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Naomi Klein *

Respuesta ante los desastres, para los elegidos

Ampliar la imagen Vanessa Núñez, Elizabeth Paz y Jessica Paz esperan en Boston, bajo la lluvia provocada por remanentes de la tormenta tropical Noel, el comienzo de la ceremonia de presentación del destructor USS Sampson, que cuenta con misiles teledirigidos de la clase Arleigh Burke Vanessa Núñez, Elizabeth Paz y Jessica Paz esperan en Boston, bajo la lluvia provocada por remanentes de la tormenta tropical Noel, el comienzo de la ceremonia de presentación del destructor USS Sampson, que cuenta con misiles teledirigidos de la clase Arleigh Burke Foto: Ap

Antes, me preocupaba porque Estados Unidos estaba controlado por extremistas que sinceramente creían que se acercaba el Apocalipsis y que ellos y sus amigos serían aerotransportados a una celestial seguridad. Ya cambié de opinión. El país sí está bajo el control de extremistas empeñados en representar el clímax bíblico –la salvación de los elegidos y la quema de las masas–, pero sin una intervención divina. El cielo puede esperar. Gracias a los prósperos negocios de los privatizados servicios contra desastres, obtenemos el Éxtasis aquí en la Tierra.

Miren que lo pasa en el sur de California. Mientras los incendios devoraban franjas enteras de la región, algunas casas en el corazón del infierno permanecían intactas, como si las salvara un poder superior. Pero no era la mano de Dios; en varios casos fue obra de Firebreak Spray Systems. Firebreak es un servicio especial ofrecido a los clientes del gigante de seguros American Internacional Group, pero sólo si viven en los códigos postales con la población más rica del país. Los miembros del Grupo de Clientes Privados de la compañía pagan un promedio de 19 mil dólares para que rocíen sus hogares con una sustancia antinflamable. Durante los incendios, las “unidades móviles” –que van de un lugar a otro en camiones de bomberos rojos– en ocasiones llegaron a extinguir incendios para sus clientes.

Un consumidor describió una escena de la moderna Revelación. “Imagínese. Ahí está usted, en ese feroz incendio. Hay humo por todas partes. Hay llamas por todas partes. Las columnas de humo ascienden detrás de las montañas”, dijo a Los Angeles Times. “Llega un par de tipos en lo que parece ser un camión de bomberos, expertos entrenados para combatir el incendio y están ahí para proteger tu hogar”.

Y sólo tu hogar. “Hubo algunos casos”, le dijo uno de los bomberos privados a Bloomberg News, “en los que mientras rociábamos (una casa), la del vecino se prendía como una vela”. Debido a que los departamentos públicos contra incendios fueron reducidos a su mínimo, lejos quedaron los días de la Respuesta Rápida, cuando todos tenían derecho a la misma protección. Ahora, los desastres naturales, cada vez más intensos, serán enfrentados con un nuevo modelo: la Respuesta Éxtasis.

Durante la temporada de huracanes del año pasado, se les ofreció a los dueños de hogares en Florida una costosa salvación similar, a través de HelpJet, una agencia de viajes fundada bajo la promesa de transformar “una evacuación de huracán en unas vacaciones de jet-setter”. A cambio de una cuota anual, un conserje de la compañía se hacía cargo de todo: transportación a la terminal aérea, viaje de lujo, reservaciones en hoteles de cinco estrellas. Sobre todo, HelpJet representa una puerta de escape frente a los fracasos gubernamentales, como el de Katrina. “No tiene que hacer fila, no tiene que lidiar con muchedumbres, nomás viva una experiencia de primera clase”.

HelpJet está a punto de enfrentar la competencia de jugadores mucho mayores. Al norte de Michigan, durante la misma semana en la que los fuegos californianos ardían, la comunidad rural de Pellston estaba en medio de un intenso debate público. El pueblo está a punto de convertirse en la sede del primer centro nacional de respuesta ante desastres completamente privatizado.

El plan fue idea de Sovereign Deed, una nueva y poco conocida compañía, vinculada con la empresa mercenaria Triple Canopy. Al igual que HelpJet, Sovereign Deed trabaja bajo un “cuota de membresía tipo club campestre”, según el vicepresidente de la compañía, el jubilado general brigadier Richard Mills. A cambio de una cuota única de 50 mil dólares, seguida de pagos anuales de 15 mil dólares, los miembros reciben “servicios integrales de respuesta ante catástrofes”, en caso de que su ciudad sea víctima de un desastre ocasionado por el hombre, que podría “causar severas amenazas a la salud pública y/o a su bienestar” (léase: un ataque terrorista), un brote de una enfermedad o un desastre natural. La membresía básica incluye acceso a medicina, agua y comida, mientras que aquellos que paguen “servicios de lujo escalonados” podrán contar con misiones de rescate VIP.

Así como muchas otras compañías privadas contra desastres, Sovereign Deed vende un escape del cambio climático y del fracaso del Estado a través de presumir los niveles de acceso y las conexiones que sus ejecutivos amasaron mientras trabajaban para ese mismo Estado. Recientemente, en Pellston, Mills explicó: “La realidad de la FEMA (Agencia Federal de Manejo de Emergencias) es que no tiene infraestructura, y buena parte de nuestra Guardia Nacional está en otro lado”. Sovereign Deed, por otra parte, asegura que tiene “acceso directo y arreglos especiales con varios centros de información nacionales e internacionales. Estos arreglos exclusivos permitieron que nuestro Centro de Operaciones de Emergencia… le diera a nuestro miembros esa crucial ventaja en tiempos de crisis”. En esta versión secular del Éxtasis, la mano de Dios es innecesaria. Cuando tienes jubilados ex agentes de la CIA y ex Fuerzas Especiales elevando a los elegidos hacia la seguridad, no hay necesidad de rezar, nomás de pagar. ¿Y quién necesita una Nueva Jerusalén celestial cuando puedes tener a Pellston, con sus flexibles políticos locales y su sorprendentemente moderno aeropuerto regional?

Pronto, Sovereign Deed podría estar compitiendo con Blackwater USA, cuyo presidente ejecutivo, Eric Prince, recientemente escribió acerca de sus planes de ofrecer servicios “integrales”, incluyendo asistencia humanitaria en casos de desastre. Cuando el fuego estalló en el condado de San Diego, cerca del sitio propuesto para la controversial base de Blackwater West, la compañía de inmediato aprovechó la oportunidad para comprobar su pertinencia. Blackwater podría haber sido el “centro operativo táctico para los incendios en el Condado Este”, dijo el vicepresidente de la compañía, Brian Bonfiglio. “¿Se puede imaginar cuánto hubiera beneficiado si estuviésemos en operaciones?” Para presumir su capacidad, Blackwater ha estado distribuyendo los tan necesitados alimentos y cobijas a la población de Potrero, California. “Esto es algo que siempre hemos hecho”, dijo Bonfiglio. “Esto es lo que hacemos”. De hecho, lo que Blackwater hace, como los iraquíes han aprendido con dolor, es no proteger a las comunidades enteras o los países sino “proteger al principal”, y el principal viene a ser quien pagó las armas de fuego y el equipo de Blackwater.

La misma lógica de paga-para-ser-salvado gobierna a todo este nuevo sector de administración de los desastres al estilo club campestre. Hay, claro, otro principio que podría guiar nuestras respuestas colectivas en un mundo propenso a los desastres: la simple convicción de que todas las vidas tienen el mismo valor.

Para cualquiera que aún cree en esta descabellada idea, llegó la hora de, urgentemente, proteger el principio.

Copyright 2007 Naomi Klein.

* Es autora del recién publicado libro The shockdoctrine. www.naomiklein.org. El texto fue publicado en la revista estadunidense The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

 
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