Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de diciembre de 2007 Num: 669

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La utopía de la lectura
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Poetas novísimos de Latinoamérica

De Balthus y pentimentos
RICARDO BADA

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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Verónica Murguía

Del infierno

Oh avaricia que en el mundo se contrista; hundir al bueno, alzar al malo sabes. De vosotros habló el Evangelista cuando la sobre el agua entronizada con los reyes puteaba ante su vista.
Dante, Infierno

“Hundir al bueno, alzar al malo sabes”, dice el verso con la fuerza de una sentencia. Dante, según Ángel Crespo, autor de la versión aquí citada, se refiere a la apocalíptica meretriz de Babilonia al hablar de la que se acostaba con reyes delante de San Juan, y que personificaba, para el poeta florentino, a la Roma imperial. Hay, sin embargo, quien cree que la meretriz de Babilonia es la Iglesia católica “corrupta que se vende al poder temporal y comete, así, la peor de las simonías.” Como la Suprema Corte de Justicia, en el caso de Lydia Cacho, pues.

Una simonía es, según el Pequeño Larousse, “la acción de negociar con objetos sagrados, bienes espirituales, o cargos eclesiásticos”. Escribo bienes espirituales con cursivas porque con ellos traficó la Suprema Corte de Justicia: la verdad, la rectitud, la honradez y la confianza. No sé si alguno de los magistrados que votó en favor del gobernador Marín piensa que las explicaciones que han dado convencen a nadie. No he escuchado una sola opinión a favor de la sentencia; la mayoría de las personas con quienes he comentado este asunto reacciona, o con la melancolía y el fatalismo al que nos ha empujado el cansancio, o con rabia.

Los argumentos legaloides que esgrimieron los magistrados no bastan para ocultar el intercambio de favores, la continuidad de vicios políticos, la corrupción, en suma, de éste, el órgano más alto de justicia del país. El lector me perdonará la ingenuidad, pero además me dejó pasmada el hecho de que en este caso, precisamente, dos mujeres tomaran partido por el gobernador Marín. ¿Tendrán las juezas Síndrome de Estocolmo?

Por otra parte, la postura de Felipe Calderón me recuerda el “¿Y yo por qué?” de su esperpéntico antecesor. Ahora el presidente, escudado en una dizque estricta separación de poderes, casi se encoge de hombros cuando se le pregunta su opinión respecto del fallo.

Debería extrañarme, pues Felipe Calderón es un hombre que no oculta su ferviente catolicismo y de seguro conoce la opinión de Cristo acerca de aquellos que hacen daño a los niños (Marcos 9, 42), aunque, la verdad sea dicha, no me sorprende para nada. Las creencias religiosas, sobre todo aquellas que se manifiestan tan llamativamente, tienden a sufrir extrañas desviaciones cuando chocan con la conveniencia política.

Si la pederastia, el tráfico de menores, el secuestro y las amenazas no son delitos graves, entonces, ¿qué nos espera?

Con un malestar horrible compruebo –la lista de candidatos a consejeros del ife es otra piedrita en el morral– que el país con el que todos los mexicanos normales soñamos, un país donde, simplemente, se pueda vivir con dignidad, se va “infiernizando”.

¿Qué podemos hacer ? Por lo pronto, seguir hablando de esto y manifestar nuestro desacuerdo. Yo, haciendo uso del privilegio de contar con un espacio en este periódico, escribo estos sombríos renglones.

Al final del libro Las ciudades invisibles, Italo Calvino, por boca de Marco Polo, expone esta idea sobre el infierno, verdadera lección de vida para el lector atento: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos todos juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Este breve párrafo remata con sencillez un libro que es un diamante compacto y resplandeciente; una llama cálida que conviene alimentar cerca de nosotros a lo largo de la vida.

Declaro, entonces, que, de acuerdo con las ideas de Marco Polo, Lydia Cacho no es infierno, aunque conoce los más horribles círculos infernales y a sus habitantes. Que tanto ella como su trabajo merecen durar, y les correspondería desenvolverse en un espacio seguro. Que una mujer que ha dedicado parte de su vida a socorrer a las víctimas de los crímenes más canallas, merece que le hagan justicia.

Y que si yo no escribiera estas modestas líneas, yo misma sería parte del infierno, y prefiero, con toda el alma, no serlo.