Usted está aquí: viernes 23 de noviembre de 2007 Opinión Gabriel Vargas

Carlos Monsiváis*

Gabriel Vargas

Ampliar la imagen El jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, estuvo presente en el homenaje que se le rindió al caricaturista Gabriel Vargas, quien fue acompañado por su esposa Guadalupe Appendini El jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, estuvo presente en el homenaje que se le rindió al caricaturista Gabriel Vargas, quien fue acompañado por su esposa Guadalupe Appendini Foto: Carlos Ramos Mamahua

El reconocimiento tributado a Gabriel Vargas es uno más de los numerosos de su extraordinaria carrera. He tenido la buena suerte de intervenir en algunos de esos homenajes y allí he destacado las enormes cualidades, el trazo de los personajes, a la vez sencillo y de una gran expresividad cómica (en este punto debo mencionar las maravillosas portadas y contraportadas de Agustín Vargas, Guty, el sobrino de don Gabriel); el sentido del humor, que va del registro naturalista a la fantasía satírica; el uso del habla popular, creativo, convincente y que causa adicción; la conversión de la vecindad típica y arquetípica del Centro o del Centro Histórico; los nombres de los personajes, en sí mismos una portentosa rebelión onomástica; los métodos suntuosos para denotar la felicidad de la pobreza, y el modo en que la felicidad en la pobreza es un ir y venir del relajo a la resignación y de regreso; el tejido de situaciones en la vecindad porque Harún-Al Raschid (don Gabriel) no se cansa de oír a Scherezada (Borola), y, en la cumbre, la picaresca, el género donde ni la liebre ni la tortuga se explicarán jamás como en el maratón y antes del pistolazo de salida, alguien ya se guardó la meta en el bolsillo.

Todo esto figura en la lista de méritos y hazañas de un dibujante satírico, de un monero con más de siete décadas de gran inventiva popular, lo que es extraordinario... ¿Y en qué nos quedamos? ¡Ah, sí! En que ha llegado el momento de desplegar los paisajes de nuestra memoria, abigarrados, divertidos, poblados de tumbas (el lugar y el instrumento musical) que fueron generaciones, de bailes y ritmos ensayados con puntualidad en las tardes en que el bugui-bugui o el mambo o el cha-cha-chá o el rock o el twist o el ponchi ponchi desplazan a la merienda, de modas en el vestir, de variantes del desempleo, de rebeliones de las seños que exigen lo del gasto, de zánganos que ni se acomiden al ver a su mamacita sepultada bajo la montaña de ropa, del viejerío que toma las azoteas porque los embotellamientos les impiden lanzarse a la trevolufia desde el Monumento...

¡Ah, lectoras y lectores; ah, mujerío y ruquerío: ah, expresiones que pasan de moda y desastres que se olvidan al no caber más ruinas en la memoria! ¿Qué ha pasado con los públicos de don Jilemón Metralla y Bomba, el Güen Caperuza, Cuataneta, don Regino, doña Borola, la tía Cristeta, Ruperto Tacuche, Bella Bellota, la Divina Chuy, don Susano Cantarranas, Briagoberto Memelas, Juanón Teporochas, doña Gamucita, Avelino Pilongano, Sinfónico Fonseca, Satán Carroña, Foforito, Wilson, Macuca, el Tractor, los chorros millonarios y Reginito? Entre otras cosas se casaron, dejaron la vecindad, se fueron a los cerros, envejecieron y se amargaron al ver que nadie recordaba aquella noche gloriosa en que, con su compañero que hoy es su viuda o viceversa, ganaron el campeonato de danzón...

Se fueron a los stéits y allí trabajaron en los campos o en el Renglón de Servicios (ya casi otro país) o de elevadoristas o de janitors, gimme a break, y se acordaban de La familia Burrón cuando conversaban telepáticamente con la palomilla brava, what does it mean, jefe, cómo que no sabes lo que es una palomilla brava, pinche gringo alterno que usurpas mi apellido, una palomilla brava es una ganga buena onda, ganga viene de gang, palomilla viene de la colonia Guerrero...

Desertaron del Centro, abandonaron el Centro Histórico, les dieron un aventón a la próxima parada del ascenso social, se burlaron módicamente de sus orígenes, saquearon los recuerdos en las fiestas familiares, a qué no sabes cómo le decían a tu tía, pues Diosa Iguana, no viejo, ésa era la del 7, a tu hermana le decían Buenonga...

Se fueron de volada a las clases medias, adquirieron títulos, les fue bien mi licenciado, recéteme la salud doctor, a dónde quiere que pongamos estos sacos arquitecto, licenciado apóyenos, queremos luz y agua y drenaje y pavimento, usted ya la hizo, ayúdenos, yo conocí a su mamá cuando vendía billetes de lotería, pero por qué se enoja, de veras que la conocí entonces, no me saque de su despacho a empellones...

Se integraron al ejército funerario de reserva y sus últimas palabras fueron “ni chicho ni gacho, aquí nomás Tacho” o “fíjate que suave” o “ahí está el detalle” o “aquí nomás como pastoreando one mexican pollo” o “ontoy rentoy” o “fíjate Marcelino, así se despide uno de la broza” o “llégale campeón” o “échale ganas” o “¿a que perdí todo el acento de Tepito, champ?”

Se extendieron en sus camas o catres como mancha urbana y adonde fueron se llevaron su vocabulario de los domingos de “ya estate quieta Borola, y no alborotes a las vecinas con eso de que ustedes son una tribu africana que va de caza y nosotros somos los leones, nomás ve cómo quedó don Turulato con la flecha clavada en donde la espalda pierde su honesto nombre”.

Se aguantaron como los meros machos de ambos sexos cuando lo del terremoto, ya sosiégate Chachis Pachis, ya dejó de temblar, y siguieron por ahí, pero ya no en donde nacieron los chilpayates, y consiguieron su condominio horizontal y como quien no quiere la cosa se quedaron con algunos buenos hábitos, pasa la ponchera Lupe.

Se fueron de vacaciones a Acapulco, en el mar la vida es más sabrosa, a Puerto Vallarta, en el mar te quiero mucho más, a Puerto Escondido, con el sol, la luna y las estrellas, a la carretera porque allí se poncharon las llantas del pinche coche, en el mar todo es felicidad.

Se enfrentaron a los encarecedores, a los maloras del kilo de doscientos gramos, a los aboneros, qué onda doña Tallulah, ya póngase cariñosa, a los caseros, a los zopilotes de la renta congelada, a los embaucadores y caciques de los nuevos asentamientos sociales, mi Rober a las seis es la reunión de los colonos.

Se divirtieron con las caracterizaciones sucesivas de la vecindad en el teatro frívolo (“Tiene razón el Cachuchas”), en el cine (“Amorcito corazón, ya tengo tentación...”), en la televisión (el Chavo del Ocho), y se dieron cuenta tarde de que habitaron la zona mítica donde cada cuarto albergaba una historia extraordinaria o no, y para qué averiguas Popochas...

¡Ah, dioses! ¿Y si el Olimpo fuera otra vecindad? Don Gabriel Vargas, el Homero de los oclayos inmejorables (ya no se dice oclayos, Marilyn, actualízate, se dice mirada crítica), ha visto transcurrir a las generaciones y ha perseverado en sus paisajes urbanos y eso con tal de que se sienta luego luego a gusto cada generación que llega al cielo, por qué tardaste tanto Chorejas.

Su público, su pueblo, sus legiones, sus vagones del Metro hasta el ful, sus esqueletos del descuajirongue, sus divas del aguayón, sus suavecitos, sus maridos de sol a sol, sus viejas fodongas. Allí está todo esto, don Gabriel, tan fuera de lugar y de época, tan actual, la comunidad de la chiripa, el ágora del descontón, el coro griego que se las rifa con su

Me lo llevo por bonito,

me lo llevo por barato,

y le digo a mis amigas

dónde deben de comprar,

porcelana y cristal

en el Nueve de Uruguay,

a diecinueve pasos

de San Juan de Letrán.

Se alquila el pasado, se rifa el porvenir. La nación no es un cómic, de acuerdo, pero sus habitantes, los que han sido y los que están siendo y deshaciendo, sí tienen a la historieta en el catálogo de sus orígenes, y allí Gabriel Vargas y Germán Buntze y Cervantes Bassoco y Gaspar Bolaño y Rafael Araiza y Audiffred y Hugo Tilghman y Sixto Valencia y Rius y (perdónenme los excluidos, al fin que esta lista no es una Rotonda) muchos otros son parte substancial de la infancia, la adolescencia, la madurez de colectividades que en el cómic se ensayaron como lectores, que gracias al cómic entraron al melodrama y el relajo. Y allí, en ese árbol genealógico de la onomatopeya y los globitos y las tramas que nunca terminan porque a lo mejor se les perdió el comienzo en los cambios de domicilio, y allí, órale, órale, está en el Centro de la vecindad, en el Centro del Centro Histórico, don Gabriel Vargas, a quien hoy la ciudad, sus autoridades y la plebe elitista que somos todos, le entrega la medalla y el aplauso y el fervor consciente o inadvertido.

Que se ponga de pie el imaginario colectivo y le aseste una cálida ovación al creador de don Jilemón y doña Borola. Gracias, don Gabriel, y como sus personajes dicen: “Que se refifa el fulfe de fiña y también el de fafaya”.

*Palabras de Carlos Monsiváis en el homenaje a Gabriel Vargas, 21 de noviembre de 2007.

 
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