Usted está aquí: lunes 24 de septiembre de 2007 Política La conmoción

Gustavo Esteva
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La conmoción

Perdimos a Andrés Aubry. No podremos ya escuchar a una de las voces más lúcidas del país ni dejarnos guiar por su corazón valeroso y abierto. Y lo perdimos cuando voces como la suya son más necesarias que nunca, en estos tiempos oscuros en que el cinismo, la desfachatez y la incompetencia dominan el panorama público.

Andrés nos adoptó hace medio siglo, en Chiapas, y contribuyó como pocos a conocernos, a reconocernos. Siguió con amoroso rigor cuanto pasaba en la selva Lacandona, mucho antes de la insurrección zapatista. Desde el instituto que fundó, el Inaremac (Instituto de Asesoría Antropológica para la Región Maya AC), creado para explorar la región maya, siguió por décadas sus transformaciones, documentándolas rigurosamente. Su entrega apasionada al Archivo Diocesano de San Cristóbal, que don Samuel Ruiz le encomendó, nos dio acceso a documentos sorprendentes y convirtió la historia en relato vivo del presente.

Su devoción de documentalista nos ayudaría ahora a mostrar que el increíble cinismo de las cadenas de radio y televisión y su perversión obscena de funciones públicas carecen por completo de novedad. Se inscriben en una antigua tradición que apenas se renueva en sus formas contemporáneas. La cínica defensa a ultranza de los intereses de las clases pudientes no reconoce límites y se realiza al margen de todo sentido de la moral pública.

La modestísima reforma electoral que es pretexto del escándalo apenas toca la superficie de los cambios que hacen falta y constituye un intento limitado de actualizar la legislación mexicana. Al derivar algunas lecciones pertinentes del desastre de 2006 y seguir la dirección de los vientos que corren por el mundo, el Congreso trató, tímidamente, de ajustar algunas normas de los procedimientos electorales a principios democráticos elementales y a exigencias públicas vigorosas. Basta considerar, por ejemplo, que los anuncios de candidatos y partidos en televisión, en el contexto de las campañas electorales, son ilegales en la mayor parte de los países democráticos. Su vigencia en Estados Unidos ha sido ampliamente criticada. Reformas como la que acaba de plantearse en México están en la agenda legislativa de ese país y nadie las considera antidemocráticas.

A final de cuentas, lo que debe tomarse en cuenta es el ánimo ciudadano, que las cadenas quieren manipular. Eduardo Galeano acaba de recordarnos, al respecto, que “la gente quiere que las cosas cambien”. Nos hace ver que necesitamos “estar a la altura de ese desafío, merecerlo. Porque es muy importante que la gente reaccione creyendo que la realidad se puede transformar, contra toda una tradición jodida que hemos heredado de los viejos tiempos coloniales, que es la tradición fatalista de la resignación, lo que yo llamo la cultura de la impotencia, la idea de que mañana es otro nombre de hoy y que la realidad no se puede cambiar. Pero la gente quiere cambios”.

Ése es el momento en el que estamos. Y los cambios que queremos no pueden reducirse a unas cuantas reformas secundarias. El golpe de mano que pretenden dar las cadenas es sólo una ilustración de un estado de cosas insoportable, al que nos han llevado clases políticas irresponsables e incompetentes.

Ante las presiones del día, cada vez más intensas, algunos quieren modificar la orientación de los aparatos institucionales. Para ellos bastaría colocar a su cabeza personas de ideología distinta, con la competencia y legitimidad apropiadas. Piensan que así sería posible abandonar el camino que nos ha llevado a un callejón sin salida y tomar senderos alternativos. Concentran por eso su empeño en las campañas y dispositivos electorales, con la esperanza de que por esa vía conseguirán su propósito.

Otros piensan que lo importante es reformar las instituciones, sin cambiar la orientación actual o adoptando alguna de sus variantes. Bastaría ajustar algunas leyes o procedimientos, restructurar ciertos aparatos o introducir cambios en los estilos de gobierno para poder enfrentar los predicamentos actuales.

Ojos como los de Andrés Aubry permiten ver que nada de eso es suficiente. Que hoy se requiere una conmoción simultánea de ideologías e instituciones; las que dominaron el siglo XX y perduran hasta hoy se encuentran en bancarrota. Y que ésos son los cambios que la gente quiere, cambios que las clases políticas parecen incapaces de concebir y mucho más de llevar a la práctica.

Ya no podremos escuchar a Andrés. Pero si bien nos deja de nuevo a oscuras, sigue siendo fuente de inspiración. Sólo con empeños como el suyo, en que la pasión y el compromiso se unieron al rigor intelectual y a la integridad moral para conducir la acción, podremos enfrentar los desafíos actuales.

 
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