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Vilma Fuentes
vilma@tiscali.fr

Oaxaca: fuego frío

Era el mes de marzo de 1970. Los supervivientes, de cuerpo y alma, del 68 nos dimos cita en Miahuatlán para ver la negritud de la noche en pleno día: luz invisible, luminosamente oscura. Ante el escándalo de Salvador Elizondo, quien, en su santo horror por los movimientos de masa y las manadas, se burló de nosotros y de nuestro peregrinaje pagano en busca del grial negro: un eclipse. Nos apretujamos en el Volkswagen (“carro del pueblo”, en alemán) de Paulina Lavista, Rafael Segovia, altísimo, Mauricio Lavista, aún más estorboso, David Huerta y yo. En plena madrugada, iluminados por millares de estrellas, Paulina frenó en medio de un desierto imaginario: al despertar, nos vimos rodeados por cientos de personas. Habíamos invadido Oaxaca.

Fue la primera vez que pisé esa tierra. Su magnetismo me hizo sentir todo mi peso, ajeno al de mi cuerpo, unido al resto de un universo donde no somos ni podemos ser nada sino sueños. Me extrañó, escribí entonces, una sensación de ausencia entre el revoloteo de los pájaros, los quiquiriquís de los gallos, los aullidos de los perros, el correteo de los gatos. Para evitarles una mala suerte, había escondido a los niños y a las mujeres embarazadas. Por superstición, término, a final de cuentas, con la misma etimología de la palabra superviviente.

Comprendí, al subir a lo alto de la pirámide (donde suenan guitarras roncas) mayor de Monte-Albán, que me hallaba en el centro del mundo –como nos lo predijo Salvador en su departamento frente al parque México, girando con el brazo extendido para delimitar el valle de Oaxaca. A sus pies, las llamas avanzaban en oleadas incendiando las yerbas, buenas o del mal. Algunas florecillas.

En 1974, gracias a Héctor Azar, volví a Oaxaca. Contra todas las recomendaciones de supervivencia, el avión, donde íbamos los invitados a la inauguración del renovado teatro Macedonio Alcalá, emprendió el vuelo y atravesó el ciclón. Creo que sólo Eduardo Césarman se dio cuenta del peligro. Los demás olvidamos de inmediato nuestros gritos de terror al sentir los altibajos.

La arquitectura de la ciudad de Oaxaca imanta. Caminar a la sombra de sus construcciones es, ¿o era?, un paseo donde se olvida el paso del tiempo. Se olvida quién se es. Se es, simplemente.

No veo otra manera de mirar, para qué tratar de comprender, la pintura de Tamayo y de Toledo, la de los otros admirables pintores de Oaxaca, por ejemplo, Luis Zárate.

Cómo no asombrarse de la paradoja que encarna Oaxaca: la ciudad más bella, la más tranquila que pueda existir y, al mismo tiempo, el lugar de la violencia descarnada. El MACO (Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca) y las ráfagas de ametralladoras. Es quizá eso lo que sugiere el título de la exposición que tiene lugar ahora en el MACO, dirigido por Femaría Abad (nombre santo entre todos), quien tuvo la generosa idea de enviarme el catálogo de calidad excepcional: Lógica del fuego frío. Encuentro incompatible, como el de “un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”: fuego frío. Es Oaxaca. Si la tradición pretende que el matrimonio une a dos personas ‘para lo mejor y lo peor’, Oaxaca es acaso la ilustración de una especie de matrimonio imposible.

La opacidad transparente de la sandía de Tamayo, el crecimiento infinito, invasor, de los micromacróscopicos escarabajos de Toledo que escapan por las ventanas, el jardín vivo de Zárate que desaparecerá como un sueño.

Las firmas de apoyo a Francisco Toledo, y a su lucha contra la violencia, siguen llegando de todas partes del mundo. Zuzuki, traductor de Proust, de Japón; Tomás Segovia, de España... quinientas, setecientas, no puedo molestar a la admirable Socorro, responsable de El Correo Ilustrado de La Jornada, cada vez que me llegan.

Como me llega el aroma de la cocina oaxaqueña gracias al Recetario de doña Yaya, enviado por su autora, Cecilia Gonzáles Arenas. Mole amarillo, tamales oaxaqueños, cocidos, platos que vio peparar por su madre y cuyo secreto nos entrega.

Si no, en París, una información de la más alta importancia circula: Nicolas Sarkozy parece haber encontrado su otra mitad, la ex modelo y cantante Carla Bruni. La pareja se dejó fotografiar en Disneyland. El acontecimiento es intergaláctico. Kadafi, por su parte, se limitó a fotografiarse en el Louvre y frente al trono de Luis XIV en Versalles.

 
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