Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de diciembre de 2007 Num: 669

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La utopía de la lectura
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Poetas novísimos de Latinoamérica

De Balthus y pentimentos
RICARDO BADA

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Marco Antonio Campos

Palomas para las plazas

a Jorge Bustamante y Neftalí Coria

Palomas en diagonal van y regresan del limonero al naranjo para que hojas y frutos fuljan más bajo la luz del sol frente a la capilla de paredes desbastadas del Señor de la Columna. No hay plaza más mínima e íntima en Morelia, y aun podrías llevarla bajo el brazo o colgártela del cuello para venderla como artesanía en la plaza de San Francisco. El mundo a esta hora parece reducirse al color de un limonero o de un naranjo, a una capilla para solitarios y a borrascas de palomas grises que vuelan de un árbol a otro, de una casa a otra, de una casa a un árbol.

Me encamino por calle Madero. Construida a pie firme, tengo la impresión de que Morelia resistirá intacta las sucesivas catástrofes hasta el final que será el principio del amanecer de la flor en la búsqueda del alma de la mariposa en el más allá de la villa del señor donde la joven aparece vestida de color de llama viva. La avalancha de personas que baja por la acera desde el lado poniente parece un argayo de piedras que me precipitará calle abajo.

Llego a los Portales. Me siento en una mesa al aire libre. Mientras miro a la vez los laureles de la India y el techo del kiosko de la plaza central, mientras el enlosado se cubre de palomas grises, me pregunto en serio, pero de veras en serio, si los poetas son aquellos que realmente purifican la palabra de la tribu y desembrollan el galimatías del político, los números del dueño del dinero y la nota engañosa del periodista que escupe en el libro de ética.

Frente a los Portales pasa con estrépito una camioneta de color incierto, y el chofer, que habla por micrófono, anuncia espectáculos, igual que en mi niñez, un vehículo trastabillante, a través de las calles desmedradas de San Pedro de los Pinos, anunciaba las películas de la matinée del domingo libre.

He caminado de Morelia sus plazas y no hay calle del centro que no guarde la sombra de los cuerpos que tuvo mi cuerpo. En la década de los setenta era una ciudad idílica y casi recoleta y se caminaba con la mano en la cintura. Si me paraba en el centro del centro y miraba ya al sur o ya al norte, me deslumbraba el sol intenso en lo oscuro de las montañas, las cuales hoy, talados los árboles y cubiertas de casas, no recordarán lo que fueron. Pero cuánto ha pasado en mí, cuántas cosas han pasado desde aquel entonces. Cuánto sufrimiento me cavó el alma como un pozo oscuro, cuánta angustia como pájaro guillado picoteó en mi corazón hasta dejarlo como dedal. Ah cuántas veces vi en la mala luz de los inviernos de Praga, de Viena o Budapest mi cara de solitario a doce grados bajo cero. Cuánta soledad como terrón con sed se vive y se padece por unas pocas horas de felicidad que brillan tanto como las gotas de agua a la luz del sol en la fuente de Las Tarascas, donde siempre me detenía a verlas cuando subía desde el oriente de la Calzada. Nadie sabrá de la Vía si no sufrió antes en la vía la ausencia de fe, de esperanza y caridad para ganar la gloria artística en la que creí estúpidamente.

No sé por qué, no lo sé, pero ¿quién podría decir qué secreto existe para que las mujeres duelan o entristezcan en equis y ye sitio a equis y ye hora, para que después, en otro sitio y a otra hora, te duela otra y otra? A cierta hora en tal minuto en determinada calle alguna mujer forma su figura en el corazón como los juegos de luz que se ven ahora en la fachada de cantera rosa de la catedral y en la altura de los campanarios. ¿Quién no quisiera que todas las palabras de amor no resonaran en el corazón de una mujer en el momento que te desangra? Una mujer u otra se roban definitivamente lo que escribes en el fuego horizontal a la hora de la jardinera.

Llegan uno a uno los amigos. Llegan José, Jesús, Gaspar, Neftalí y Jorge. Llegan trayendo la amistad como agua clara y parecen resumirse en un instante las conversaciones de varias décadas cuando la poesía y el ángel no conocían el reloj roto de la víctima. Y sin que ellos se den cuenta me guardo la mañana del 17 de febrero en el bolsillo de la camisa, y cerca de la puerta de la catedral veo a Jesucristo azul, y escucho, escucho de nuevo y otra vez el tañido múltiple de las campanas que resuenan con una fuerza tan armónica, que no puedo pensar en qué sitio de qué ciudad dejé a la mujer en quien pensaba.