Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 23 de diciembre de 2007 Num: 668

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De Cervantes a Gelman
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El peligro de la noche
KOSTAS STERIÓPOULOS

Noticias de Mittelamérica
CLAUDIO MAGRIS

Horacio Quiroga: a setenta años de su muerte
ALEJANDRO MICHELENA

Las Malvinas y la pretensión polar
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Columnas:
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Merricrismas, supremacistas

En casi todo el mundo la Navidad como se conoce, consume e histeriza, hoy es fenómeno nacido del mercachifle y no de fervor religioso. Más aún, de mercachifle extranjero. La televisión la surte, inocula, atiborra e impone por todas las vías posibles: malas películas y caricaturas moralistas que cada año repiten (renace Scrooge, se reinventa el mito ramplón del reno bueno medio menso de roja nariz, asunto que hace poco unos científicos europeos explicaron como padecimiento viral bastante común a las trufas de tales ungulados, vuelven parientes pródigos en felices reuniones que milagrosamente curan neurosis y rencores…) un sinfín de manifestaciones vulgares de sentimentalismo con que se disfraza la avidez sin fondo de Mercader y Banquero, a los que esta temporada obsequia pingües réditos mientras corremos a encharcar las tarjetas de crédito. Nadie parece querer recordar que uno de los principales símbolos de la Navidad es otro invento de la mercadotecnia. De la mercadotecnia de un refresco, porque a Santa Clos, como lo conocemos hoy, lo inventó un dibujante a pedido de la oficina central de la Coca-Cola para una campaña en Nueva York y así vender más litros de aguas negras del imperialismo (mismas que, para que no se me acuse de dogmático, suelo consumir en ingente cantidad). De modo que Santa no es el añejo eremita húngaro, ni una prodigiosa encarnación postmoderna de Noé, ni el duende bonachón que ponderan los fineses y del que afirman, con inflamado fervor patrio y septentrional, que habita en la villa ártica de Rovaniemi, cuya fama verdadera radica en ser cuna de la casa del prestigiado Janne Marttiinin Puukotehdas Oy, fabricante de algunos de los mejores cuchillos para pesca y caza del mundo. La Navidad es hoy, pues, gringa y nada más que el súmmum de las firmas comerciales. Si en el plano de la familia nuclear, los estadunidenses se deshacen por estos días en melcochosas y empalagosas justificaciones de una compraventa desaforada, como sociedad y como nación porfían en sus viejos otros vicios, y entre éstos, poniendo por un instante de lado la necesidad de atiborrarse de sustancias muy variadas para evadir su primermundista realidad o el demencial enaltecimiento del sexo para dar cabida a una de sus mayores industrias, la pornográfica, retoman el vicio del racismo, el que pinta siempre como malo de su película al extranjero mientras no sea caucásico.

El debate racista de moda, el de temporada, lo regala esta vez un perro. Un perro de Princeton, Nueva Jersey; un pastor alemán llamado Congo. El debate se centra esta vez en la cuestión de si un juez debe o no perdonar la vida a Congo por haber atacado salvajemente y mandado al hospital a un hombre. Claro que el debate sería muy otro, y muy otro el tono en los medios, sobre todo en la televisión (son de pena ajena las entrevistas a los niños dueños del perro, sus caritas de tristeza, sus plañidos de clemencia para que no les quiten a su mascota… ¿y el hombre que estuvo hasta en terapia intensiva rajado, cortado, masticado, qué?), si la víctima del celo territorial de Congo fuera un anglosajón. Entonces el público en general condenaría el ataque. Posiblemente también si se tratara de un afroamericano, o sea un negro, porque la corrección política gringa ya se sabe de qué pie cojea. Pero el mordido es inmigrante. Un ilegal . Inmigrante ilegal y latino al que buena parte de los defensores del perro, que se cuentan ya por miles, califican de “porquería ilegal”: un jardinero hondureño, Giovanni Rivera, al que atacó el perro de su patrón. Su patrón, un gringo ahora antiinmigrante, pero antes patrón de jardinero latinoamericano, porque esos cobran menos y trabajan más, dice ahora que su perro defendió a su mujer y a sus cachorros (a la mujer de don Guy y a sus propios cachorros de perro, no se ofusque). Pero si el señor Rivera hubiera hecho algo indebido, entonces nadie lo hubiera indemnizado (y menos allá) con doscientos cincuenta mil cueros de rana, ¿o sí?

Para cuando esto sea publicado, posiblemente el perro habrá sido sacrificado con una inyección de pentotal sódico. O quizá no. Cualquiera el desenlace (y conste que lo dice un consuetudinario enamorado de los perros), la preponderante corriente del supremacismo racista gringo habrá obtenido su regalo de Navidad: que en los suburbios de clase más o menos acomodada sea más importante la vida de una mascota que la del “ilegal” que el dueño de la casa ha contratado para que arregle su jardín. Merricrismas, supremacistas.