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Sandra Lorenzano*

La civilización occidental y cristiana

Un Cristo crucificado. Ésa es la obra. El escándalo no tardó en llegar. Era el año 1965; plena guerra de Vietnam. Los sectores conservadores de la sociedad argentina estaban –¡faltaba más!– más cerca del “patriotismo” bélico de Estados Unidos que de las propuestas artísticas experimentales del entonces provocador (y hoy legendario) Instituto Di Tella.

Un Cristo crucificado. Ésa es la obra. Pero no está sobre una cruz, sino sobre un avión de combate estadunidense FH107. La imagen de dos metros de largo, suspendida verticalmente en aparente y amenazante caída, es más que elocuente. El título completa el efecto y sienta las bases de la propuesta artística del joven León Ferrari: “La civilización occidental y cristiana”.

Esta crucifixión contemporánea finalmente no fue expuesta porque, se dijo en su momento, atacaba “la sensibilidad religiosa”. Su imagen, reducida a un tamaño inofensivo, apareció solamente en el catálogo de la exposición.

En la obra, el artista comienza a explorar la que se convertirá en una de sus obsesiones: mostrar que lo peor de nuestra cultura –la tortura, la discriminación, la crueldad, el autoritarismo; es decir, el corazón de nuestras tinieblas, el Mal absoluto– tiene su raíz en las enseñanzas de la tradición judeo-cristiana. Cuidadoso y obsesivo lector de la Biblia, ha trabajado rigurosamente sobre aquellos aspectos de complicidad entre la intolerancia, la violencia y la religión.

“... No importa si el infierno es real o no –escribió Ferrari– lo que importa es que está en la cabeza de la gente desde hace miles de años. Y es lo que ha provisto, y provee, de justificación para matar gente. Desde las Cruzadas a la dictadura en nuestro país.”

La defensa de la “civilización occidental y cristiana” fue la justificación de los horrores que pocos años después de la censura en el Di Tella llevarían a cabo los militares argentinos. La participación de la Iglesia está más que demostrada en esta guerra sucia. León Ferrari, padre de una desaparecida, continuó desde el exilio su denuncia. Las imágenes con las que, algunos años más tarde y ya en democracia, ilustró una edición del Nunca más, el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, son una de sus propuestas más fuertes. En ellas mezcla la imaginería religiosa con fotografías periodísticas que muestran la convivencia (y connivencia) de la jerarquía militar y la eclesiástica.

La condena a cadena perpetua dictada a principios de octubre a Christian Von Wernich, apodado “el cura del diablo”, quien fuera capellán de la policía bonaerense, por su participación en el secuestro, tortura y asesinato de detenidos-desaparecidos durante la dictadura, es la primera a un miembro de la Iglesia, y muestra solamente la punta del iceberg de esta relación. Los organismos de derechos humanos llevan ya casi dos décadas denunciando la actuación de miembros del clero en las acciones más violentas y sórdidas llevadas a cabo por los militares, desde el robo de niños hasta la bendición de los “vuelos de la muerte”.

Cuando en 2004 León Ferrari inauguró una exposición retrospectiva de 50 años de carrera en el Centro Cultural Recoleta, nuevamente las “buenas conciencias” alzaron sus voces para exigir la clausura de la muestra. Grupos fundamentalistas entraron a la exposición, al grito de “Viva Cristo Rey”, destrozando varias de las obras, mientras en el exterior los fanáticos rezaban el rosario. La Iglesia declaró: “La exposición de Ferrari es una blasfemia”.

Durante 10 días se cerró la muestra, pero una fuerte movilización de un sector importante de la sociedad, que incluyó un “abrazo” simbólico al sitio donde se encontraban las obras, decenas de cartas y artículos publicados tanto en el país como en el extranjero, y diversas manifestaciones, mostraron la oposición a cualquier tipo de censura. La exposición fue visitada por más de 50 mil personas.

Escribió el propio León Ferrari en ese momento:

“Parte de las obras expuestas se refieren al antisemitismo, los anticonceptivos y la lucha contra el sida, el castigo al diferente en el más allá, los crímenes de la dictadura, la discriminación a los homosexuales, la actitud occidental frente al sexo, la misoginia, la Conquista, la Inquisición, las actividades de Estados Unidos en Vietnam y en Irak. Esas obras originaron un debate intenso y necesario que promete continuar y ampliarse.”

Hace pocos días, el artista de 86 años recibió el máximo premio que otorga la Bienal de Arte de Venecia, el León de Oro. Entre las obras premiadas se encuentra la ya legendaria La civilización occidental y cristiana, una parte de los trabajos sobre el Nunca más y una serie llamada L’Osservatore Romano, conformada por collages que muestran las torturas medievales utilizadas por la Inquisición sobre las páginas del periódico del Vaticano.

Con su tradicional ironía, Ferrari declaró: “Debería dedicarle el premio a Bergoglio”, cardenal primado de Argentina y su principal opositor en el país. Quizás podríamos, desde estas líneas, continuar con la ironía y ampliar la dedicatoria para abarcar también a los representantes de la Iglesia católica en México, tan amantes de los niños.

Celebramos el reconocimiento a quien ha sabido hacer dialogar al arte con la lucha por los derechos humanos contra el oscurantismo que viste sotana. ¡Enhorabuena!

* Escritora

 
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