Usted está aquí: domingo 14 de octubre de 2007 Opinión Cine mexicano en Morelia

Carlos Bonfil
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Cine mexicano en Morelia

A propósito de los festivales de cine, y en particular del festival de Morelia, del que es invitado especial, el veterano realizador francés Bertrand Tavernier señala: “son importantes escaparates para la promoción y visibilidad de aquellas cintas independientes que el mercado fílmico estadunidense y sus imitadores en todo el mundo intentan eclipsar constantemente”. En este sentido, el Festival Internacional de Cine de Morelia afianza en esta quinta edición su prestigio como una de las mejores plataformas para el lanzamiento de películas mexicanas. Es conocida la difusión que ha dado al cortometraje y al documental. En esta edición, los largometrajes nacionales, presentados en una sección competitiva, tendrán un fuerte impacto mediático; después se enfrentarán, como el resto de la producción reciente, al interés o indiferencia de las distribuidoras y a una muy azarosa permanencia en cartelera. Conviene entonces destacar la recepción muy favorable que tuvieron estas cintas en el festival y la manera en que comienzan a diseñar un nuevo paisaje para el cine mexicano hecho en México.

Cochochi, de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, es un relato sencillo y eficaz, una narración ambientada en un ámbito rural (la sierra tarahumara) con pocos personajes y un registro respetuoso del habla y las costumbres locales. La anécdota de dos niños que al ser enviados a entregar unas medicinas a un tío abuelo en una población distante, pierden el caballo y la pista el uno del otro, remite a esos notables retratos de niños en el cine iraní de Abbas Kiarostami (¿Dónde está la casa de mi amigo?), que hasta hace poco parecía difícil que pudieran ambientarse en nuestra producción fílmica. La limpidez y economía narrativas parecían reñidas con la tentación de fabricar guiones laberínticos y “profundos”. Los realizadores de Cochochi ofrecen el retrato de una comunidad indígena, la participación inteligente de dos niños, y una sobriedad en el registro oral ajena por completo al sentimentalismo.

En materia de economía narrativa, el realizador mexicano radicado en Canadá, Nicolás Pereda, requiere de sólo 73 minutos para narrar en ¿Dónde están sus historias? las vivencias de un joven campesino, Vicente (Gabino Rodríguez) quien atiende a su abuela enferma, y ante la inminencia de su muerte debe partir a la ciudad de México para defender legalmente la propiedad que pretenden arrebatarle unos familiares avecindados en Texas. Una subtrama muestra la relación muy parca del joven con su madre que trabaja como sirvienta en la capital, su rencuentro como dos seres casi extraños que oscuramente intentan tejer un nuevo lazo afectivo. Una propuesta minimalista, muy inusual en nuestro medio fílmico, que rompe, de modo arriesgado, con las inercias y certidumbres de nuestro cine.

Una ruptura más: Cumbia callera, de René Villarreal, posiblemente el relato musical con mayor sensualidad que el cine mexicano reciente haya ofrecido de una ciudad (Monterrey) y de sus ritmos cotidianos, de su cultura popular y su gusto por la cumbia y el vallenato, todo ello como marco festivo de un asedio amoroso, el de dos jóvenes, el Neto (Oliver Cantú) y el Guipiri (Andul Zambrano) por los favores, a la postre compartibles, de la Cori (Fernanda García Castañeda, revelación voluptuosa). Una cinta de espaldas a la solemnidad discursiva, narrada a través de la música, con letras de canciones que sustituyen a los diálogos, confiriendo a la historia un ritmo muy ágil y a los personajes un desenfado estupendo.

Las tres cintas restantes de está selección, La zona, de Rodrigo Plá; Quemar las naves, de Francisco Franco, y Todos los días son tuyos, de José Luis Gutiérrez, tienen un denominador común: son tres propuestas interesantes, sobre todo la perturbadora alegoría política que hace Plá de dos clases sociales cada vez más irreconciliables en nuestro país, pero adolecen de tratamientos narrativos no siempre muy consistentes. La cinta de Gutiérrez aborda un tema delicado y difícil, la lucha antiterrorista que persigue a etarras en nuestro país, y a pesar de su evidente factura de thriller político con cierta tensión dramática, termina desatando la hilaridad del público. ¿Tratamiento fársico deliberado o humor involuntario? Quemar las naves posee ciertamente una sensibilidad inusual para declinar los lenguajes de una sexualidad alternativa con un fondo de desolación y muerte, pero los personajes requieren una mayor exploración dramática y los interludios musicales semejan más una ocurrencia caprichosa que una necesidad expresiva. Sobre estas cintas se hablará con mayor detenimiento en el momento de su estreno. Cochochi, La zona y Cumbia callera son las cintas favoritas de esta sección competitiva y con la excepcional Luz silenciosa, de Carlos Reygadas, el signo más elocuente de un nuevo brío en el cine mexicano.

 
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