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Javier Oliva Posada
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El informe PISA en el futuro de México

La fábrica de conformismo (La fabrique du conformisme). Así se llama el número bimestral de Manière de voir, correspondiente a diciembre-enero 2008, en el cual se destaca la forma en que por diversas vías las tendencias contemporáneas de la diversión, los contenidos en las comunicaciones, el consumo, la administración y la destrucción de los antiguos valores sociales apuntan a conglomerados humanos (que no sociedades) donde el transitar sin destino ni sentido facilita la concentración de la riqueza y el poder. Así, más allá de la política, partidos o líderes, los propietarios nunca satisfechos con sus gigantescas ganancias hacen de la indolencia del individuo el principal objetivo para continuar en la marcha depredadora del siglo XXI. Y no puede ser de otra forma.

En ese grave contexto, la función de los gobiernos se entiende crucial. Sin exagerar, en ellos se deposita el potencial y capacidad de las sociedades para lograr un espacio específico en el ámbito internacional, basado en sistemas de equilibrios, justicia social, estado de derecho, empleo bien remunerado y acceso a la educación de calidad. De allí que en el informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que cuenta con 30 países integrantes, México haya ocupado el último lugar en el área de ciencias y matemáticas (La Jornada, 30/11/07), lo que comprueba la crítica perspectiva del país para las siguientes generaciones; aparte de las observaciones o diferencias que puedan tenerse con esos criterios de medición, así como con los organismos que los patrocinan y difunden, sin duda es un elemento de referencia y análisis.

La situación del sistema educativo mexicano en general dista mucho de ser la que requiere un país que no ha sido capaz de aprovechar sus características geopolíticas y ascendientes regionales. Lo que hoy vivimos es consecuencia, desde luego, de errores estructurales y deficiencias acumuladas, pero ésa es una explicación inaceptable ante la seriedad de los riesgos que enfrentamos. La disolución del tejido social, el crecimiento de la delincuencia común, el empleo precario, la violencia intrafamiliar son manifestaciones de una sociedad en proceso de desmantelamiento; más aún, con un protagonismo nocivo de los medios electrónicos de comunicación, tal como se observa que sucede en otras naciones, sólo que la importancia concedida a la educación pública procura, en cierta medida, atenuar la conflictividad.

Afortunadamente no me acuerdo del nombre del diputado del PAN, presidente de la comisión de Educación, que hace un año expresó que era adecuado el recorte presupuestal a la UNAM. De igual forma, en el primer envío de entera responsabilidad de la nueva administración federal, de no ser por las bancadas del PRD y del PRI, los recursos destinados a la educación pública habrían continuado a la baja, incrementado así los recursos humanos de la fábrica de conformistas. La postración que vive el país aún es poco visible, pero de no modificarse –y de fondo– la estrategia de desarrollo, la imposibilidad para garantizar mejores condiciones de vida a los jóvenes que estudian propiciará reacciones interminables de justificada frustración. A este paso, ni para la fuga de cerebros nos va a alcanzar.

Decir que tal o cual asunto de la agenda nacional es prioridad depende incluso de las posiciones ideológicas, pero el caso de la educación repercute de fondo en cualquier otro de los temas que se pretenda resolver. Sea salud, empleo, seguridad pública, vivienda, entre otros, todos se ven afectados por el bajo nivel de capacitación y, por tanto, de la imposibilidad para instrumentar medidas, programas o aplicar instrucciones por parte de los colaboradores, empleados o socios. Un futuro sin futuro. Así gobierna la derecha: apagando ideas, reduciendo presupuestos o fomentando el burocratismo.

 
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