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¡Cuidado!: basura nuclear

Ampliar la imagen Los basureros nucleares, una amenaza para el subsuelo y para los pobladores de ésta y futuras generaciones Los basureros nucleares, una amenaza para el subsuelo y para los pobladores de ésta y futuras generaciones Foto: Reuters

A menudo los ambientalistas lamentan la desafortunada obsesión de la humanidad por el futuro inmediato. La gente, en general, no tiende a prever (por ejemplo, la mayoría de las personas no han hecho testamento, lo que las pone en desventaja ante una de la pocas certezas de la vida). Los políticos, siempre atentos a sobrevivir a la siguiente elección, son, en particular, responsables de la planeación a corto plazo. Es un problema, ya que el ritmo humano del tiempo no siempre se ajusta al del medio ambiente. Una selva tropical arrasada puede necesitar décadas para crecer de nuevo. El cambio climático seguirá siendo un problema durante siglos, incluso si las emisiones de carbono cesaran mañana.

Uno de los más espinosos problemas a largo plazo es qué hacer con la basura nuclear. Muchos países occidentales construyen nuevos reactores nucleares y ven la energía como algo limpio y seguro. Pero sus ciudadanos lo dudan, y los desechos nucleares encabezan su lista de preocupaciones.

Ésta es una materia perniciosa: la basura de alto nivel, derivada del uso de combustibles, es mortalmente radiactiva y permanece así decenas de miles de años. Sin embargo, los científicos creen que pueden eliminarla de manera segura. Todas las naciones que han estudiado el problema han decidido enterrarla en sitios geológicamente estables donde no exista la probabilidad de que la perturben volcanes o terremotos. Estados Unidos y Finlandia han escogido sus sitios; otras naciones todavía los buscan.

De todos modos, aunque la naturaleza no pueda desenterrar las asquerosidades nucleares que la humanidad produce, no puede decirse lo mismo de las personas. En la montaña de Yuca, en el desierto de Nevada, emplazamiento del primer gran vertedero de basura nuclear estadunidense, los científicos batallan con el problema de cómo hacer que las futuras generaciones recuerden lo que está almacenado allí. Un estudio similar se realizó en los años 90, cuando el Departamento de Energía formó un equipo de lingüistas, arqueólogos y científicos de materiales para analizar la manera de confeccionar señales de advertencia alrededor de un pequeño depósito de basura en Nuevo México que durará 10 mil años.

Un lapso así representa un enorme desafío. Diez mil años es un periodo inmenso, visceralmente incomprensible, algo así como la historia entera de la civilización humana. Incluso cosas proverbialmente tan antiguas como las pirámides de Egipto, de 4 mil 500 años, parecen jóvenes en comparación.

Hablar a través de un abismo tan cavernoso es difícil. Las lenguas se transforman muy rápido: a un hispanohablante actual le cuesta trabajo leer, por ejemplo, el Cantar del Cid. En mil años –sin hablar de 10 mil– un mensaje escrito en cualquiera de las lenguas contemporáneas sólo sería comprensible para lingüistas profesionales. En lapsos más largos, los futuros arqueólogos tendrían que reconstruir las lenguas de hoy a partir de los fragmentos que desenterraran, usando la misma combinación de conjeturas e inferencias con las que en la actualidad se descifran las lenguas antiguas.

Un método es inscribir advertencias sobre algo grande, resistente a la erosión y llamativo. Los materiales deben seleccionarse con cuidado. Incluso los mensajes inscritos sobre granito, una de las rocas más resistentes, serían ininteligibles después de miles de años de erosión. Y un monumento con un mensaje ilegible podría ser contraproducente, ya que futuros exploradores podrían malinterpretarlo como la marca de algo valioso o interesante.

Más allá de la erosión, hay problemas más graves respecto al lenguaje con el que se transmitiría la idea de peligro. No hay ninguna garantía de que una civilización moderna, tecnológicamente avanzada, existirá en el año 12000. Dibujos sencillos, que muestren quizá cráneos humanos o caras gritando, podrían ser una apuesta más segura que advertencias en una lengua que nuestros descendientes quizá sean incapaces de descifrar.

Por otra parte, las tentativas de espantar intrusos podrían ser más dañinas que benéficas. Los futuros exploradores no necesariamente encontrarán una muerte espantosa sólo por vagar alrededor de la superficie. Las amenazas de muerte incumplidas podrían convencer a las personas de que las advertencias no tienen ningún significado y alentarlas a cavar. Después de todo, los rumores de maldiciones terribles no pudieron mantener alejados a saqueadores y arqueólogos de las tumbas de los faraones de Egipto.

El argumento más radical de todos sostiene que el mejor curso de acción es sellar el depósito y no dejar ninguna advertencia en absoluto. La esperanza es que cualquier civilización lo bastante avanzada para descubrirlo también sabría lo suficiente para identificar los materiales en su interior, mientras que a una sociedad más primitiva la mantendría a salvo su ignorancia.

Los proyectos actuales de la montaña de Yuca requieren una serie de marcadores de siete metros alrededor de la entrada al sitio, diseñados para atraer la atención y resistir a todo, desde inundaciones a dunas de arena. Se les escribirán advertencias en árabe, chino, inglés, francés, ruso y español, respaldadas por dibujos de símbolos. Marcadores más pequeños, de 21 centímetros, cubrirán el sitio. Unos monumentos más grandes, construidos en la forma de abanico del símbolo internacional de radiación, contendrían documentos que explicaran lo que yace debajo.

Se ha pensado mucho en el esquema, pero nadie sabe en realidad si funcionará.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya

 
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