Usted está aquí: viernes 5 de octubre de 2007 Opinión Las enseñanzas de Andrés Aubry

Neil Harvey
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Las enseñanzas de Andrés Aubry

En estos momentos de continuo hostigamiento a las comunidades zapatistas es muy importante recordar y resaltar la vida y trabajo de Andrés Aubry, reconocido investigador de la historia de los pueblos indígenas de Chiapas, quien falleció el pasado 20 de septiembre. Frente a la indiferencia, marginación y olvido que han sufrido estos pueblos, Andrés fue un gran defensor de sus lenguas y de la memoria de sus luchas por un lugar digno en la sociedad nacional y en el mundo.

Las recientes amenazas de muerte que han mandado un grupo de paramilitares a las autoridades del municipio autónomo de San Andrés Sakamch’en de los Pobres, merecen el repudio de todos y nos recuerda los peores momentos de la guerra de baja intensidad durante el gobierno de Zedillo. No hay que dejar que el olvido vuelva a ser el signo de nuestros días. Como nos enseñaba Andrés, la memoria y la fidelidad son nuestras mejores esperanzas.

El trabajo de Andrés se destaca porque siempre aseguraba que el análisis no era solamente suyo, sino que reflejaba el sentir colectivo de los pueblos. Fue pionero en la aplicación del método de la investigación-acción, en el cual el investigador se involucra en los procesos de lucha popular, compartiendo y enfrentando diversas visiones de la realidad social para luego sistematizar y difundir los resultados. Fue de los primeros investigadores que se preocupaba por publicar ediciones bilingües, como en su libro Cuando dejamos de ser aplastados (La Revolución en Chiapas) (tztotzil-español, 1982), o la publicación en francés de testimonios y escritos tzotziles (Les tzotzil par eux memes, récits et écrits de paysans indiens de Mexique, 1988). Con éstos y otros trabajos demostró un compromiso con la apertura de nuevos espacios de diálogo entre los pueblos indígenas y los científicos sociales.

Desde 1973, cuando fundó el Instituto de Asesoría Antropológica para la Región Maya (Inaremac), Andrés y sus colaboradores nos enseñaron que las comunidades no existen en un mundo separado, sino que son afectadas directamente por las relaciones de subordinación y explotación existentes. Documentaba el impacto de las crisis económicas y las políticas neoliberales en la vida y percepciones de las personas. Pero no estaba satisfecho con analizar los problemas y agravios porque también nos enseñaba cómo las mismas comunidades se organizaban para crear soluciones y resistir imposiciones.

Es imposible subestimar el impacto del trabajo de Andrés en la vida social y política chiapaneca. Lamentaba cómo la mayoría de los científicos sociales se preocupan primero por su propio estatus y suelen perder las grandes citas de la historia. Para los estudiosos de Chiapas, la rebelión zapatista, los diálogos de San Andrés, y los Acuerdos sobre los Derechos y Cultura Indígenas, fueron precisamente su cita con la historia y don Andrés no faltó. Además de participar como asesor en los diálogos, dirigió un proyecto importante de traducción de los acuerdos a 10 lenguas indígenas. Recordaba que el proceso fue más que un ejercicio académico porque el acceso a los acuerdos facilitó a las comunidades avanzar en su implementación. Como dijo Andrés, la investigación no debe desligarse de la acción, y el análisis debe llevar a soluciones que sirvan a la población.

Desde esta perspectiva, se entienden los temas centrales de su libro Los llamados de la memoria: Chiapas, 1995-2001 (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, Chiapas, 2003). Este libro recopila 38 artículos que publicaron Andrés y Angélica Inda, su compañera y directora del Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas hasta su fallecimiento en 2001. Casi todos fueron publicados en la sección de Opinión de La Jornada, aunque Andrés insiste en la presentación del libro que era más apropiado leerlos como testimonios.

Estos artículos nos enseñaron mucho. Destacan sus análisis de los grupos paramilitares, sus orígenes, su composición y su estrecha relación con la existencia de esa guerra de baja intensidad que otros negaban y que siguen negando en la actualidad. Pero fue su apreciación de la memoria que le permitió recordar la gran labor de Angélica Inda en la socialización de los documentos guardados en el Archivo Histórico Diocesano. Su trabajo, al igual que el de Andrés, fue siempre dirigido a difundir en las comunidades los resultados de su trabajo en el archivo. Su difusión ayudó a fortalecer la memoria y, con ello, el anhelo de un futuro digno para éstas y las próximas generaciones. En este sentido, las palabras de Andrés deben recordarnos que la defensa de la memoria sigue siendo necesaria y, ante las nuevas amenazas en contra de los zapatistas, cada vez más urgente:

“En este vaivén del Archivo al campo, la memoria escrita de los manuscritos y la memoria oral de los pueblos, la memoria docta y la memoria popular, confrontadas al acontecer de la noticia, se fertilizaban mutuamente. Estas páginas son reflejo de ello. Ninguno de esos artículos fue redactado como opinión, tan sólo quiso ser la voz de la memoria para activar la densidad del presente y retroalimentar proyectos. Así aprendimos que el norte que da la dirección del quehacer es la memoria. Deshacer la historia destruye a Chiapas, obedecerla lo pone de pie” (Los llamados de la memoria, p. 13).

 
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