Usted está aquí: lunes 26 de noviembre de 2007 Capital Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Miguel Ángel Velázquez
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Un negocio de altura

Club de ricos con empleados pobres

Combatir la desigualdad, sofisma de Cinta

La Junta Local de Conciliación y Arbitraje, que preside Jesús Campos Linas, decidió archivar, como asunto “total y definitivamente concluido”, claro, por carecer de “materia”, el emplazamiento a huelga de los trabajadores de una empresa “de altura”, quienes solicitaron la firma de un contrato colectivo de trabajo para defenderse de lo que llamaron “abusos patronales” que se cometen en uno de los centros de mayor lujo en el país.

La empresa se llama Negocios de Altura SA de CV (Club Piso 51), y cobra a sus socios 150 mil pesos, o más, por la membresía. Hasta ahora el negocio ocupa cuatro pisos en la parte más alta de la Torre Mayor, sobre el Paseo de la Reforma, y aunque tiene capacidad para dar cabida a mil 500 socios, a unos meses de entrar en funciones ha logrado captar a 600 muy pudientes hombres y mujeres que pueden pagar por ver la ciudad a sus pies.

Desde luego en el precio de la membresía, que incluye el uso de salones para negocios; jacuzzis con vista al bosque de Chapultepec; hacer ejercicios en caminadoras mientras se puede mirar uno de los muchos canales de televisión de paga que se instalan al frente del aparato; el placer de desayunar, comer o cenar en un restaurante de platillos de excelencia, o el inigualable recibimiento de las muy guapas edecanes que dan la bienvenida a los clientes con sonrisas seductoras –aunque la biblioteca sea el espacio más pequeño de todos, sin restarle elegancia–, no se consideró el pago de un salario digno a los empleados, que según ellos mismos denuncian, no llega, en algunos casos, ni al mínimo.

Pero frente a todo esto, llama la atención que uno de los socios, el de mayores aportaciones económicas, fuera hace poco el candidato del partido político de Elba Esther Gordillo a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, y en sus discursos estableciera como prioridad la lucha por combatir las desigualdades en la capital del país.

Nos referimos, desde luego, a Alberto Cinta, muchacho emprendedor, dueño o concesionario de varios restaurantes en la ciudad, todos de muy buena cocina, y precios, desde donde, dicen sus trabajadores, ha logrado una fortuna considerable, tanto que logró instalar el club, quien ha sido demandado laboralmente por los empleados y protegido por las autoridades del trabajo.

Y esto, la protección del negocio –lo había advertido el propio Cinta a los empleados, a quienes amenazó con usar sus influencias, seguramente las de la Gordillo–, era una realidad con la que no contaban los trabajadores, a quienes les urgía una relación laboral conforme a la ley que resguardara sus derechos.

Es decir, las autoridades laborales decidieron no interrumpir el diálogo de los mortales con las nubes –que su dinero les cuesta– por la imprudencia de quienes les sirven, y menos aún si quien propicia tal encuentro es el niño consentido de la señora Gordillo. Ni pensarlo, así que más vale archivar el asunto y hacer valer alguna de las muchas tretas que hallan los abogados para impedir que la ley se cumpla. Vaya candidato que impuso la Gordillo.

De pasadita

El martes pasado, en el programa Discrepancias, que se transmite por Radio Universidad en su frecuencia de amplitud modulada, estuvo como invitado Luis Mandoki, director del documental Fraude: México 2006, quien obsequió al público 100 boletos para que asistiera a diferentes salas, a ver la cinta.

Los pases se agotaron en apenas 10 minutos. El hecho habla nada más, para que nadie quiera hacer interpretaciones fuera de lugar, de la necesidad de muchos por corroborar, con imágenes y sonido, lo que hasta ahora otros han querido negar: el fraude, pero además, le abre los ojos a quienes escuchando otras voces, han negado lo que Mandoki les prueba. Ni hablar.

 
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