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Marco Rascón
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El espíritu del Che hoy

Son 40 años y sin duda Ernesto Che Guevara es una de las grandes figuras revolucionarias del siglo XX que marcaron con su ejemplo la determinación y necesidad de transformaciones en Asia, África y América Latina, tanto que hasta hoy sigue estando presente en nuevos caminos, pero con semejantes propósitos de liberación política y económica. El Che, símbolo de ética y congruencia, planteó que los compromisos traen riesgos, que hay que adelantar pensamientos, y que la crítica y la autocrítica van de la mano.

A 40 años de su asesinato en Bolivia, dejó puesta no sólo la bala, sino la inteligencia a futuro de los principios, la solidaridad como valor universal, el internacionalismo, la causa de todos los explotados, la necesidad de construir un mundo justo, pero de calidad, de alto sentido de la responsabilidad en cada tarea que se asuma: de la más sencilla a la más compleja.

A los mexicanos nos inspiró a buscar todos los caminos, incluso la vía armada, cuando vimos todo cerrado. Nos convocó a ser consecuentes entre lo que decíamos y lo que hacíamos: después de 1968 y del 10 de junio de 1971, cuando la represión era la única respuesta gubernamental, y cuando vimos agotados todos los caminos, cuando cientos estaban en las cárceles y otros habían caído asesinados, cuando muchos tomaron la decisión de la lucha armada y en ella murieron, y otros fueron desaparecidos, o se enfrentó la tortura y la cárcel, siempre fue con plena conciencia entre lo que se decía y lo que se hacía.

La guerra fría fue la madre de la guerra sucia. Las oligarquías regionales y los gobiernos priístas hicieron del nacionalismo su arma para aplicar el anticomunismo más servil y para congraciarse con él llegaron a todo tipo de excesos represivos, ya no sólo contra los que habían tomado el camino de las armas, sino contra todos los luchadores sociales y opositores al régimen autoritario.

Los caminos del Che fueron esa amplia perspectiva de la lucha continental en la cual nuestra realidad nacional era solamente una parte. En ese entonces, no como ahora, nuestros ojos estaban puestos en el sur latinoamericano y nos identificábamos con cada uno de los que desde el sur luchaban contra la expansión de las nuevas doctrinas económicas y el militarismo.

En estas cuatro décadas, tras los procesos de la guerra centroamericana y como parte de la globalización bajo la hegemonía estadunidense, vimos a muchas de las organizaciones armadas, construidas bajo el espíritu guevarista, transformarse en partidos políticos legales. De esta manera en Bolivia, Uruguay, Chile, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Colombia, Venezuela, Brasil y Argentina, la idea de las democracias electorales empujó a transformarse en opciones electorales que se convirtieron en parte de los grandes frentes electorales como sucedió en Uruguay, Chile o Brasil. Bajo las mismas banderas y buscando adecuar los programas a las nuevas circunstancias políticas con posibilidades de llegar a presidir gobiernos con capacidades limitadas de decisión, se tomaron las urnas como vía de acceso al poder. En los partidos se crearon alas radicales, heterodoxas y pragmáticas, que luchan aún entre los principios y lo posible. En conjunto se hizo una nueva realidad política que reforma constituciones y moviliza expectativas.

En este escenario México avanzó en un principio, pero ahora retrocede en su capacidad estratégica y reformista; da dos pasos atrás en pensamiento, unidad y eficiencia opositora.

En estos años, antiguos guerrilleros se convirtieron en opciones con respaldo en votos en el Congreso de su país, convirtiéndose en punta de avanzada para ganar gobiernos. Cada cual con sus posibilidades y sin recetarios se amplió y pasó de la cultura meramente contestataria a una democrática, donde se gana o se pierde, pero siempre se avanza haciendo valer la fuerza ganada en las urnas, generando reformas que hacen creíbles las posturas y no sólo como testimonio de las derrotas.

Sin duda hoy han cambiado muchas de las condiciones de hace 40 años; lo paradójico es que la pobreza y las poblaciones han crecido geométricamente. Aquella Latinoamérica que vio el Che en su juventud es peor ahora: ciudades más contaminadas, mayor marginación, problemas de salud peores que la lepra del Amazonas, campesinos pauperizados. Pero también se abrieron otros caminos que transforman el pensamiento y hacen necesario el uso de nuevas herramientas contra las nuevas oligarquías. Hoy deben abrirse nuevos caminos a millones que por su aislamiento y por ser víctimas del individualismo no tienen acceso a adquirir conciencia sobre las posibilidades de cambiar su realidad.

El Che es un símbolo dinámico y las armas guevaristas son hoy la imaginación, la voluntad, reivindicar que la verdad es revolucionaria y hay que decirla cuando creamos en ella, ya que desde cualquier posición, siendo honesta, contribuye al cambio y la transformación.

 
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