Usted está aquí: lunes 8 de octubre de 2007 Capital Edificaciones prohibidas invaden Los Dinamos

Edificaciones prohibidas invaden Los Dinamos

Expansión silenciosa de viviendas y restaurantes con el contubernio de autoridades: comuneros

Raúl Llanos Samaniego

Ocultas por árboles o edificadas en espacios abiertos, cada vez es más común encontrar construcciones de ladrillo, concreto y cemento en el Parque Nacional de Los Dinamos, a pesar de que este sitio está clasificado por las autoridades como Área Natural Protegida (ANP).

En un recorrido realizado por la zona del surponiente del Distrito Federal se corroboró la expansión silenciosa de viviendas hasta de tres pisos, o bien construcciones en las que se instalaron restaurantes; incluso algunas más están en obra negra, próximas para funcionar como puntos de venta de alimentos, o bien cercadas con malla ciclónica.

La ubicación de los inmuebles no puede ser más envidiable: a orillas del río Magdalena, único caudal vivo de esta capital. Otros están pegados a la avenida que recorre los cuatro Dinamos que integran este pulmón de la ciudad, el cual tiene una extensión de más de 2 mil 429 hectáreas, donde aún es posible disfrutar de cañadas, arroyos y vegetación abundante, sobre todo pinos.

Sin embargo, este entorno se deteriora paulatinamente. Uno de los comuneros, que atiende un pequeño negocio de comida en el segundo Dinamo, denuncia –con la condición de no citarlo por su nombre– al “señor Leobardo”, quien metros adelante levanta una construcción de casi 100 metros cuadrados en medio del bosque.

La prueba está a la vista. Una obra negra con columnas se asienta sobre una gruesa plancha de concreto. Los espacios para colocar los ventanales son amplios y la vista da directamente al cauce del río Magdalena. A su lado están dos grandes pilas de concreto que funcionarán como criadero de truchas.

Según la denuncia, el “señor Leobardo” se ha dedicado –como se constató en otros puntos de Los Dinamos– a secar árboles y ganar espacio al bosque. Para ello les va cortando las ramas –chaponear– o bien los va sinchando, es decir, con un machete hace un surco profundo en el árbol, que con el tiempo se convierte en madera muerta.

Los comuneros también afirman que con el argumento de que es dueño de los terrenos ejidales, ese individuo construyó un arco de ladrillo rojo de más de cuatro metros y con malla ciclónica instaló las puertas. Nadie, ni los paseantes, pueden atravesar ese límite. Un letrero les advierte que si desean seguir adelante deberán caminar por la estrechísima orilla del río, donde el caudal lleva fuerza.

“La autoridad tiene la culpa de eso”, asegura doña Josefina, vecina de la zona, quien sostiene que “gente de la delegación le trae material o maquinaria a ese señor o trabajadores de la delegación laboran ahí… ¿por qué permiten eso las autoridades? Luego se quejan de que ya no hay bosque”.

Al avanzar sobre el sendero se halla otra construcción que parece la fachada de una iglesia. Está edificada con piedra volcánica, cemento y piso de concreto, pero se encuentra abandonada.

Más arriba, casi frente a la antigua construcción que alberga una de las viejas plantas hidroeléctricas que funcionaron aquí por años, está otra casa. Es de dos pisos, con fachada azul, y ha sido la vivienda de una familia de comuneros de este lugar.

Rumbo al tercer Dinamo, más construcciones. Restaurantes que cambiaron los muros de madera por los de ladrillo, varilla y cemento. Algunos les hicieron baños anexos –en medio de la vegetación, para pasar desapercibidos–, pero con esos mismos materiales. También hay lavaderos al aire libre, cuyas aguas jabonosas van directamente a los riachuelos que desembocan en el río Magdalena.

De acuerdo con la legislación ambiental vigente en esta ciudad, está prohibida cualquier construcción a una distancia menor de 10 metros de cualquier río, así como los pisos de concreto, pues impiden la filtración de aguas al subsuelo.

Los comuneros expresan que este avance silencioso de viviendas de ladrillo y cemento merma las especies de flora y fauna endémicas. Sin embargo, ni la misma declaratoria de Los Dinamos como Área Natural Protegida ha podido frenar esa expansión.

 
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