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Elena Poniatowska/ III

El poeta Alberto Blanco

La entrevista con el poeta Alberto Blanco, prosigue.

–¿Por qué decidiste dedicarte a la poesía?

–Nunca lo decidí, no me la pude sacar de encima. Tengo que confesar que varias veces en mi vida me sentí como el Jonás de la historia bíblica –guardando todas las proporciones– que no quería predicar, que no quería cumplir con la misión que le habían encomendado y abandona todo hasta que se lo come una ballena y va y lo escupe en la playa donde tenía que cumplir con su misión.

“Durante mucho tiempo traté de darle la vuelta a la poesía y no pude; me di cuenta de que es como una fatalidad: es algo dado. No siento a la poesía como un mérito personal. El único mérito que puede haber en un poeta es el no darle la espalda a su destino, el ponerse al servicio de eso que se quiere expresar, al servicio de la palabra. Cuando uno entiende eso, el proceso cobra un cariz distinto y se puede convertir, como ha sido para mí, en muy gozoso. Un largo proceso que conlleva por necesidad el conocimiento y el estudio de muchas tradiciones poéticas. Es indispensable que uno sepa cómo utilizar las herramientas propias del oficio, y esto lleva su tiempo.

“El oficio de la poesía requiere de un esfuerzo mucho más grande de lo que la mayor parte de la gente que quiere escribir poesía imagina, porque las tradiciones poéticas son extraordinariamente ricas y complejas. Simplemente el estudio de las formas, de lo que se ha hecho y cómo se ha hecho, requiere de mucha pasión y paciencia, y en ese sentido primero de un modo intuitivo, pero después con algo más de claridad, comprendí que tenía que estudiar y penetrar a fondo los distintos acuerdos que conforman la esencia de la palabra, del lenguaje. La palabra es imagen, música y significado. Me tomé muy en serio, desde un principio y hasta la fecha, por un lado, el trabajo con la imagen, ya sea dibujando, haciendo collage, trabajando con acuarela, con pintura, con óleo, incluso con escultura, pero trabajando también con otros artistas visuales: pintores, grabadores, fotógrafos, escultores. He escrito mucho sobre el trabajo de muchos artistas; también he hecho libros con ellos: Vicente Rojo, Francisco Toledo, Gunter Gerszo, Rodolfo Morales, con muchos de los artistas de mi generación, con Gabriel Macotela, Gustavo Pérez, los Castro Leñero, Irma Palacios, Susana Sierra, con muchos. A veces han sido colaboraciones en libros de poemas e imágenes, a veces he escrito ensayos sobre su trabajo. Otras veces hemos hecho portafolios o carpetas. Incluso hemos llegado a trabajar al alimón. Todo esto sucede del lado de la imagen. Pero está todo el mundo de la música, otra área tremendamente rica con una tradición inmensa a la que le dedico mucho tiempo también.

“Ezra Pound insistía en que para un poeta aprender a tocar un instrumento era esencial. La educación musical en la poesía y la práctica de la poesía son indisociables, no veo manera de separarlas. Denise Levertov decía que la poesía estaba más cerca de la música que de la prosa, lo cual puede ser una exageración, pero subraya la importancia esencial del trabajo con el oído. Y finalmente está lo que para mí es la parte más misteriosa del lenguaje: su capacidad de representación, su carácter simbólico, eso que es propio y distintivo del lenguaje, y que no tiene que ver ni con la imagen ni con la música, sino una única y exclusiva relación con el misterio de la palabra. Por ahí la investigación nos puede llevar muy lejos, porque se confunde con los orígenes mismos del pensamiento.

“Penetrar en los orígenes del lenguaje y de la palabra nos obliga a penetrar en el origen de nuestra especie, tratar de comprender qué es lo que nos hace seres humanos… bueno tal vez aquí estoy siendo demasiado optimista, y quizá debería hablar más bien de un proceso que podría llegar a convertirnos en seres humanos. Un proceso de pensamiento íntimamente implicado en indagar los orígenes del lenguaje, que está para mí en el corazón mismo de la actividad poética.”

–Pero yo siento, Alberto, que la gente cree que la poesía es lo más fácil porque me llegan una cantidad de libros de poesía escritos sin ton ni son que hablan de flores y de auroras, de rocío y de amor y ya creen que eso es poesía. ¿No denigra la facilidad a la verdadera poesía?

–Pienso que no, la poesía está a salvo. Cuando estaba estudiando la poesía china, haciendo una maestría en estudios orientales en El Colegio de México, descubrí para mi sorpresa y alegría, que al final de la dinastía Tang, considerada la edad de oro de la poesía china, el emperador mandó recopilar una antología oficial de los poetas de la dinastía: tres siglos de poesía china. Y, claro, se dieron todas las batallas, alianzas, rencillas, rumores, bajezas y canalladas que suelen darse a la hora de una selección, pero finalmente acordaron hacer una antología bastante ceñida donde quedaron muchísimos poetas fuera, de tal manera que la antología nada más alcanzó a incluir a ¡10 mil poetas! (Ríe) Claro, entre ellos están Tu-fu y Po-Chu-yi, Li-Po y Wang-Wei, los grandes poetas de la época, así es que no creo que haya peligro en ese sentido. Sin embargo, estoy de acuerdo contigo en que la mayor parte de lo que se publica bajo el título de poesía, como si fuera poesía, realmente no tiene nada que ver con ella. A veces ni siquiera son versos. Sólo son textos disfrazados de poemas, fingiendo en la página una presentación distinta de la normal: las líneas están recortadas, son breves, tienen un poquito de espacio en blanco alrededor y aparecen en la sección titulada “poesía”. Estos textos, que se niegan a desaparecer de los diarios y revistas, nada tienen que ver con la poesía; son fragmentos en prosa recortados y mal disfrazados de poemas.

–¿Y cuándo se sabe que algo es verdadera poesía?

–Creo que esto es algo que tiene que ver con la posibilidad de que el lenguaje esté siendo utilizado de otra manera. Yo tengo para mí como definición, o posible definición: la poesía es la otra manera de usar el lenguaje. Así de sencillo. Todas las formas de usar el lenguaje que conocemos constituyen una forma, y la poesía es la otra. Cuando se usa esa otra manera no para decir, sino para escuchar; no para expresarme yo personalmente, sino para que lo inexpresable se pueda encarnar en un artefacto de palabras mediante mi trabajo, entonces podemos comenzar a sospechar la existencia de la poesía. Cuando eso sucede da igual si la forma que adopta el poema es la forma de unos versos o de versículos o la de un poema en prosa. Hay toda clase de ejemplos: los textos escritos en prosa de Lezama Lima que son poesía pura, purísima; los pequeños poemas en prosa de Baudelaire; los poéticos aforismos de Cioran y de Jabès… es decir, no es la forma externa la que determina si un texto es poesía o no; es cómo está siendo empleado el lenguaje. Es la intensidad, la carga de las palabras. Es la cantidad de inexplicable o de desconocido que se manifiesta mediante las palabras.

 
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