Usted está aquí: lunes 3 de diciembre de 2007 Política Parábola de los ciegos

Sergio Ramírez
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Parábola de los ciegos

Hay lecturas a las que uno regresa siempre por su poder seductor, que tiene que ver con la manera en que la historia que se nos cuenta está escrita, pero sobre todo con la huella perdurable que deja la historia misma en el alma al provocar reflexiones sobre la propia vida, sobre la libertad, por ejemplo, y sobre los empecinamientos que llevan al despotismo. Es lo que me ha venido a la mente al leer otra vez el cuento El país de los ciegos, de H. G. Wells.

La historia cuenta cómo un guía de montaña se precipita por un talud de nieve hacia una honda garganta en los Andes ecuatorianos, sobrevive a la caída, y encuentra un desfiladero que da paso a un valle secreto rodeado por altos muros de roca donde sólo habitan ciegos. Cuando toma contacto con ellos les explica que viene del otro lado de las montañas, de un mundo poblado de seres que tienen el don de la vista, donde hay ciudades, puertos, y más allá se halla el mar; pero ellos rechazan aquellas extravagancias. ¿Ojos? ¿Vista? ¿Qué es eso?

Para ellos, que viven rodeados por altísimos acantilados, en el más absoluto aislamiento, la diversidad no existe, y en su oscuridad perpetua creen, como artículo de fe, que encima de sus cabezas no hay algo que se llama el cielo, sino una pesada losa de piedra. Y piensan que el recién llegado no es más que una emanación de las rocas, esa materia infinita que los rodea. No viene del mundo, sino que viene al mundo. Porque sólo hay un mundo, lejos de cualquier pluralidad, el de ellos.

Pero peor aún que eso. Después de tratar por algún tiempo a aquel ser extraño que sólo habla desvaríos, se convencen de que aquella locura suya es un defecto provocado por una anormalidad: los ojos, esos globos extraños que le palpan en la cara. Y para volverlo normal, y hacer que sea como ellos, el remedio está en extraerle los ojos. La ceguera va a curarlo de la desdicha de ser diferente, y cuando ya no vea, con el tiempo todo se borrará de su memoria y creerá, como los demás ciegos, que el mundo en que están encerrados limita por arriba con una losa impenetrable.

Las historias magistrales tienen la virtud de poder leerse como parábolas, una de las cualidades de los clásicos, y esta historia es una gran parábola acerca de las ideologías o las conductas políticas que tratan de ser impuestas como únicas a costa de la convivencia democrática, por parte de los ciegos que sólo tienen una única manera de interpretar al mundo, y que no admite divergencias.

Es lo que advierto hoy en Venezuela, cuando a través de una masiva reforma constitucional el presidente Chávez busca imponer un modelo de organización política cortado a su propia medida, que tiene el respaldo de sus partidarios, pero no el consenso de la sociedad en sus diversas y múltiples capas. Sólo desde la perspectiva cerrada del ciego se puede buscar imponer a todos una concepción propia del mundo, que se vuelve excluyente en la medida en que está teñida de una ideología que comienza por castigar como herejes a quienes se atreven a ver de manera distinta. Del lado justo, el paraíso bolivariano de los justos; del otro, todos son seres extraños emanados de las piedras, oligarcas, imperialistas, traidores.

Lo advierto también en Bolivia, cuando el presidente Evo Morales ha mandado encerrar dentro de un cuartel militar a sus propios partidarios para que voten y aprueben una nueva Constitución que los demás, que protestan fuera de los muros del cuartel, no aceptan. Son la derecha, según el alegato oficial, y debe ser cierto que la derecha dirige esa oposición, o participa de ella, lo mismo en Venezuela que en Bolivia. Pero la derecha también es parte de la sociedad, y no puede ser excluida de un consenso para aprobar una Constitución que va a normar la vida de todos.

Y es lo que ocurre en Nicaragua, cuando el presidente Daniel Ortega, por razones ideológicas y por afanes de concentración y prolongación del poder político en su propio puño y en el de su esposa, que cogobierna con él, aparta a cada paso la Constitución y las leyes para imponer su voluntad, y a todos aquellos que disienten dentro y fuera de su partido los considera conspiradores a los que hay que quitarles los ojos para que, ya en la oscuridad, olviden que más allá hay otros mundos de fecunda diversidad, otras formas de pensar y de imaginar.

Hay otro gran vidente, o visionario, que como H.G. Wells se ha ocupado de los ciegos, Diderot. En su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven construye una gran metáfora acerca de la concepción del mundo. “Es que yo presumo que los otros no imaginan de manera diferente que yo”, dice el ciego de Diderot. El mundo es lo que el ciego piensa, y como lo piensa.

La ceguera congénita, o adquirida, conduce a la imaginación única, al pensamiento único, a la ideología única y a la voluntad única, y de allí a toda suerte de fundamentalismos destructivos, sistemas mesiánicos y viejos caudillismos revividos. El ciego caudillo, que sólo tiene una única manera de ver al mundo, no estará en paz hasta conseguir que todos los demás sean tan ciegos como él, y hacer que marchen tras de sus pasos hacia lo que ofrece como la tierra prometida, pero no es más que el abismo.

 
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