Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 7 de octubre de 2007 Num: 657

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Dos relatos
AURA MARTÍNEZ

De pronto
NIKOS KAROUZOS

Emmanuel Mounier: la acción con sentido y la revolución
BERNARDO BÁTIZ VÁZQUEZ

Inés Arredondo y la perversión
ALFREDO ROSAS MARTÍNEZ

Los Ángeles
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

El spanglish: la frontera del idioma
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON

Isla de bobos
ANA GARCÍA BERGUA

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Hugo Gutiérrez Vega

Sobre Grecia y Turquía

El camino del Taigeto que va de Esparta a Kalamata está lleno de curvas y en las horas de niebla se vuelve fascinante y peligroso. Pensamos en la velada con Nikiforos Bretakos, el poeta espartano que osciló del surrealismo a la poesía de compromiso y de ésta a una poesía sencilla y transparente en la que predominan las cosas entrañables. En su casa cominos un estofado de conejo con pequeñas cebollas y bebimos el austero vino del valle del Eurotas. El postre fueron unas naranjas tan perfectas que daba pena pelarlas y comérselas.

El día anterior habíamos ido a ver la tumba de Ritsos en su natal Monemvasiá. Nos quedamos fumando (un pequeño vicio que dejé hace veinte años, tres meses, dos semanas y cinco días) frente a la puerta de la fortaleza que preside un ruinoso león de San Marcos para dar testimonio de que por esos rumbos gobernó la Serenísima República de Venecia. Dentro de la fortaleza hay casas habitadas y una pequeña iglesia con una terraza adornada por cañones jubilados que apuntan hacia el mar. Dormimos en una pequeña posada y el frío de la madrugada nos caló hasta los huesos. Por esta razón recibimos con enorme agradecimiento el café de la mañana y las rosquillas que lo acompañaban.

Una semana antes habíamos estado en Mistrás. Este bazarista tenía que terminar un libro de poemas sobre la ciudad capital del Despotado de Morea y necesitaba pasar un día y una noche en las calles ruinosas de la ciudad para poder presenciar los cambios de la luz y, sobre todo, el color de la amanecida y los muchos colores del crepúsculo. Cada hora que pasa una ciudad destruida cambia radicalmente. Por eso hay tantas ciudades en el espacio de una que, en su tiempo de gloria, vio a sus comerciantes de sedas y de vino regatear sus precios y contempló con pavor el fin de Bizancio, la llegada de los otomanos, las invasiones de las tribus albanesas, la ocupación de los rusos del Conde Orloff, amigo o más que eso, de la señora doña Catalina y el regreso de los griegos de la monarquía legitimada por los grandes poderes europeos. Un lugareño anciano me contó que Venizelos, el ministro de la megali idea (la reconstrucción del imperio Helenístico) había llorado frente a la estatua de Constantino Paleólogo, déspota de Mistrás y último emperador de Bizancio. Otra estatua igual se encuentra frente a la catedral de Atenas y dice constantemente que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. La derrota de su espada curva anunció el auge del Imperio Otomano y la invasión de Grecia que pasó casi cuatro siglos bajo el dominio de la Sublime Puerta.

Para no ser demasiado visceral el bazarista llevaba un libro de Orhan Pamuk, el genial autor turco que ha tenido el valor de denunciar la masacre de Armenia perpetrada por el Imperio Otomano. De esta manera atenuó sus resquemores y renovó su admiración por muchos aspectos de la cultura turca: Ataturk y su Estado laico, la belleza sin rival de Constantinopla a la hora de una atardecida reflejada en las aguas del Bósforo, su prodigiosa gastronomía y, sobre todo, sus dos escritores emblemátcios, Hikmet y Pamuk. La lectura de Estambul (stin poli , en o a la ciudad , en griego) es una experiencia inolvidable vivida por un niño, su ciudad y el paso del tiempo y de los incendios. Ese niño tenía un alter ego en otro barrio de la ciudad con el que se juntaba en las orillas del Bósforo o frente a las rejas del Palacio de Verano de los sultanes. La lectura de Estambul demuestra que los suecos, cuando quieren, siempre aciertan en el otorgamiento de su premio. La biografía de Nazim Hikmet es un testimonio valiente y doloroso de la política de izquierda en Turquía. Su poesía tiene una fuerza lírica tan intensa que las traducciones a otros idiomas apenas son un reflejo pálido de la tensión espiritual y de la perfección formal (así se lo han dicho a este bazarista los que saben turco) de la obra del prisionero y exiliado poeta de Estambul. A su lado figuran el novelista Tanpinar y el poeta Yahya Kemal, escritores favoritos de Pamuk.

El bazarista pasó, casi sin transición, de Mistrás a la ciudad de las ciudades. Esto sucede en los lugares en donde la fuerza de la historia es tal que empequeñece al presente. El Despotado de Morea y sus ciudades se imponen sobre las preocupaciones actuales y nos hacen vivir épocas pasadas, momentos de esplendor, conquistas brutales y la permanencia de un espíritu derivado, en buena medida, del pensamiento de los grandes neoplatónicos de la ciudad, Crisoloras y Gemistos Pletón. Ellos y sus alumnos regresaron a Platón a las universidades italianas e influyeron en muchos aspectos de la cultura de Bolonia.

El Café de la mañana nos hizo olvidarnos del frío en la fortaleza de Monemvasiá. Pensando en dos grandes poetas espartanos, Bretakos y Ritsos, iniciamos la ardua salida del Taigeto. Se fue perdiendo el Valle del Eurotas, pero aún brillaba la espada curva del pobre emperador Constantino el último.

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