Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de diciembre de 2007 Num: 665

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Berlín, Berlín
ESTHER ANDRADI

Seis poetas seis

El Museo Judío de Berlín

La República Libre de Schwarzenberg
HANS-WERNER THIELE

Berlín es un cuento
ESTHER ANDRADI

En Prenzlauer Berg
ANNETT GRÖSCHNER

Hauptbahnhof, Estación Central
GRUPO ATAXIA

Indígenas y extranjeros en Berlín
HEIKE GULATZ

Rostros de invitados
EMINE SEVGI ÖZDAMAR

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Columnas:
Lunas de Octubre
MARCIA TORRES-SACÍA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Manuel Stephens

Había una vez…

Proyecto Finisterra titula su más reciente espectáculo con la milenaria frase que se ha utilizado para desatar el acto de narrar: Había una vez… Y con esa “una vez que había” se hace referencia a una experiencia que, de tan singular, sirve, coincidentemente, como modelo para la experiencia de todos los que son los escuchas, observadores o lectores del relato. La frase se identifica con los cuentos y leyendas infantiles, pero en el caso de esta obra dirigida por Isabel Romero, el título es uno más de los elementos que están sujetos a una lúdica crítica.

Romero orquesta junto a Jesús Díaz una puesta en escena descrita en el programa de mano como “de danza clownesca musical”. La combinación de géneros en el espectáculo, sin embargo, aparece como una lograda fusión de disciplinas, en la que participan también Nohemí Espinoza, Alex Daniels “Basasa” y Jhovatan Lozano. Lo genérico, las clasificaciones, son justamente las que están en cuestionamiento desde una óptica claramente enraizada en las estéticas postmodernas y en los efectos de la globalización. Presentar a los intérpretes como “la bailarina, el clown, la actriz que canta, el acordeonista y el guitarrista”, habla de una constante que se repetirá a lo largo de la representación y que mina las categorías, casi absolutas, con que se suele etiquetar las profesiones escénicas, pues todos bailan, actúan y musicalizan.

Había una vez… está dividido en tres escenas que se anuncian también como eclécticas clasificaciones; la primera, Danza mística-apocalíptica, es una ácida e hilarante crítica a la religiosidad soft o light que se reproduce en las sociedades de consumo implementadas por el neoliberalismo. Dos mujeres que profesan alguna religión oriental se enfrentan por las diferencias en sus concepciones del culto; una se apega a los cánones originales, mientras que la otra se inserta en la variante mercantil y epidérmica, que se sintetiza de manera genial cuando el personaje de Romero se marca el tercer ojo con condimento extraído de una bolsa de frituras. Se incorpora entonces Díaz, quien es el mismo personaje con diferentes advocaciones a lo largo de la obra, y que recurrentemente será objeto de la seducción-opresión de la Sufí- Amadecasa flamenca-Alicia revisitada-Amante obsesionada interpretadas por Romero. El impulso paródico no para en momento alguno. Un concierto para violín de Bach es el fondo musical para que una mujer con delantal, paliacate en la cabeza y escoba, barra el escenario; la Carmen, de Bizet, da paso a un paso doble y a una carrera de caballos con travesti incluido; el Claro de luna, de Chopin, se traduce en guitarra eléctrica. Se reproduce en todas las escenas un intenso hostigamiento sexual e intelectual que intenta someter al personaje de Díaz, quien no acierta a comprender qué pasa o por qué es él el objeto de deseo –duda que permanece también en los espectadores. La violencia ejercida contra el personaje de Díaz y el gozo que esto propicia están admirablemente utilizadas y hacen de Había una vez… una pieza fársica, a la vez que paródica.

Habría que mencionar que el espacio del Foro de las Artes hubiera dado mejores resultados con una distribución a la italiana, ya que la representación se proyecta todo el tiempo hacia el frente y no contempla espectadores a los costados de la escena; y que el cierre de la obra, a pesar de su buen desarrollo, es sumamente débil si se pretende sostenerlo únicamente en el mutis de los personajes, puesto que esta acción se ha repetido constantemente y no es contundente por sí misma como final.

Isabel Romero es una de las bailarinas más importantes de México. Su trayectoria la coloca en el mismo nivel de Cora Flores, Antonia Quiroz y Solange Lebourges. Por su inclinación como coreógrafa hacia lo naif y la persistente, necia e inútil delimitación en el medio dancístico entre high y low art –que se derrumba en Había una vez… – no se le ha concedido el estatus que merece. Habría que recordarla también como artífice de la primera época de Antares, en su desempeño al lado de Óscar Ruvalcaba, en su colaboración con Raúl Parrao. Isabel Romero es una creadora única, no existe en ella la falsa oposición –que en un ignorante ejercicio de poder se trata de legitimizar– entre el compositor coreográfico y la interpretación de la bailarina. Los dos van de la mano. Isabel Romero es monumental en Había una vez… y en cualquier cosa que baile. Es un privilegio verla y hay que aprovechar cualquier oportunidad para refrendarlo.