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La genética plantea interrogantes éticas sobre discriminación en nonatos

Watson y Crick, los padres del ADN

Afp

Nueva York, 19 de octubre. El estadunidense James Watson, cuyas declaraciones –interpretadas como racistas– al Sunday Times generaron un escándalo esta semana, es el descubridor junto al británico Francis Crick, hace 54 años, de la estructura en doble hélice del ADN, que le valió el Premio Nobel en 1962.

Su trabajo, que en su momento pasó poco valorado, es actualmente reconocido como “uno de los descubrimientos científicos más grandes de todos los tiempos”.

Es, en efecto, gracias a ellos que se sabe que el patrimonio genético humano se basa en 23 pares de cromosomas.

Y, sobre todo, que cada uno de ellos, situado en el corazón de las células, es de hecho una larga doble hélice formada de ácido desoxirribonucleico (ADN). El ADN está compuesto de cuatro letras (o bases) del alfabeto genético, cuyas secuencias forman palabras comprensibles por la máquina celular. Este enorme manual de instrucciones lleva 3 mil 500 millones de letras que se encadenan a lo largo de la molécula del ADN y de las cuales solo una pequeña parte, los genes, dan órdenes efectivas.

Errores de programación

Si el conjunto de estas letras fuera impreso, formarían 3 mil 500 volúmenes de 500 páginas. El cuerpo humano tiene menos de 30 mil genes, de tamaño muy variable, que le permiten vivir y reproducirse.

Los instrumentos de la biología molecular han favorecido una explosión de la genética permitiendo cortar este ADN, detectar y estudiar los genes defectuosos así como los errores de programación, responsables de las enfermedades genéticas.

Esta evolución ha permitido desarrollar el diagnóstico prenatal, identificar genes de enfermedades –corea de Huntington, distrofia muscular de Duchenne–, explorar los vínculos entre la genética y el cáncer y poner a punto métodos de diagnósticos y pronósticos.

Los conocimientos adquiridos también irrumpieron en la medicina legal con las técnicas “de huellas genéticas” para las investigaciones de paternidad y la identificación de los individuos sospechosos de crímenes o de víctimas de catástrofes.

Luego de este descubrimiento, se han podido producir sustancias terapéuticas por ingeniería genética, como la insulina para los diabéticos, el factor 8 de coagulación para la forma más frecuente de hemofilia, así como vacunas.

Pero este desarrollo de la genética no cesa de plantear interrogantes éticas, sobre la posible intromisión en la vida privada o discriminaciones, pruebas genéticas que puedan servir para la selección de los nacimientos, o intentos de fabricar clones humanos.

 
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