Usted está aquí: domingo 14 de octubre de 2007 Opinión Eje Central

Eje Central

Cristina Pacheco

La nueva vida

Era su primer recorrido por la nueva colonia: Paraje Los Olmos. Claudio podía sentir la curiosidad de sus vecinos mirándolo desde las ventanas y los quicios. Saberse observado le produjo incomodidad, y para desecharla decidió concentrarse en lo que veía a su alrededor.

Las casas bajas con fachadas claras y de una misma altura le permitían una visión amplia del cielo y el horizonte. Esa sola ventaja justificaba su decisión de abandonar el barrio donde había pasado buena parte de su vida. Allí todos lo trataban con una familiaridad que llegó a considerar intromisión.

Si este paseo lo hubiera hecho por sus antiguos rumbos, pensó, de seguro habría tenido que detenerse mil veces a dar explicaciones y respuestas a toda clase de preguntas: desde si pensaba cambiar su coche hasta cuánto le habían dado por su retiro voluntario.

En Paraje Los Olmos nadie lo conocía. Claudio estaba en libertad de permanecer en esa condición al menos por un tiempo o inventarse una identidad ahora que había empezado una vida nueva. Dos mujeres salieron de una farmacia, él les cedió el paso y alcanzó a oír lo que una de ellas decía en voz alta: “Entonces le dije: mira, por más que uno quiera, nunca puede huir de su pasado”.

Claudio trató de imaginarse a quién se habría referido la mujer. Sintió deseos de seguirla y escuchar el resto de la conversación con su amiga, pero siguió caminando en línea recta hasta el cruce con una avenida ancha bordeada de olmos. Eran magníficos, una justificación más para haberse mudado a la nueva colonia trazada por urbanistas. Los imaginó, tiempo atrás, parados frente a la maqueta de lo que sería Paraje Los Olmos, colocando figuras humanas y árboles diminutos en las futuras calles y calzadas.

Se reprochó pensar en esas cosas cuando tenía que resolver problemas inmediatos: ¿cómo iba a organizarse ahora que ya no estaba sujeto a horarios de oficina? Y algo más práctico: ¿dónde iba a conseguir una persona de confianza que le hiciera el aseo dos veces por semana?

II

Esta pregunta lo impulsó a regresar a su nueva casa. Seguiría ordenando sus compactos mientras escuchaba música sin que Pamela le pidiera bajar el volumen porque ella estaba corrigiendo los trabajos de sus alumnos o preparando su clase para el día siguiente. En Paraje Los Olmos todos ignoraban la existencia de Pamela y su larga relación con ella, así que nadie lamentaría que se hubieran separado. En el barrio, en cambio, a cada paso que daba lo detenían sus vecinos para pedirle noticias de Pame o aconsejarle que no fuera orgulloso y la buscara.

En su nueva colonia podía borrarla junto con todas las personas que contribuyeron a su infelicidad. La palabra “infelicidad” le pareció excesiva. Reconoció que las cosas habrían podido ser mucho peores: que sus padres, en vez de perecer en el accidente, hubieran sobrevivido por años con muerte cerebral; que en lugar de enviarlo a un hospicio lo hubiesen mandado con alguna de sus tías avaras y beatas; que en vez de separarse de Pamela hubiera cometido el error de aferrarse a ella a sabiendas de que ya no lo amaba...

En el breve recuento de su vida celebró en especial haberse mudado del barrio donde tenía que ser el Claudio de siempre. Si alguna vez intentaba salirse de ese esquema allí estaban sus vecinos, listos para recordarle que de niño había llegado al barrio gracias a que la señorita Godínez, directora del hospicio, lo había llevado a su casa en calidad de mozo a cambio de darle techo, alimento y escuela; que su primer trabajo fue de chícharo en una carnicería donde su principal ocupación era ahuyentar a los perros hambrientos; que al baile de Margarita –la muchacha que tanto lo atraía– asistió con un traje prestado: excesivamente brillante para ser de lana y muy austero para un joven de 16 años.

Por fortuna todo eso había quedado atrás, como las sillas rotas, el refrigerador enmohecido y los cuadernos de Pamela. ¿Estaría buscándolos? La idea de que ella jamás iba a encontrarlos le produjo la satisfacción de la venganza.

III

Al mudarse a la nueva colonia, Claudio se había hecho el firme propósito de combatir sus hábitos desordenados, otra razón que Pamela adujo para abandonarlo. Sin embargo, a dos semanas de la mudanza se veían por todas partes cajas de cartón, compactos sin estuche, ropa tirada. Fuera de su sitio, cada uno de esos objetos era la prueba de que Pamela acertó al acusarlo de no tener carácter –según ella, su principal defecto–. Se defendió pensando que no siempre había sido débil: tuvo fuerza para mantenerse firme ante el abandono de Pamela y para romper los lazos que lo ataban a su vida pasada. ¿Podía pedírsele más?

Oyó que el repartidor deslizaba el periódico bajo la puerta y fue a recogerlo. Acompañaba al diario un volante: “La Junta de Vecinos se reunirá este domingo a las doce del día en el Jardín de los Ailes. Esperamos contar con tu presencia”. Claudio levantó los hombros y murmuró: “Ni loco… y menos en domingo”. El sonido de su voz lo sobresaltó.

Desde su llegada a la colonia había pronunciado apenas unas cuantas palabras: las frases indispensables para comunicarse con sus proveedores y saludar a sus vecinos. ¿Qué pensarían de él? Tal vez que era un maniático o un enfermo. En la asamblea de esta mañana podría demostrarles que era todo lo contrario y, de paso, solicitarles orientación acerca de dónde contratar a una empleada doméstica.

IV

De camino al Jardín de los Ailes Claudio pensó la forma en que iba a presentarse y qué respondería cuando le preguntaran: “¿De dónde viene?” “¿Le gusta nuestra colonia?” “¿A qué se dedica?” “¿Es casado?” Le fascinó la idea de que podía responderles lo que se le antojara, fraguarse un pasado heroico y brillante sin que nadie descubriera sus mentiras.

Desde lejos vio el jardín donde ya estaba reunido un gran número de personas, sobre todo mujeres. Al mirarlas pensó que no sería fácil inventarse en minutos una historia que ocultara su vida real. Lo mejor sería ignorar las preguntas y mostrarse amable.

Antes de que pudiera darse cuenta ya estaba respondiendo a los primeros saludos y frases de bienvenida. Para su tranquilidad nadie intentó hacerle conversación y fue a sentarse en una banca, lejos del equipo de sonido que transmitía una música infame. Lo distrajo una voz femenina: “Perdón, es tardísimo. Mi marido se quedó estacionando el coche”.

Claudio reconoció a la mujer: era la que había visto salir de la farmacia durante su primer paseo por la colonia. Decidió esperar la ocasión de aproximarse a ella, pedirle consejo acerca de una empleada doméstica y seguir charlando. Tal vez consiguiera saber a quién se había referido al decir que no podemos huir de nuestro pasado.

“Mario: ¿Por qué tardarte tanto?” El grito de la mujer hizo que Claudio se volviera hacia el recién llegado. El hombre, bajo de estatura y vestido con un traje claro, se dirigió al centro del jardín: “Ya es tardecito, así que vamos empezando. Lo primero que me gustaría tratar es el asunto de las cuotas”. Escuchó risas, levantó las manos pidiendo silencio y de pronto, con expresión de asombro, señaló hacia la última banca: “Pero si es Martínez Pastrana… ¡Claudio! ¡Increíble! ¡Qué gusto! Déjame darte un abrazo”.

Mario abandono su sitio. Su esposa y el resto de la concurrencia fueron tras él. Al verse rodeado, Claudio se puso de pie y antes de que pudiera evitarlo Mario lo tomó por los hombros y lo miró fijamente: “¿No me recuerdas? Estuvimos juntos en el hospicio. Te perdí la huella desde que la señorita Godínez te llevó a vivir a su casa. Luego me contaron que trabajabas de chícharo en una carnicería. Me hubiera gustado saber la dirección para ir a buscarte. ¿Qué fue de tu vida?”

Indiferente a la cordialidad de su amigo, Claudio permaneció en silencio y Mario siguió hablando emocionado: “No te imaginas cuánto admiraba tu fuerza de carácter, sobre todo después de lo que sucedió con Eleazar, el conserje. Me imagino lo difícil que habrá sido para ti, cuando eras apenas un chamaco de 11 años, sostener ante el consejo de patronos que había sido él, no tú, quien se robó el dinero de los donativos. A Eleazar lo echaron y se quedó en la calle, pero tú te mantuviste inflexible, como todo un hombre. Para eso, la verdad, se necesita mucho carácter. Mis respetos”.

Por primera vez Claudio lamentó que Pamela no estuviera con él en El Paraje Los Olmos, para saber que alguien en el mundo lo admiraba por su firmeza de carácter.

 
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