Usted está aquí: jueves 11 de octubre de 2007 Opinión Derviche

Olga Harmony

Derviche

La Coordinación Nacional de Teatro del INBA inicia por fin su temporada de producciones, esta vez en coproducción con la Fundación BBA Bancomer, con Derviche, cuentos sufís para incomodar a los convencionales, de Ximena Escalante, bajo la dirección de Carlos Corona. La dramaturga utiliza la posibilidad de narraciones de esta modalidad del Islam (incluso cita en el programa de mano una sentencia de Rumi, el poeta persa del siglo XIII creador de los derviches danzantes y al que se tiene por vocero del sufismo: “Todo relato, imaginario o no, presta luz a la verdad”), con los matices monistas y politeístas que contiene, para expandir su imaginación hasta las posibilidades de que insectos como la hormiga y la libélula tengan conciencia, en cuatro relatos, que a la vez son más, dentro de la tradición del cuento oriental y que están unidos por un grupo de personas contemporáneas, al principio dentro de un elevador, que se desdoblan en los personajes del libro que lee la pequeña niña y en el derviche que es el narrador de las historias que en alguna ocasión se contaminan.

Siguiendo lo que ya es estilo propio de la dramaturga, y en esta ocasión con más razón que nunca, las partes de su texto dramático tienen nombre cada uno: I La princesa descarriada, II El hombre de la vida inexplicable, III La hormiga y la libélula y IV Fátima, la hilandera. Los cuentos, mezcla de narración, diálogos y acción escénica y dramática, nos llevan a lugares remotos en el tiempo y el espacio, a un rey que cree tener en sus manos el destino de las hijas, a un mercado de variadas especies y a un mercado de esclavos, a una carnicería en donde los insectos huyen del cuchillo carnicero, a un bajel en alta mar, a la antigua China y otros sitios, para volver al tiempo presente y encontrar a los personajes del principio entrando en el elevador, lo que nos habla de toda transmutación posible. La esencia de la propuesta, a mi modo de ver, es la manera en que los más remotos deseos son cumplidos en los sueños y la imaginación, mientras la dura realidad hiere a la pequeña que lee, sueña e imagina.

La multiplicidad de lugares es resuelta de manera más que airosa por el director Carlos Corona, gracias en gran parte al escenógrafo Jorge Ballina que diseñó una serie de lámparas –que también concurren en la iluminación– pendientes por cadenas del telar y que, al ser subidas y bajadas, colocadas en ángulos distintos, dan todos los espacios requeridos, por momentos apoyados por los cajones exagonales de usos variados o, como es el caso, por dos varas que simulan un palanquín. El buen sentido del ritmo que posee Corona lo lleva de un personaje a otro, de una situación a la siguiente, en un muy fluido trazo escénico que se sirve de la colaboración de Ruby Tagle, y en el que usa elementos de otros teatros, como que el Derviche narrador sea ocupado también como “hombre negro” o “sombra” del teatro japonés, que ayuda a los otros actores proporcionándoles algún elemento y, en ocasiones, a cambiar de vestuario –en el muy buen diseño de Jerildy Bosch. Las soluciones al palanquín, al mercado, a las entradas y salidas del elevador al barco son algunas de las muy buenas que tiene el director.

Los actores, excepto Miguel Flores que encarna con su acostumbrada solvencia y su buen decir al derviche y a Khidr, uno de los hombres del principio y el final, interpretan varios papeles –cuya enumeración es poco oportuna– que incluyen, en el caso de las dos actrices, la animación de las estupendas luciérnaga y hormiga, realizadas en el mismo metal que las lámparas. Por un desdichado accidente que sufrió Héctor Holten, sus personajes tuvieron que ser asumidos por el director, quien los actúa de buena manera, aunque en algunos de ellos se desfase –porque es más joven– en edad. Talía Marcela, a quien no recuerdo de otras escenificaciones, está muy bien en todos los roles, lo mismo que Miguel Conde, quien está realizando una carrera interesante. Dejo para el final a Erika de la Llave, sobre la que recae en gran medida el peso del montaje, porque sobresale del resto del elenco, sin desdoro para éste, como una de esas actrices que nos llevan a insistir en que los actores son creadores escénicos y no meros intérpretes, por la manera en que se acercan a los personajes, los introyectan y logran proyectarlos en toda su dimensión, esta vez con todos los matices de los diferentes roles que encarna, desde cierta malicia con Fátima hasta la desolada niña del principio y el final.

 
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