Usted está aquí: martes 20 de noviembre de 2007 Opinión Tamayo en su museo

Teresa del Conde/ I

Tamayo en su museo

No es hecho cotidiano asomarse a un pintor de la relevancia de Rufino Tamayo, por medio de un contingente abundante, ocasión vigente hasta el 20 de enero de 2008. Tamayo reinterpretado es el título de la exposición coordinada por el museo Tamayo y Museo de Arte de Santa Bárbara, California, si bien hay diferencias entre lo que se exhibió allí y lo que aquí puede observarse. Varias adiciones sustantivas observables en el Tamayo se deben a inteligentes pesquisas de Juan Carlos Pereda.

De entrada es una muestra gozosa, en la que es posible contemplar tanto obras muy conocidas y reproducidas vistas en otras exhibiciones, como también de visión inédita. De otras sólo se guarda el recuerdo, como sucede con Nueva York desde la terraza (1937), que pudo verse en el Palacio de Bellas Artes en el Salón Anual de Invitados 1978, cuando el cuadro pertenecía a su antiguo propietario, el coleccionista Lester Wolfe. A su muerte se subastó en Sotheby’s, el 24 de mayo de 1984, pero desafortunadamente no fue adquirido por el Instituto Nacional de Bellas Artes, dado lo cual pertenece a una colección particular.

A diferencia de lo que relata el brochure de la exposición, yo no pienso que la postura estética de Tamayo haya sido siempre abiertamente contraria a la llamada Escuela Mexicana de Pintura, aunque las modalidades que desarrolló casi desde los inicios de su trayectoria son diferentes a las que por aquellos años fueron las propias de Diego Rivera, como lo fueron igualmente las de otros pintores. Por ejemplo: hay dos pinturas de 1925 que corresponden a su involucramiento con temas fabriles, opción a la que acudieron otros pintores y que resulta paralela a las Escuelas al Aire Libre. Dos pinturas poco conocidas dan cuenta de que a Tamayo le interesaba ese ámbito en 1925. Se trata de Indianilla y Movimiento fabril. Más adelante realizaría dos versiones de Ritmo obrero (1935), lo que quizá le valió ser representante de la LEAR en Nueva York, en 1937. De esa época se exhibe Llamada a la Revolución (1935), con toques que bien pueden considerarse surreales.

De 1932 es otra pintura prácticamente desconocida e interesantísima: un paisaje nocturno con visión desde ventana, postes de telégrafo, la luna como el punto más claro y en primer término una pistola que roba la atención y que suscita interrogantes. De 1921 es la pieza más temprana, Tamayo pinta posimpresionista, y es dueño de su menester, como se observa en el paisaje oaxqueño del calvario (1921), contrastante y hasta opuesto al delicioso cuadro con escena de aladrillada arquitectura rural de 1928, en el que el pintor se muestra asumida y deliberadamente naive, como ocurre también en el cuadro La familia, pintado dos años antes. Sólo que en este último la construcción de las figuras y la distribución de los elementos, ya sean las montañas que los meandros vegetales, denotan una mano astuta y un manejo cromático de gran colorista que en este caso aplica los pigmentos en tajadas netas, aunque ligeramente graduadas, lo mismo que sucede con la fuente ovalada ante la que “posan” los personajes como si lo hicieran ante el fotógrafo. Los rostros que en esta pintura vemos, encontrarían repercusión mayormente geometrizada (tipo esculturas de Modigliani), en las Mujeres de Tehuantepec (1939), proveniente de la Galería Albright Knox, de Búfalo.

En otro cuadro hay una tehuana de espaldas que parece reiterarse o repercutir por reflejo en la figura que está tras ella. En realidad el reflejo corresponde al busto de la tehuana en primer término, con la batea pletórica de plátanos sobre la cabeza, mirando de frente con su rostro casi negro. Los planos en franjas verticales, la columna con zoclo y base en primer término, denotan su honda y peculiar preocupación por la geometría.

En cierto momento me propuse realizar un ensayito sobre los motivos eróticos en la obra de Tamayo y comuniqué mi propósito a Olga, con objeto de que me permitiera ver diapositivas que poseía en su acervo. Me despidió con cajas destempladas, asegurándome que lo que yo buscaba no existía en la obra de su marido, pero de sobra sabemos que no es así y que suele reiterarse a lo largo del tiempo. La niña atacada por pájaro extraño (1947), del MoMA de Nueva York, es sólo una de las composiciones en la que el humano se ve atacado por actitudes violatorias metamorfoseadas en pájaros. En otros casos, los pájaros personifican “inconfesables” deseos o simplemente aparecen como seres capaces de volar.

Pero los animales son depositarios de pasiones fortísimas, bien conocidos son los que igualmente provienen del MoMA, aquí exhibidos junto a los dos perros de 1941 que pertenecen al museo de Houston. En ambos casos los huesos son sumamente importantes, tanto desde el ángulo compositivo, como en el de la significación. La pintura sí puede “decir” muchas cosas, pero en eso sólo suele repararse, como aquí sucede, cuando se trata de muy buena pintura. Sin embargo, estoy consciente de que hay que contener las mociones interpretativas.

 
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