Usted está aquí: sábado 8 de diciembre de 2007 Cultura El abrazo que no se dieron

A medio siglo de la muerte de Diego Rivera

El abrazo que no se dieron

Rivales siempre, Diego Rivera y Siqueiros nunca pudieron fingir cordialidad

Rodrigo Moya

Ampliar la imagen David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, luego de esta placa, voltearon uno hacia el otro pero sin mirarse a los ojos David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, luego de esta placa, voltearon uno hacia el otro pero sin mirarse a los ojos Foto: Rodrigo Moya

En abril de 1956 recibí una llamada telefónica para ir a fotografiar a dos grandes artistas juntos: Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La cita era inmediata, así que tomé un taxi para llegar cuanto antes a la calle de Ignacio Mariscal, allá entre el Monumento a la Revolución y el edificio de la Lotería Nacional.

Al llegar a la dirección indicada, la Galería Diego Rivera, propiedad de Emma Hurtado, estaban ya los dos colosales artistas esperando al fotógrafo. De inmediato, sin preámbulos, comencé mi tarea.

Habiendo tantos fotógrafos notables, inclusive amigos de ambos artistas, me preguntaba por qué yo, reporterillo incipiente prácticamente desconocido, había sido elegido para consagrar fotográficamente tan importante momento. Porque pese a mi novatez, no se me escapaba la trascendencia de esa reunión.

Diego Rivera había viajado en 1955 a la URSS y en los corrillos de la cultura y el periodismo se sabía que el cáncer de próstata que el eminente médico Ignacio Millán le había diagnosticado ese mismo año no había cedido ni siquiera con la avanzada tecnología médica de la Rusia socialista.

Diego se sabía desahuciado, con la muerte instalada en el cuerpo. Y allí estaba, frente a mi cámara, mirándome con esos ojos de sapo impasible y su enigmática sonrisa de Buda donde cabían juntas la ironía y la sabiduría, pero también la tristeza y cierto aburrimiento de tener enfrente a un fotógrafo imberbe y nervioso, y a un lado, su contrincante de tantas historias: David Alfaro Siqueiros. De seguro pensaba Diego al ver mi cámara, en lugar de estar allí atrapado por alguna circunstancia política, y más que el dudoso placer de posar junto a Siqueiros, le gustaría estar pintando, pintando, pintando como pintó siempre, de día y de noche, hasta los últimos instantes de su vida, con una capacidad creativa que la naturaleza sólo concede a los genios, y el mito a los titanes.

A pesar del cáncer que estaba destruyendo sin remedio su ciclópea humanidad, Diego no se había rendido frente al diagnóstico emitido en la clínica Funkin, de Moscú, donde las radiaciones de la avanzada bomba de cobalto no habían logrado más que detener un tanto el mal.

En 1955 Diego observó en Moscú, desde algún balcón privilegiado cerca de la Plaza Roja, el desfile conmemorativo del triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 y tomó apuntes a lápiz: miles de abanderados, una gran esfera símbolo de la paz empujada por una masa compacta de trabajadores, ríos de gente y, a la izquierda, la estructura imponente de un palacio zarista con el Kremlin en la bruma de la distancia. Luego, el invierno, y en medio de su lucha contra la muerte y, como si nada, Diego paseó por las calles moscovitas y viajó a Praga y Alemania, donde dibujó las calles nevadas, a un grupo de obreros moviendo bloques de hielo, a rusitos jugando con la nieve que le habrán recordado su dilección por los rostros de ojos rasgados de los niños mexicanos.

Como si nada también, regresó a México a principios de 1956 y se instaló en la casa de Dolores Olmedo, en Acapulco, para pintar sin descanso los cuadros con los bocetos captados en la URSS, en Praga y en la República Democrática Alemana, a los que añadió una escena de barcas de pescadores sobre las arenas de Acapulco.

Y como si nada siempre, ese poderoso ser, a punto de caer derribado, estaba ahora de espaldas a esos cuadros posando de mala gana para mi cámara, incapaz de fingir cordialidad con Siqueiros, como confirman las fotos que tomé. El hielo de los cuadros emanaba impregnando de frialdad anímica el ámbito tropical de la casa de Emma Hurtado.

¿Qué podía hacer yo para lograr una fotografía que significara cordialidad, camaradería, entendimiento, el borrón de la tormentosa polémica entre ellos iniciada en 1934, nunca resuelta del todo y sí causante de un sedimento por lo menos de animadversión? Y luego, tantas fisuras políticas y diferencias conceptuales: David Alfaro, militante radical del Partido Comunista, ametrallando una noche de 1939 la casa de León Trotsky; Diego, expulsado del Partido y años después readmitido; y Siqueiros a la cabeza teórica de la pintura mural comprometida con el socialismo, mientras Diego pintaba para Rockefeller; Siqueiros, valiente, teórico y panfletario, monógamo y solemne, condenado a la cárcel o al exilio varias veces por su arrojo político; Diego, mitómano genial, contradictorio, hedonista, libidinoso conquistador de mujeres jóvenes, apacible y tempestuoso al mismo tiempo. Ambos gigantes del trabajo artístico deberían de pasar a la historia como camaradas reconciliados, más allá de sus polémicas históricas y sus diferencias personales y políticas.

Y antes de que Diego dejara este mundo se requería esa fotografía para que la historia los registrara como dos militantes en la misma causa, y no como los contrincantes que siempre fueron. Por eso yo estaba allí, sufriendo, tratando de sacar de esos dos hoscos monumentos una mirada franca, un gesto fraterno mínimo, tal vez un abrazo o las manos estrechadas. Pero ellos no se miraban entre sí, no se hablaban, no se tocaron, y cuando les pedía atención hacia la cámara, me miraban como a un extraño, sin decir nada.

Desde el punto de vista umbilical de mi Rollei, trataba de moverlos, de aproximarlos, de que se miraran a los ojos. Para romper la distancia que mantenían les propuse tímidamente que se juntaran viendo hacia mí, sonriendo, por favor… Como dos jóvenes amigos, como dos camaradas, como compadritos, habré pensado en mi inocencia. ¡Qué pifia! Durante un segundo me miraron sin acercarse ni un centímetro. Tomé la foto. Insistí. Voltearon uno hacia el otro pero sin mirarse a los ojos. Tomé la foto. Más cerca, por favor, mirando para acá, maestro… Se aproximaron un paso, pero como dos especies distintas y cautelosas, los rostros confrontados pero las miradas divergentes. Tomé la foto. Avancé y a un metro tomé una más, Diego mirando hacia el suelo con su sonrisa enigmática, Siqueiros mirándome como un coronel, desvinculados uno del otro.

La distancia insalvable entre los titanes

Comprendí que estaba en el camino equivocado. La foto era ésa: la distancia insalvable entre los titanes, la incomunicación, la suma de desavenencias y décadas de polémica. Ya no me importó si sonreían o no. Dejé de ser el fotógrafo por encargo, el ilustrador de incidentes para una publicación, y supe que esos gestos y actitudes eran su realidad, y que eso había que captar… Entonces me sentí seguro de lo que quería, y empecé a disparar a mi manera. ¿Estaban serios, casi groseros, no se miraban? Bueno, pues así los fotografiaría. Di un paso más y tomé un acercamiento. Siqueiros pasaba su mirada como una bala perdida encima del hombro de Diego. Pero Diego Rivera, como un lento brontosaurio, giró su corpulenta humanidad hacia mí mientras enfocaba, y de pronto extendió su brazo sin violencia alguna, suavemente, pero con firmeza definitiva y solemne dijo: “¡Basta, ya basta!” Entonces di por terminada la sesión fotográfica, enfundé la cámara y me despedí. Había logrado tomar apenas ocho fotografías.

Esto fue en abril de 1956, y un 24 de noviembre de 1957 la vida de Diego Rivera se apagó. No imaginaba que Regino Hernández Llergo, el mítico director de la revista Impacto para la cual yo trabajaba, me ordenaría cubrir minuciosamente el funeral al lado del escritor, periodista y crítico de arte Antonio Rodríguez, defensor como pocos de la pintura mural mexicana y amigo e historiador de los grandes creadores de esa corriente. Junto a él vería el cuerpo de Diego en su casa de San Ángel, y luego en el ataúd bajo la cúpula de Bellas Artes, donde todo México le rindió tributo, y más tarde fotografiaría a Siqueiros junto a la fosa misma, donde la multitud se arremolinaba curiosa y dolida. Allí, en el Panteón de Dolores, aún al pie del sepulcro hubo incidentes cuando Siqueiros quiso despedirse de Diego con un discurso como del camarada militante que fue, y alguien quiso poner sobre el féretro la bandera roja con la hoz y el martillo. Esto desató las violentas reacciones consignadas fotográficamente en el reportaje que pocos días después desplegó Impacto en sus ocho páginas centrales. La crónica de Antonio Rodríguez, que hoy reproducimos, fue la más amplia y sentida de cuanta información se generó alrededor de la muerte del Titán.

El incomparable sello del diseño gráfico de don Regino y su instinto para resaltar la noticia mediante su manejo de las páginas periodísticas, lograba destacar los hechos notables en un impactante y perfecto contrapunto de textos, fotografías desplegadas, pies de grabado medidos milimétricamente, cabezas y sumarios, que metían al lector en algo más que una noticia, en algo más que un conjunto de fotografías o acontecimientos que ya pertenecían al pasado, pero que gracias a su puesta en página podían perdurar para el futuro, de las docenas de reportajes y de los miles de negativos extraviados en los avatares de un fotógrafo de prensa como el que fui, aquellos perdidos de la cobertura de la muerte de Diego al lado del inolvidable portugués Antonio Rodríguez, son los que más me duelen.

El hecho es que Diego murió como militante comunista y, seguramente, con un dejo de alegría en medio del dolor, cuando, unos meses antes, el cielo empezó a ser surcado por los sputniks, primeros satélites artificiales lanzados por el hombre hacia la conquista del espacio, precisamente desde la tierra donde nació la primera aventura socialista de la humanidad. Pintó hasta el día anterior al colapso, y su último boceto para un cuadro que ya no haría, se llama Niño con sputnik.

 
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