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Entrevista con el académico europeo, quien cumple 80 años y prepara otros libros

Gracias a México me hice historiador: Friedrich Katz

Cuando llegué al país durante el sexenio de Cárdenas, dice a La Jornada, había un sentimiento de optimismo entre la gente

“Mi deuda principal es que salvó mi vida y la de mi familia”

Especialistas harán una reflexión colectiva en el homenaje que se rendirá al autor de Pancho Villa

Arturo García Hernández

Ampliar la imagen Friedrich Katz, en 2003, durante una visita del también antropólogo a México Friedrich Katz, en 2003, durante una visita del también antropólogo a México Foto: María Meléndrez Parada

Con motivo de sus 80 años de vida y como un reconocimiento a sus valiosas aportaciones al estudio de la Revolución Mexicana, el historiador austriaco Friedrich Katz recibirá un homenaje los días 13 y 14 de noviembre.

“Del amor de un historiador a su patria adoptiva” se llama el homenaje, consistente en la realización de una serie de mesas redondas con la participación de notables especialistas, quienes harán una reflexión colectiva sobre la vida y obra del autor del libro Pancho Villa (Ediciones Era), una de las biografías esenciales sobre El Centauro del Norte.

Actualmente, Friedrich Katz es profesor emérito de la cátedra Morton D. Hull, en la Universidad de Chicago, donde además el Programa de Estudios Mexicanos lleva su nombre.

En entrevista con La Jornada, vía telefónica desde esa ciudad, Katz se manifiesta emocionado por el homenaje y hace un repaso de su vida y trayectoria: “Gracias a México me hice historiador y mi trabajo sobre su historia es lo más útil que he hecho en mi vida; si volviera a comenzar haría exactamente lo mismo”.

Generosidad y asilo permanente

Friedrich Katz nació en Viena, Austria, en 1927: “Tenía tres años cuando mi familia se mudó a Alemania, donde mi padre fue periodista antinazi y escribía artículos contra Hitler. Cuando tomaron el poder los nazis, la policía vino a nuestra casa. No encontraron a mi padre porque huyó a Francia. Poco después mi madre y yo también nos fugamos. Pasé mi niñez en Francia, que era un país poco seguro para los refugiados. Nos expulsaron en 1938. Viajamos a Estados Unidos, pero como no teníamos visa permanente tuvimos que salir. El único país que nos dio asilo permanente sin problemas fue el México de Lázaro Cárdenas, al que llegué a los 13 años”.

A su llegada, Katz y su familia experimentaron por primera vez en mucho tiempo “una sensación de seguridad, la seguridad de que no nos iban a expulsar ni íbamos a caer en manos de los nazis”.

No fue fácil la adaptación: “Obviamente no sabía una palabra de español; mis padres me inscribieron en el Liceo Franco-Mexicano porque ya había aprendido francés, de manera que se me facilitara la adaptación al país. En general fue complicado. Como estaba en una escuela francesa, había un grupo de oriundos de Barcelonette, muy cerrado, pero los mexicanos que me encontré eran muy amistosos y me recibieron muy bien, aunque hablaba mal el español”.

Entonces había “un sentimiento de optimismo entre la población, aún era el México de Cárdenas y la gente que había vivido la Revolución parecía empezar a notar los beneficios del movimiento. Y yo, aunque muy joven, sentí ese optimismo”.

La ciudad de México le parecía muy diferente a otras que había conocido, como París o Nueva York: “pero también me fascinó. Cuando llegué, mi escuela se encontraba en Melchor Ocampo y más allá había cabras y vacas todavía. No había contaminación, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl se podían ver desde cualquier parte de la ciudad.

“Entonces el Centro era realmente el centro, cuando había conciertos uno iba a Bellas Artes, cuando íbamos de compras, era a Madero, al Palacio de Hierro. Yo vivía en Hamburgo esquina con Toledo, en lo que más tarde iba a ser la Zona Rosa. Y uno se sentía muy seguro. Lo único que me decían era que no fuera a Tepito, pero por lo demás caminaba por todas partes”.

Revolución con dimensiones vivas

El encuentro de Katz con la historia de México se dio “por oposición a la escuela francesa, porque ahí se enseñaba mucha historia de Francia, pero muy poco de la de México. Entonces empecé a interesarme y a leer a autores como Luis Chávez Orozco y Martín Luis Guzmán. Me fascinó la historia antigua de México leyendo a Bernal Díaz del Castillo, y después, precisamente por el contacto con el México de Lázaro Cárdenas, la Revolución empezó a tener dimensiones muy vivas dentro de mí”.

La segunda impresión “muy fuerte que tuve de la historia de México fue cuando empecé a estudiar en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Ahí me fascinó la organización social de los aztecas; estudié con profesores destacados, como Ignacio Bernal, Gilberto Jiménez Moreno, Pablo Martínez del Río. Puedo decir que es la mejor escuela entre las que estudié, comparándola inclusive con las universidades de Viena o Berlín. El nivel de la ENAH era el más alto que conocí”.

Por esos años, “la historia prehispánica estaba muy viva, uno salía del Distrito Federal y la gente seguía hablando náhuatl; las culturas prehispánicas, tanto de México como de Perú, eran las únicas que se desarrollaron independientemente del resto del mundo”.

Varias veces, durante prácticas de campo en Tláhuac, Katz se encontró con campesinos que además de pertenecer a las culturas originarias, habían militado junto a Emiliano Zapata durante la Revolución, “de un modo u otro siempre me encontraba con la Revolución. Y uno de los aspectos que más me fascinó fue el contraste entre Villa y Zapata, por un lado, y los demás revolucionarios del siglo XX, por la otra parte.

“Si uno toma a Lenin, Mao Tse Tung, Ho Chi Min, Fidel Castro, ve que todos ellos son intelectuales, mientras que Villa y Zapata eran los únicos grandes revolucionarios que provenían realmente de las capas más humildes de la población.”

–¿Por qué le atrajo más Villa que Zapata?

–Zapata ya había sido estudiado, estaba el libro de John Womack, uno de los más importantes que se han publicado. En tanto que Villa seguía siendo un personaje más controvertido que Zapata. Sobre éste había una aceptación general en casi todos los campos, mientras que la leyenda negra de Villa era omnipresente y hacía que se olvidara quiénes eran los villistas. El problema era sacar la médula histórica de la leyenda negra y entender quiénes eran los villistas. Muchos creían que era gente de la frontera, sin raíces sociales, simples vagos, y yo no creí eso. Finalmente, pude ver los archivos del Departamento Agrario, las quejas de campesinos norteños, diferentes de la gente de campo del resto del país.

–¿Por México se hizo historiador?

–En gran parte fue por eso. Soy antropólogo e historiador, estudié ambas cosas, pero gracias a México me interesó ante todo la historia. Desde que era estudiante de secundaria estuve interesado en la historia, pero fue la experiencia de vivir en México y estudiar en la ENAH lo que me hizo verdaderamente descubrir mi vocación.

Difusor de la historia mexicana

–¿En qué año y por qué se fue de México?

–Mi padre era escritor de habla alemana. Para él era natural regresar a su país al terminar la guerra. Obviamente seguí a mis padres. Continué mis estudios de antropología en Viena.

En aquel entonces, “en Austria se conocía muy poco de México, lo único que sabían era que Maximiliano había sido fusilado ahí. Pero a excepción de algunos antropólogos que sabían algo de historia prehispánica, los conocimientos sobre México eran nulos. Era muy difícil y prácticamente tenía que educarme a mí mismo, porque a pesar de haber vuelto a Viena, seguí con mis estudios sobre México e hice mi tesis sobre la organización social de los aztecas.

–¿Entre sus logros diría que está el haber conseguido que se conociera más de la historia de México en su país y en Europa en general?

–Creo que sí, porque publiqué primero un libro sobre Alemania y la Revolución Mexicana, y creo que tuvo una influencia grande y hubo gente que se interesó por México; después una historia de las antiguas culturas de México. Entonces, sí creo que contribuí bastante a la difusión de conocimientos sobre el país más allá de las cosas convencionales.

–¿México le ha retribuido suficientemente lo que ha hecho por nuestra historia?

–Mucho. Me han dado la Orden del Águila Azteca, el Congreso de Chihuahua me nombró ciudadano honorario y una serie de universidades (Colima, Puebla, Michoacán) me han dado doctorados honoris causa. Además, pienso que la deuda principal con México es que me salvó la vida a mí y a mi familia.

–¿Tiene algún significado especial para usted cumplir 80 años?

–Bueno, tener 80 años significa que uno ha tenido un largo camino, pero no significa para mí el final del camino. Estoy trabajando en por lo menos dos proyectos más: uno sobre Madero y la Decena Trágica, y uno sobre la historia del grupo intelectual llamado Los Científicos. Así que tener 80 años no es retirarme de la vida académica, al contrario, es un impulso para seguir.

 
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