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Francisco Javier Guerrero Mendoza*

Los intelectuales y Acteal

Recientemente una amiga holandesa que lleva tres años residiendo en México, asombrada ante el escaso número de intelectuales que aparecen en la televisión mexicana, preguntó: “¿Éstos son los únicos intelectuales que hay en México? ¿O son los únicos que aparecen guapos en la pantalla televisiva?” Le contesté que no son tan guapos como para que Paty Chapoy los alabe, pero sí son los únicos… los únicos que aparecen bellos a los ojos del poder.

Sin duda, el movimiento estudiantil de 1968 (precedido por movimientos populares como los de los ferrocarrileros y maestros, y sucedido por otros, como el de los electricistas y varios más) transformó de manera decisiva el ambiente cultural en México e impulsó la libertad de expresión; fue por ello que intelectuales a través de diversos medios de comunicación, los adoradores de todo tipo de censuras fueron cediendo terreno y la oposición se hizo presente en diversos campos de la vida social.

Incluso algunos individuos con sicología de inquisidores, como Regino Díaz Redondo, quien en una época dirigió Excélsior (gracias a una maniobra impulsada por el Luís Echeverría) presumía que en su periódico escribían notorios opositores de izquierda como Valentín Campa y Sergio de la Peña. Pero olvidó agregar que una mosca (o dos, o tres) no hacen verano, y también olvidó mencionar que, entre otros muchos actos de represión, expulsó de Excélsior a René Avilés Fabila y a sus colaboradores por haber criticado por su mala gestión al entonces presidente Ernesto Zedillo, al que muchos indicios señalan como instigador de la matanza de Acteal en Chiapas.

Pero frente al ascenso de los movimientos populares, la respuesta de los grupos dominantes no se hizo esperar, incluso el ala más nacionalista y estadolatra del partido oficial fue desplazada del poder y sustituida por una tecnocracia “globalizadora” derechista al servicio del capital monopólico, tanto nacional como extranjero. Se acentuó la represión contra los sectores populares y se cometió un fraude en las elecciones presidenciales de 1988, con objeto de impedir que Cuauhtémoc Cárdenas, adversario de esa tecnocracia neoliberal, llegara a la Presidencia.

La antropóloga Rosalía Aída Hernández escribió: “Por lo visto nuestro trabajo no logró contrarrestar a los ideólogos del Estado, que 10 años más tarde regresan a la hipótesis de las pugnas intracomunitarias para justificar la impunidad y evitar que se castigue a los verdaderos responsables al más alto nivel estatal y federal” (La Jornada, 27/10/07).

Los ideólogos que menciona Aída, como Héctor Aguilar Camin, han resucitado la falacia de que la matanza de Acteal fue resultado de “pugnas intracomunitarias”. En 1998, Aída y otros colaboradores, publicaron el libro La otra palabra: mujeres y violencia en Chiapas, antes y después de Acteal. Después de una investigación rigurosa y exhaustiva llegaron a la conclusión de que se trató de una masacre llevada a cabo por paramilitares.

La nueva derecha en el poder en México ha creado un freno intelectual cada vez más poderoso, al cual se han unido antiguos izquierdistas como Jorge G. Castañeda, Luis González de Alba y varios más. En este frente se pretende crear una nueva intelectualidad orgánica que aporte un nuevo contenido a la ideología dominante, desplazando a la precedente del llamado “nacionalismo revolucionario”. La nueva ideología neoliberal postula: a) que la sociedad capitalista contemporánea es la que se corresponde mejor con la “naturaleza humana” (así lo planteó Vargas Llosa); que esta sociedad, con sus características de individualismo posesivo, afán compulsivo de lucro, competitividad y otros rasgos, es la mejor en la historia; b) que la propiedad privada de los medios de producción es un anhelo insaciable de los seres humanos y no puede ser erradicada; c) que cualquier tentativa de luchar por otro tipo de sociedad es, en el mejor de los casos, un delito, una acción criminal.

La revista en la que colabora el señor Aguilar Camin (y de la que fue director) cumple bien su cometido en este contexto. So pretexto de buscar “la verdad”, quienes en ella escriben vituperan a héroes nacionales como Juárez y Zapata, se critica vitriólicamente al zapatismo chiapaneco, y no sólo eso, individuos como González de Alba tratan de demostrar que el indigenismo es cuando menos una burrada, y que las civilizaciones indígenas de la antigüedad eran notoriamente inferiores a las del Viejo Mundo. Esta publicación tiene una fuerte rival en otra donde la figura señorial es Enrique Krauze.

Tanto en la revista de Aguilar Camín como en la de Krauze, el éxito intelectual está asegurado. Quienes en ellas colaboran aparecen frecuentemente en los medios de comunicación; sus libros se publican rápido y tienen éxito mercantil (ambas revistas pertenecen a empresas editoriales); sus opiniones son harto solicitadas y son entrevistados reiteradamente; mienten obsesivamente –como cuando se refieren a la masacre de Acteal–, pero sus embustes son presentados como grandes verdades.

De lo que se trata es dar marcha atrás en el difícil proceso de transición a la democracia y callar a las voces disidentes. Por eso a Aída no debe extrañarle que su libro no haya sido un bestseller, como las novelas de Aguilar Camín. Pero la verdad acaba por imponerse, y se derrumban las estatuas de los falsos ídolos.

* Investigador. Seminario permanente de estudios chicanos y de fronteras (DEAS-INAH)

 
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