con compañerismo, lo hemos vivido, y aquí es el cómo lo luchamos".

Desde ese momento todo cambió para El Amate. En las entrañas de la bestia se puede luchar y cambiar las cosas, dicen quienes en carne propia lo viven. "Es la resistencia, aquí todos mandamos obedeciendo". Es la única garantía "para no caer y que no muera rápido lo que estamos construyendo".

Son la Voz del Amate, desde las rejas del penal de Cintalapa. "De aquí sale la voz, lo que se puede hacer y lo que se reclama. Se reclama justicia, se da vida de aquí para allá afuera, porque si nos rendimos, nunca nos van a respetar."
 
 



SAN LUIS ACATLAN FOTO: JOHN GIBLER
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