Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de diciembre de 2007 Num: 666

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Gardel: que 117 años
no es nada

MARCO ANTONIO CAMPOS

Doris Lessing: la crisis
de la identidad

CECILIA URBINA

Entrevista con
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LOS HUMORES DEL PENSAMIENTO

PABLO SOL MORA


Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento,
George Steiner,
Fondo de Cultura Económica/Siruela,
México, 2007.

“Pensar hace sufrir”, sentenciaba Stendhal (Rojo y negro , XIX). Existe, desde tiempos inmemoriales, una oscura conciencia de culpa y sufrimiento asociada al acto de pensar (“Pienso, luego sufro”, sería el lema de esta melancólica certeza). Las mitologías griega y judeocristiana lo ilustran de manera elocuente: el mito prometeico y el del árbol de la ciencia dan cuenta de ese viejo vínculo entre conocimiento y dolor, y si bien éste viene de antiguo, la Modernidad (a partir, digamos, de Petrarca; reléase, si no, el Secreto) no ha hecho sino acentuarlo.

En este pequeño ensayo, George Steiner –al que no sería exagerado considerar el crítico literario más influyente de nuestros días– se ocupa de algunas de las causas detrás de este malestar milenario. La obra del maestro de Ginebra ha girado siempre alrededor de un núcleo de preocupaciones fundamentales: las cuestiones del lenguaje y la traducción; el destino, en el mundo contemporáneo, de las humanidades y la civilización del logos; las “presencias reales” en la obra de arte, esto es, la percepción de una realidad trascendente en el fondo de toda gran creación artística; la convivencia de la barbarie y la alta cultura; la ética de la responsabilidad; la experiencia del judaísmo; etcétera. Una y otra vez, con machacona insistencia, Steiner ha planteado los mismos temas y hecho las mismas preguntas. En alguna ocasión, esto le ha acarreado la censura de repetirse. Cuando encuentro esta clase de crítica (a Steiner o cualquier otro verdadero autor), recuerdo siempre las palabras que Marcel Bataillon escribió sobre Erasmo y que Antonio Alatorre cita en la introducción a sus Ensayos sobre crítica literaria: hacia 1515, Erasmo “se repite, como todos aquellos que tienen algo que decir”. Justamente porque Steiner es de los contados escritores (no hablo sólo de críticos) que verdaderamente tiene algo que decir es que lo repite a cada paso. El lector, pues, encontrará en estas páginas al escritor de siempre. No sólo en sus temas, sino en su estilo. Pocos críticos han llegado a desarrollar y dominar una forma (una retórica, en el mejor sentido de esa palabra) como el autor de Después de Babel. Cuidadosamente construidos con base en determinadas pautas retóricas, sus ensayos suelen tener la perfección de una impecable oratio o, en un ámbito distinto, un gran cuarteto o sinfonía (siendo la música otra de sus grandes pasiones).

El libro, pues, examina una serie de motivos asociados a la tristitia del pensamiento. Sus limitaciones (hay preguntas para las que sabemos que nunca tendremos una respuesta satisfactoria), su dispersión (nuestra incapacidad para pensar con verdadera concentración), la contradicción entre su radical impenetrabilidad (nadie, nunca, puede “leer” nuestra mente) y la falta de originalidad (Einstein dijo que sólo había tenido dos ideas genuinas en su vida), y el permanente conflicto entre pensamiento y lenguaje son algunos de ellos. En esta reflexión, Steiner cuenta con antecedentes ilustres (hemos recordado ya a Petrarca, acaso uno de los que haya sentido el problema con mayor hondura). La cuestión no es ajena a la accidia , esa desazón del espíritu catalogada entre los pecados capitales por la Edad Media y de la que los monjes eran presa fácil. La accidia comenzó siendo un vicio religioso, pero se fue secularizando y está profundamente vinculada con la melancolía moderna. Desde la Antigüedad , aegritudo (antecedente de la accidia), tristitia y melancholia han estado asociadas a la figura del pensador y el artista. Era él, por su temperamento (o, mejor dicho, por su humor; recordemos que, según la medicina antigua, hay cuatro: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico), el que más fácilmente podía sucumbir a estos padecimientos. El asunto se agravaba cuando la víctima –como confesaba Petrarca que le ocurría a él y, a partir de entonces, a tantos melancólicos modernos– se regodeaba en su condición. Algo queda, sin duda, en el ensayo de Steiner de esta voluptuosidad saturnina del pensamiento que, haciéndose objeto de él mismo, intenta morderse la cola como la serpiente del ouroboros.

Y no es que falten razones, claro, a favor de una tristeza inherente al pensamiento. Stendhal tenía razón y ya lo había dicho antes el Eclesiastés (7, 29): “Mira, sólo esto descubrí: Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con tantos razonamientos.” Empresa más ardua, quizá, pero no menos cierta, sería la de argumentar en pro de una alegría del pensamiento. El propio Steiner, en Lecciones de los maestros, reivindicaba la figura de Alain, Maître de maîtres, que hizo de la alegría profesión. Éste, a su vez, solía referirse a Spinoza con el bello título de maître de joie. Un maestro de esa rarísima especie podría quizá componer algún día un complemento, más que una refutación, de este hermoso y melancólico libro de George Steiner.



En busca del elefante,
Jo Kyung-Ran,
traducción de Chong Gu Sok y Armando Eduardo Ramírez,
col. de literatura coreana,
Ediciones del Ermitaño Minimalia,
México, 2007.

Éste y los libros consignados a continuación, se suman a las más de doce decenas que Ediciones del Ermitaño ha publicado bajo el concepto Minimalia, “que aprovecha y explora las nuevas tecnologías de composición y producción digital”. “En busca del elefante” es también el nombre del cuento que da título a este volumen, compuesto por siete piezas, escrito por una narradora considerada como “una de las más importantes autoras coreanas contemporáneas”.



Monsil,
Kwon Jeong-Saeng,
traducción de Lee Sun-Young, Ángela Pérez Contreras y Alfredo Romero,
col. de literatura coreana,
Ediciones del Ermitaño Minimalia,
México, 2007.

La novela toma el nombre de su protagonista, Monsil, una niña de siete años de edad que mira, sufre y evalúa las consecuencias de la guerra, ésa que dividió a la península en dos países. Como sucede con obras similares, ésta de Jeong-Saeng fue pensada como literatura infantil, y aunque ya siéndolo era bastante, acabó por significar mucho más que eso para cualquier lector.



Lluvias,
Yun Heung-Gil,
traducción de Kim Uh-Sung e Isabel Ishiharada de Lee,
col. de literatura coreana,
Ediciones del Ermitaño Minimalia,
México, 2007.

Alguna vez ganador del Premio de los Escritores de Literatura Coreana, Uh-Sung aborda aquí, bien asimilado, el que pareciera tema recurrente de la narrativa y la poesía coreanas: la guerra que dividió al país. Más allá del hecho mismo de la división político-geográfica, en Lluvias el autor explora las diferencias ideológicas en el seno de una familia.

Albricias
a nuestro amigo y colaborador
Juan Gelman
Premio Cervantes 2007