Usted está aquí: Inicio Opinión El poeta Alberto Blanco

Elena Poniatowska/ IV y última

El poeta Alberto Blanco

Autor de Cuenta de los guías, Un año de bondad, Cromos, Amanecer de los sentidos, La hora y la neblina, El hombre: imagen y semejanza, así como de libros infantiles, como Un sueño de Navidad y Pájaros, pájaros, Alberto Blanco no cesa de escribir poesía.

–Yo no he quitado el dedo del renglón desde que sucedió el despertar en mí. Lo que es más: no veo distinción entre escribir y no escribir, porque la observación, la profunda atención de donde finalmente surge la poesía es algo que está sucediendo todo el tiempo. Aquí, ahorita en tu casa, mientras me entrevistas, sucede en el sueño, sucede más que en cualquier momento, en realidad en todo momento a condición de que seamos capaces de verlo. Como decía Guimaraes Rosa: ahí donde no pasa nada hay un milagro que no estamos viendo. Siempre hay un milagro, que lo veamos o no, ese ya es asunto nuestro. Que el milagro se pueda expresar o no mediante el lenguaje y las palabras, eso es otra cosa. Para otros artistas, de otras disciplinas (incluidas todas aquellas que hoy día no se consideran artísticas, sino humildes oficios: la cocina, la costura, la mecánica, la contabilidad, la carpintería), eso puede y debe expresarse con otros medios: a través de la danza, de los volúmenes, del contraste de luz y sombra, de los sabores… Pero para un poeta, eso sólo ocurre mediante el lenguaje. Así sucede en los poemas de Tablada, de López Velarde, de Gorostiza, de Jorge Cuesta, de Novo, de Paz, de Villaurrutia, de Sabines, de Juan Martínez, de Pellicer.

–¿Rosario Castellanos no te gusta?

–Claro que sí. Te voy a confesar algo: hace unos 30 años, cuando mi generación comenzó a publicar, yo pensé que iba a ser muy fácil para las poetas mujeres de mi generación llegar más lejos en su poesía que Rosario Castellanos. Como dices tú en unos de tus poemas inéditos: pensé que iba a ser pan comido. Y resulta que no ha sido tan fácil… creo que su obra, al menos a mis ojos, ha ido creciendo. Y mira que tenemos poetas mexicanas muy buenas. Sor Juana es un milagro. Es uno de esos meteoros que no habría podido suceder nunca y que sin embargo sucedió. ¡Y qué maravilla que sucedió! A veces, cuando siento mucha desesperación, rabia, congoja, desazón al ver lo desordenada que está nuestra comunidad, lo desordenado que está el país, pienso: ¡caramba! Si esta comunidad ha dado una Sor Juana, hay esperanza. Aquí sucedió Octavio Paz. Aquí vino a nacer Nezahualcóyotl. Que nunca se nos olvide.

–¿También es un gran poeta?

–Por supuesto. Y para mí ni siquiera es el poeta prehispánico que siento más cerca. Ese sería Ayocuán Cuetzpaltzin, uno de los poetas traducidos por Miguel León-Portilla que, por lo demás, ha traducido a todos. Pero ya lo había traducido antes el padre Angel María K. Garibay. Sus poemas son de veras maravillosos. Es una lástima que no conozcamos más poemas suyos. Es un poeta del mundo azteca. Dicen que deambulaba por los rumbos de Puebla y Tlaxcala. Dicen también que le gustaba andar gritando en el campo: “¡Que permanezca la tierra, que estén en pie los montes!” En uno de sus poemas dice algo que a mí me parece esencial al tratar de penetrar en el misterio de la poesía: “¡Ay, que no eche yo a perder el canto con mi inventiva”. Es decir, está pidiendo a los dioses que le concedan no meter su cuchara personal en el canto.

–La voz que le envían…

–Así es. Se trata, pues, de transparentarse a tal punto que esa voz que le envían desde quién sabe dónde o desde quién sabe qué o cómo, pase con el menor daño posible a este mundo; que él, como poeta, se convierta en un filtro lo más delgado, fino, inmaterial e impersonal posible. Lo cual me parece una aspiración profundamente poética. Muy lejos de lo que ingenuamente piensa mucha gente cuando empieza a intentar versos y cree que está escribiendo poesía, dando por sentado que lo importante es justamente lo contrario: ser lo más individual posible. Lo cual, normalmente, quiere decir que se está tratando de ser lo más sincero posible en términos sentimentales. Ayocuán habla de otra cosa. Habla de una sinceridad de otro orden. Habla del otro lado de la palabra: ¡ay, que los dioses me concedan desaparecer para que el canto resplandezca limpiamente!

–Pues, yo creo que ya, Alberto, porque va a salir larguísima la entrevista…

–Tienes razón… se me olvidaba que estamos grabando y es que así podemos platicar durante horas; son muchas las cosas importantes para nuestra vida personal que tienen que ver con eso que parece tan inútil que es la poesía.

–En un encuentro de literatura hace unos días, de 40 mujeres, 38 afirmaron: “Yo soy poeta”, y les pregunté: “¿Cómo es posible, si ser poeta es tan sagrado?” (Alberto ríe.) Luego, luego se van a lo más grande, a lo más difícil…

–Pero es lo que en primera instancia se presenta como lo más inmediato y sencillo y lo que requiere menos trabajo. Escribir una novela cansa. Trabajar cansa, decía Pavese, “Lavorare stanca”. Pero esa engañosa facilidad se disipa tan pronto como se le da espacio a la lectura y el conocimiento de la tradición. Lo curioso es que la mayor parte de la gente que dice escribir poesía, no lee poesía.

–Y los editores nunca quieren publicarla, porque dicen que no se vende.

–Bueno, en México se publica más que en otros países. Veo por ejemplo que en Francia, y en general en los países europeos, se publica poca poesía. Me ha tocado platicar con poetas de otras partes que ven con admiración y una suerte de nostalgia a México, pues sienten que hay un lugar todavía importante para la poesía. Así que todo esto es muy relativo. De cualquier manera, ya se sabe que el espíritu sopla donde quiera y que la liebre salta en donde menos se le espera. Cuando uno visita la casita de López Velarde en Jerez, Zacatecas, uno se pregunta, ¿cómo es posible que aquí haya venido a soplar el espíritu y que de aquí haya salido un poeta maravilloso? López Velarde inventó a un artista y un poeta que se llamó López Velarde, que es justamente lo que todo artista tiene que hacer. No teníamos a Fellini antes de Fellini. No había Kafka antes de Kafka. No había Borges antes de Borges. Borges inventó a un artista que se llama Borges y ahora ese cosmos que llamamos Borges nos resulta hasta familiar. Incluso la gente que no ha leído a Kafka entiende lo que es una situación o un momento kafkiano, Todo lo que tiene que hacer un poeta es inventar a un poeta que no ha existido nunca.

–¿Inventarse a sí mismo?

–Sí, podríamos decirlo así, a condición de que no suene a blasfemia, porque hay textos prehispánicos donde se habla de los dioses como los que se inventan a sí mismos, los que se están creando todo el tiempo a sí mismos. Así que mejor nos pasamos por las piedritas para no decir una barbaridad, a menos que volvamos a lo de siempre: a Vicente Huidobro con aquello de que el poeta es un pequeño dios.

–¿Y es verdad?

Se ríe: –¿Tú qué piensas?

–Yo creo que sí, cuesta muchísimo trabajo hacer buena poesía, la gente se lanza por inconciencia o por atrevimiento…

–Por necesidad también, quizá…

Alberto Blanco es un hombre bondadoso y atento. “Me considero un escritor paciente. Voy dejando que cada uno de los proyectos vaya hasta donde quiera ir. Lo que importa es lo que el lenguaje quiere decir a través de mí, ver hacia dónde quieren ir las palabras. Todo se vuelve entonces un ejercicio de atención”.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.