Ojarasca 127 noviembre 2007

Magdalena García Durán:
la justicia secuestrada por las mafias

 

En memoria de Miguel Luna

 

La mejor manera de celebrar la liberación de la comerciante y dirigente mazahua Magdalena García Durán es señalando que las autoridades federales y del Estado de México cometieron con ella una grave injusticia, y más, un delito tipificable, al mantenerla en prisión un año y medio sin más motivo que la venganza política y el “escarmiento” autoritario contra una mujer, para colmo indígena, quien contra toda disuasión violenta se sostuvo del lado de la libertad fiel a su lucha, que no es personal sino colectiva. Nacional.

El gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto, temprano aspirante a la presidencia de la República, enseñó de qué está hecho. No sus millonarias campañas de autopromoción, ni su nexo con peligrosas mafias en la política y la economía. Su mejor retrato es la “decisión de Estado” de escarmentar a doña Magdalena, y enviar un amenazador mensaje al pueblo mazahua: “fuera de mi control, nadie se mueve”. Claro, por encima de aquella acción particular, el mandatario priísta quiso castigar al pueblo de San Salvador Atenco y a quienes se atrevieron a apoyarlo en mayo de 2006.

En confabulación con los gobiernos federales de Vicente Fox y Felipe Calderón, el gobernador de marras y el sistema judicial del Estado de México en su conjunto hicieron golpear y amenazar de muerte a Magdalena; tras vejarla, la procesaron con un desaseado uso de la ley y el orden para “castigarla” sin existir delito alguno, y por sus pistolas le robaron 18 meses de su libertad. De poco sirvió que el mundo entero los viera y supiera. A estos políticos del poder ni esos ojos, ni los mexicanos en particular, les importamos.

Los policías que la patearon y humillaron sin motivo siguen impunes. Como los fiscales y jueces que primero ofendieron la verdad, y luego los amparos y demostraciones de inocencia que se levantaron en defensa de la comerciante originaria de Patria Nueva. En términos judiciales, Magdalena debió salir en noviembre del año pasado. Pero la consigna era castigarla. Así de proporcionalmente absurdos son los procesos que siguen más de cien personas, y las penas de cárcel a los dirigentes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, literalmente secuestrados en un penal para criminales de altísima peligrosidad (y para algunos otros reos políticos similarmente despreciables para los mandones).

Las penas de más de 60 años contra Ignacio del Valle y sus compañeros resultarían risibles de no ser trágicas. Y el fiscal mexiquense todavía quiere más. Cuando vemos las penas impuestas a asesinos seriales, secuestradores, capos del narco y defraudadores de la Nación, con frecuencia no llegan ni a la mitad. En México, son reos de cadena perpetua los luchadores sociales que no se dejan aplastar. Los medios impresos y electrónicos no pestañean para difamar a estos ciudadanos ejemplares y generosos con selectividad cómplice. Y de clase.

Indios, campesinos, estudiantes, guerrilleros con causa. Todos gente pobre, de abajo, que defienden su terruño y así defienden nuestra Nación. Ellos son el “enemigo” que justifica la excepción: represiones brutales, persecución en su vida privada, encarcelamientos sin fundamento, desaparición. Lo estamos viendo hoy mismo en Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Yucatán, Michoacán, San Luis Potosí, Tabasco, Sonora. La neo “celebración” de la masacre de Acteal por parte de la intectualidad burguesa (disculpe el lector lo arcaico del término, pero no hay otro) respira el mismo aire de aplastamiento y arrogancia.

Plumas hay que se burlan con regocijo escatológico de “la viejita de Zongolica” o los “tzotziles alborotados y primitivos” de Chenalhó. Son incapaces de sentir esas muertes; no las conocen, ni comprenden, ni respetan. Al contrario: las desprecian. Y llegan más lejos. Con tal de quitar la responsabilidad de las instituciones en sus muertes y las condiciones que condujeron a ellas, culpan a los pueblos de donde son estas personas, y a las propias víctimas. Ellos, y nadie más, labraron su desgracia, nos quieren decir.

Los sectores encumbrados de la intelectualidad mexicana actúan como partícipes de una guerra de baja intensidad que no quieren ver. Pertenecen a las mismas mafias del poder. De su teta se atascan, en sus aventuras se embarcan. El pueblo mexicano no merece esas élites, como no merece a los gobernantes y los criminales que tienen al país agarrado por la garganta. Tienen miedo. Lo seguirán teniendo.

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