Usted está aquí: lunes 10 de diciembre de 2007 Opinión Volaron las palomas, de Ruth Davidoff

Elena Poniatowska/ II

Volaron las palomas, de Ruth Davidoff

Ampliar la imagen Anna Misrachi, según la vio Diego RIvera Anna Misrachi, según la vio Diego RIvera Foto: Archivo

Alberto Misrachi fue un self made man, como dicen los gringos. Llegó de Salónica, Grecia, a Nueva York en busca de trabajo y en el hotel Macalpin lo asignaron a la cocina. Su primera responsabilidad fue cortar mantequilla en cuadritos para las mesas. Inteligente, hablaba inglés, griego, francés, turco y un poco de español. Muy pronto, el dueño se dio cuenta de que su capacidad iba más allá de la mantequilla y lo ascendió a la caja hasta convertirlo en el cajero principal del hotel.

“Papá leía muchísimo y recuerdo que a menudo citaba a Víctor Hugo: ‘Los tiempos futuros serán sublimes y en los siglos por venir saldremos del abismo’”.

Alberto Misrachi, padre excepcional, pudo traer a México, entre otros, a su novia, Anna Arouesty, para convertirla en su esposa. Ruti nos brinda la historia de la trenza de la bella muchacha que Alberto acompañó a cortarse y después invitó a Lady Baltimore a tomar el té para lucirla: “Mamá con sus 19 años y su corte a ‘la garçon’ se habrá sentido moderna e independiente. Nunca imaginaron el drama que iba a ocasionar ese corte de pelo”.

Venir a México cambió el destino de los Misrachi, así como el de muchos otros migrantes que se refugiaron en América Latina. México, tan cerca de Estados Unidos, despertó la curiosidad de Alberto Misrachi. “Ese viaje resultó ser el más importante de su vida” habrá de asentar Ruti.

Años más tarde, el destino llevaría a Ruth Davidoff hacia Monastir, la tierra de su madre en Túnez. En ese viaje, Ruti, de ascendencia sefardita, descubre el pasado de la familia materna y encuentra en una plaza, en el centro de la ciudad, un monumento con una placa que reza: “En este sitio, en 1944, murieron 664 judíos fusilados por los nazis”.

¿Cómo escribió Ruti Davidoff Volaron las palomas? ¿Cómo logró concentrarse e ir hilando las palabras? ¿Cómo sacrificó otras actividades para tomar pluma y papel y lanzarse sin saber cual sería el resultado? Escribir es un riesgo, un golpe de dados, nunca se sabe qué va a salir. A lo mejor al final del túnel no hay luz: “Para mi desordenado ser, cualquier rutina me ha sido desde siempre imposible. Tengo días en los que, ya vestida, me doy cuenta de que olvidé lavarme los dientes, y otros en que me los lavo dos veces. Siento que hasta a mi respiración le falta método”.

Ruti encontró en Tel Aviv un cuaderno en una tiendita “de esas polvosas y oscuras que parecen salidas de un cuento de Bashevis Singer” y así empezó todo. Se atrevió. Para todos los que escribimos, lanzarse tiene mucho de suicida. A lo mejor uno va a equivocarse y decir lo prohibido. Ruti –como la llamamos todos– les escribió cartas a sus hermanas y la tarea la absorbió: “¡Qué día increíble! Me acuesto y no puedo dormir. Quisiera seguir escribiendo en este diario porque siento que se me han aclarado muchas cosas”.

Afirma: “los recuerdos no tienen principio ni fin. Cuando se empiezan a desenmarañar, no se sabe por dónde se van a ir y hasta dónde van a parar. Por hoy les tengo que poner un hasta aquí y cerrar este diario, aunque sea por un tiempo”.

La niñez, la adolescencia, el amor de sus padres, Alberto y Anna, son la fuente de agua clara en la que abreva. Nada mejor que recordar la infancia a los 80 años. Comprendo a Ruti porque Kitzia, mi hermana, y yo también tuvimos una infancia feliz y nos llevaron a probar los helados y las “chufas” de La Bella Italia y todavía hoy regreso a ese recuerdo para poder cruzar el día.

Además de la tía Amélie, su abuelo es motivo de orgullo: “Tengo una foto de mi abuelo que me han dicho fue tomada cuando nació mi padre. Tiene una medalla prendida en forma de cruz y en el centro dice, en latín: “Por servicios prestados a la Humanidad”. No he sabido cuáles servicios y cuál humanidad, pero la cruz y el latín me dicen que fueron más allá de los normales que todo buen judío presta a su comunidad”.

Ruti también habla de la familia de León Davidoff, su esposo, y de la ascendencia rusa de su apellido. “Eran rusos, rusos. Hablaban ruso, leían novelas rusas. Comían borscht, piroshkis y kasha. Tarde en la vida, todavía recitaban de memoria largos pasajes de Eugenio Onegin y tomaban té a las cuatro de la tarde”. Ruti confiesa que se enamoró de León porque de niño pasaba horas leyendo trepado en un árbol.

El tono de Volaron las palomas es coloquial, familiar y la que escribe es una niña nacida antes del pecado original, una niña que a diferencia de su esposo, León, no tiene memoria de los sufrimientos de sus antepasados y no guarda rencores. Vilno, Lituania, la tierra de los Davidoff, es conocida por haber sido centro de estudio de la cultura judía y los Davidoff leyeron, interpretaron y discutieron el Talmud. Ruti no tuvo esa formación, pero tuvo otra, la de una niñez feliz que alimenta el resto de sus años. Conserva una memoria impresionante porque es una memoria feliz a la que seguramente vuelve cada vez que se desmorona como lo hacemos todos, una niñez que la protege contra la desdicha.

Los Davidoff vendieron abrigos de pieles en una tienda Kamchatka y recuerdo que en la revista Social, de portada plateada, había en cada número una foto de una socialité que lucía un abrigo de pieles de la casa Kamchatka.

Las casas atan a la tierra a Ruth Davidoff, recuerda la de la calle de Tlacotalpan más que las otras. La de París la protege contra la muerte de Carlos Pellicer, quien fue su maestro, cuando Juan Soriano le da la noticia. “En sus clases yo no me sentía en la escuela, sino en el teatro; cada lección estaba llena de fantasía y sorpresas. Un día, hablando de la historia y de sus diferentes interpretaciones, nos dictó un texto de cómo cada uno de nosotros, sus alumnos, iba a recordarlo. Casi lo puedo oír diciendo con su inconfundible voz de bajo:

‘Volaron las palomas del recuerdo

y un día, Ruth Misrachi, dirá:

Carlos Pellicer fue mi maestro.’

“Después de que fue mi maestro, León y yo lo vimos seguido. Íbamos cada año a ver su nacimiento. Cuando hicimos un viaje a Tabasco, nos platicó de su estado durante horas. (…) Pellicer quiso reproducir los ruidos, los olores y los colores de los lugares donde se habían encontrado las grandes cabezas olmecas y lo logró. Ese parque de La Venta es una de las maravillas de México. No entiendo por qué no lo llamaron el parque Carlos Pellicer. Él cenaba en la casa y antes de irse siempre nos decía: “Revísenme, porque como saben se me acusa de ser ladrón de obras de arte”. No teníamos tantas, pero sí un Xipe con una mano extendida, al que él bautizó con el nombre de el Hamlet mexicano.

“Con un diario en la mano –continúa Ruti–, siempre caigo en el vicio de los recuerdos y casi sin quererlo me llevan allá, donde empezaron”. 

 
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