Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de diciembre de 2007 Num: 667

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Billy Wilder: pasión
por lo grotesco

AUGUSTO ISLA

Recuerdos sobre Mandelstam
ANNA AJMÁTOVA

Después del final de
Harry Potter

VERÓNICA MURGUÍA

Estupefacto en la FIL
JORGE MOCH

Campos en la
Academia Mallarmé

EVODIO ESCALANTE

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Alonso Arreola
alarreo@yahoo.com

Michael Manring, bajista en Puebla

Estamos en el cierre del festival que cada año organiza la Secretaría de Cultura de Puebla. Son las seis de la tarde del 23 de noviembre. Poco a poco la pequeña y hermosa plaza del Barrio del Artista, desembocadura del parián multicolor, se ha ido llenando heterogéneamente. Las sillas instaladas frente al tinglado –efectivo en luz y sonido como comprobaremos más tarde– resultan ya insuficientes para los cientos de curiosos que, por casualidad o ex profeso, se han reunido en la última noche del festejo.

Anunciado a última hora en el programa, hoy tocará el bajista estadunidense Michael Manring, uno de los mayores iconos contemporáneos del instrumento en el mundo entero y quien ha visitado el Distrito Federal en tres ocasiones previas, la más reciente durante el Festival de México en el Centro Histórico 2006, en el Teatro de la Ciudad, al frente del trío de Mania.

Cosa curiosa, con todo lo que representa en la música experimental de nuestros días y lo poco que se le conoce fuera de círculos especializados, llama la atención que en Puebla haya tantos entusiastas para un artista de culto que no toca ni la guitarra, ni el piano, ni canta, ni suena en la radio… vaya, un músico subterráneo cuyos discos jamás visitan nuestras tiendas. Y es que, subrayamos, se trata de un bajista que viaja en solitario, con tres aparejos únicamente, surcando desde hace años los cinco continentes.

Recordamos ahora su primera visita del año 1999, cuando vino a Ciudad de México para sonar en ese peculiar foro de la colonia Roma, La Victoria, hoy abierto nuevamente al rock y al jazz tras un largo período de clausuras y percances incomprensibles. En ese entonces el bajista presentaba el disco The Book of Flame, sumando piezas como “La sagrada familia” al repertorio nacido en las celebradas obras Thönk, Toward the Center of the Night y Drastic Measures, por no mencionar sus frutos colaborando con los bateristas Tim Alexander, Vic Stevens y Steve Smith, los guitarristas Alex Skolnick, Henry Kaiser y Alex De Grassi, o los bajistas Dominique Di Piazza e Yves Carbonne.


Foto: en.wikipedia.org

Cuatro años más tarde de esa feliz noche en La Victoria, Manring repitió su dosis de virtuosismo a los capitalinos, pero ahora en el Papa Beto Jazz Bistro de la calle Villalongín, espacio que vibró dos veces consecutivas cautivando no sólo a otros músicos interesados en el despliegue técnico, sino a melómanos comunes capaces de sorprenderse con formas distintas de la belleza y la motricidad humana. Porque de oído es difícil imaginar la dificultad interpretativa, la creatividad física implícita en cada una de sus composiciones, casi siempre ligeras, melodiosas y fáciles de asimilar.

Así las cosas, la señora ubicada en la primera de las sillas improvisadas, con toda la certeza que nos brinda su bolsa del mandado y al igual que el viejo de sombrero que espera a su lado, no sabe lo que va a escuchar; sin embargo, y eso también lo sabemos a priori , en unos minutos quedará tan estupefacta como los turistas europeos cuya búsqueda del mole poblano derivó en este lugar rodeado por cafés y restaurantes. Todos –incluidas las niñas de uniforme que brincotean en la fuente con la emoción que a esa edad aún regala la incertidumbre–, guardarán silencio en un momento más, olvidando el aire que carraspea en boca de las hojas, las alarmas de los autos malamente estacionados, el estéreo con el que alguien nos provoca desde un balcón abierto. Guardarán silencio, verán a un tipo de un metro y setenta y tantos centímetros, rubio, con algo más de cuarenta años de edad, sonriente, tímido, vestido de mezclilla y con sudadera sport, listo para detener el tiempo. Y se le entregarán.

Y gritarán eufóricos y lo mimarán tras cada solo de imposible factura, y se retorcerán con los vibratos de un blues, con las percusiones de un country ácido, con la tecnología aprovechada a lo largo de una balada provista de armónicos y frases “cortavenas”. Y le exigirán salir otra vez al proscenio, y se formarán en largas filas para que les firme un papel, una servilleta, un cuaderno escolar; para tocarlo y comprobar que Manring también es humano, pero con una muy especial manera de viajar hacia la muerte.

Todo eso pasará hoy aquí, en el Barrio del Artista de Puebla, y seremos testigos para después contarlo y presumirle al lector uno de los muchos pasajes de los tantos festivales que cada fin de año se organizan en el país trayendo artistas valiosos, efectivos en eso de conquistar la sensibilidad de quienes suelen quejarse, no siempre sin razón, de lo aburrido que puede ser vivir “en donde nunca pasa nada”.