Usted está aquí: sábado 15 de diciembre de 2007 Opinión Kronos y lo visual

Juan Arturo Brennan

Kronos y lo visual

Visual music es el título del sorprendente programa interpretado la noche del jueves, en Bellas Artes, por el Cuarteto Kronos. Como su nombre lo indica, se trató de una sesión musical en la que a la música interpretada fueron añadidas algunas secuencias de imagen, que transitaron desde la abstracción total hasta diversos grados de lo anecdótico.

Me atrevo a afirmar, por lo visto y escuchado esa noche, que la calidad de la música interpretada fue tal que las imágenes, si bien no interfirieron con el elemento acústico, salieron sobrando.

Dicho de otra manera: el repertorio elegido por Kronos es tan sugestivo en sí mismo, que fue perfectamente posible la creación individual, en cada cráneo ahí presente, de todo un imaginario febril y enloquecido.

Visual music es un espectáculo formado por 10 piezas en las que, amén de los elementos visuales ya mencionados, el Cuarteto Kronos utilizó diversos grados de amplificación, sonidos pregrabados y sincronizados, micrófonos pendulares como productores de sonido, esculturas sonoras, otros instrumentos más allá de sus cuerdas y, sobre todo, su ya proverbial y muy eficaz presencia escénica.

Del sólido entramado del espectáculo, conformado por música que además de otras cualidades enfatizó un alto contenido expresivo, destaco algunos momentos particularmente atractivos. Por ejemplo, Cat O’ Nine Tails, de John Zorn, pieza que en un breve lapso de tiempo ofrece al oyente un surrealista catálogo de todos (digo bien, todos) los gestos instrumentales posibles en un cuarteto de cuerdas, en un desarrollo multirreferencial de sorprendente efectividad, y con una saludable y bien asumida componente de ironía.

Formidable resultó, asimismo, el arreglo de Stephen Prutsman a algunos fragmentos del maravilloso soundtrack compuesto por Bernard Herrmann para la cinta El día que la tierra se detuvo. Con ayuda de un teclado electrónico y de un theremin, el Cuarteto Kronos evocó puntualmente el ambiente sonoro de este filme de culto, desde los sonidos “espaciales” de la nave de Klaatu, hasta los ominosos pasos de Gort, el robot metálico con las rodillas más flexibles en la historia de la ciencia ficción.

Si bien es lícito afirmar que el Cuarteto Kronos ha perfeccionado notablemente el concepto del performance como línea de conducta, no se debe olvidar que sus integrantes son también músicos de primera, como quedó demostrado en su feroz ejecución del complicado y sabroso Boogie Woogie # 3A, de Conlon Nancarrow, pieza de un entramado rítmico que se antoja imposible de tocar, pero que fue tocado, y muy bien tocado.

Otro momento estelar de Visual music (en mi opinión, el de mayor valor iconográfico) fue la interpretación del Cuarteto para arcos, de Krzysztof Penderecki, con la partitura de la obra proyectada a un tamaño enorme, para deleite y enseñanza del público.

La pieza final del espectáculo, Flugufrelsarinn, de Sigur Rós, representó el toque onírico del concierto, una lejana y conmovedora evocación de la nostalgia por el futuro. A petición popular, los Kronos ofrecieron como encore 12/12, una muy guadalupana pieza, demencialmente sincrética, creada para ellos por Café Tacvba, que terminó por demostrar cabalmente que la etiqueta de posmodernismo no le queda nada mal a este magnífico ensamble de nuestro tiempo. Toda esta página de La Jornada me sería insuficiente para citar las fuentes y referencias presentes en 12/12; baste decir que el chile, el dulce, la manteca y otros numerosos ingredientes, están muy bien dosificados y distribuidos, lo que confirma que los Tacvbos son músicos muy inteligentes.

No puedo dejar de mencionar, en el contexto de un espectáculo que resultó integralmente satisfactorio, el preocupante hecho de que el empobrecimiento (me atrevería a decir, incluso, idiotización) del público sigue en un crescendo inexorable.

Parece mentira que una cofradía de melómanos, aparentemente sofisticados, que se reúne a escuchar al Cuarteto Kronos, no pueda asimilar el concepto de un espectáculo unitario y continuo, dando muestras del proverbial miedo al silencio, y que prefiera armar sus propios escándalos periódicos en lugar de permitir el flujo ininterrumpido de la música y sus complementos visuales.

Entre otras cosas, cabría mencionar el abominable concierto de flashes fotográficos con el que los patanes estropearon la propuesta visual de Kronos, actitud que se está volviendo cotidiana en conciertos, recitales, óperas, ballets, etcétera. ¿Cuándo aprenderemos?

 
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