Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de diciembre de 2007 Num: 667

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Billy Wilder: pasión
por lo grotesco

AUGUSTO ISLA

Recuerdos sobre Mandelstam
ANNA AJMÁTOVA

Después del final de
Harry Potter

VERÓNICA MURGUÍA

Estupefacto en la FIL
JORGE MOCH

Campos en la
Academia Mallarmé

EVODIO ESCALANTE

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

Más Merlines

Antes que nada, debo disculparme. En la entrega anterior escribí que don Quijote habló con Merlín en la cueva de Montesinos, y no es verdad. Un atento lector de Cervantes hizo el favor de señalar mi equivocación. Don Quijote habla con Merlín, sí, pero en el capítulo xxv de la segunda parte. Y habla con un Merlín falso. La entrevista es parte de una broma que los duques juegan a don Quijote y Sancho, en la que el mago dicta estas instrucciones para desencantar a Dulcinea y probar la lealtad del escudero: “Es menester que Sancho tu escudero/ se dé tres mil azotes y trescientos/ en ambas sus valientes posaderas/ al aire descubiertas, y de modo,/ que le escuezan, le amarguen y le enfaden.”

Sancho, puesto a escoger entre quedar con el trasero hecho tiras o dejar que don Qujote siga penando, finalmente acepta la azotaina. Lo que sigue no lo diré, por picar la curiosidad de algún lector que no haya leído la divertidísima novela de Cervantes.

Me da vergüenza admitir que incurrí en algo que suelo objetar: citar de memoria. Mi error prueba una hipótesis mafufa que me gusta mucho: el que cita de memoria corre el riesgo de que su deseo le condimente el recuerdo, y el delicioso retrato que hace Cervantes de Montesinos me gusta para semblanza de Merlín.

Dice así don Quijote: “ Vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada que por el suelo le arrastraba. Ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura.” ¿No es un Merlín de primera, por lo menos de facha, este Montesinos?

Nos informa Francisco Rico, editor del intachable ejemplar que tengo en la mano, que el capuz era una especie de hábito talar, y que la beca de raso verde era una tela larga que se “llevaba sobre los hombros y ceñida al pecho”. La gorra milanesa era “pequeña, de lana fina y con un cerquillo de hierro para mantener el ruedo”. En la película Excalibur (1981), de John Boorman, Nicol Williamson, el actor que interpreta el papel de Merlín, se cubre la cabeza con una suerte de gorra milanesa como la mencionada por Cervantes, pero de metal plateado.

En fin, releer El Quijote hace que uno se ponga de buenas. Se me había olvidado esta conversación entre Sancho, el primo, y don Quijote, cuando éste les cuenta lo que vio en la cueva:

–¿Y los encantados comen? –dijo el primo.

–No comen –respondió don Quijote–, ni tienen escrementos mayores, aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.

–¿Y duermen por ventura los encantados, señor? –preguntó Sancho.

–No, por cierto –respondió don Quijote–; a lo menos, en estos tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

En la novela El rey que es y será, de T. H. White, cuando Arturo niño entra en la choza de Merlín –otro Merlín, por cierto, que usa una gorra milanesa– encuentra, y ojalá disfrute el lector esta extraordinaria y célebre enumeración, lo siguiente: “Un cocodrilo verdadero que colgaba de las vigas, muy realista y horrible con ojos de vidrio y la cola escamosa estirada detrás. Cuando su amo entró en el cuarto, le guiñó un ojo, saludando, a pesar de que estaba disecado. Había mil libros marrones encuadernados con cuero, algunos encadenados al librero, o recargados sobre los otros libros, como si hubieran bebido mucho y no confiaran en sí mismos. Olían como algo mohoso y a sólida oscuridad, un olor que hacía que uno se sintiera seguro. Y había muchos pájaros disecados, loros y urracas, y martines pescadores, y pavos reales, con todas las plumas menos dos, y pajaritos como escarabajos, y un pájaro con fama de fénix, que olía a incienso y canela. Pero no podía ser un fénix de verdad, porque sólo hay un fénix cada vez. […] y un armario lleno de pistolas a las que les faltaban quinientos años para ser inventadas, y una caja de cañas de pescar en el mismo caso, y una cajonera llena de anzuelos para salmón, hechos por Merlín mismo.”

El Merlín de White es uno de los personajes más complejos de la literatura infantil, aunque el creado por Mark Twain para las Aventuras de un yankee en la corte del Rey Artús no le va a la zaga. Es el único que se da cuenta de que la tecnología con la que el visitante del futuro resolvía los problemas, acabaría, a la larga, con todo.

Como si nos estuviera viendo, pues.