Usted está aquí: lunes 31 de diciembre de 2007 Deportes La fiesta en paz

La fiesta en paz

Leonardo Páez
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Carta a Gonzálo Vega

Incansable actor y entusiasta ganadero:

Nunca imaginé poder agradecer tu probada vocación histriónica –de Los recuerdos del porvenir a La Tregua, entre tantas otras películas, y de aquella espléndida puesta en escena de La ópera de tres centavos a la hilarante Señora Presidenta, por no mencionar telenovelas– mediante una carta al criador de reses bravas en que por afición te convertiste.

De entrada te reitero que mientras la mayoría de la crítica calificó tu encierro de la octava corrida de la México como “una mansada dispareja de presentación” y otras lindezas, a mí me resultó interesante y emocionante pues, independientemente de sus hechuras y comportamiento, se trató de toros para toreros, no del remedo de ambos.

Y es que salvo excepciones la crítica actual confunde docilidad con emotividad o, peor aún, toreabilidad con bravura, en esta idea tergiversada de que el arte del toreo es “torear bonito” a toros de entra y sal. La forma seudoestética sustentada en el fondo seudobravo.

El maestro Domingo Ortega dejó dicho: “…el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita este gran peligro, el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, y se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere”…

Y tu corrida, sin exceso de kilos pero con edad, presencia y pitones, transmitió verdadera sensación de peligro, tanto a los toreros como al tendido, esa rara disposición a usar sus defensas para herir, no sólo para pasar repetidamente en una lidia simplona y predecible. Ello, lejos de descalificar el encierro, sirvió para medir la actitud y la aptitud de los alternantes.

Creo que tres de tus toros debieron ser desorejados, Profesor Owen, Graco y Kan Xul, no por su docilidad sino por la calidad en la embestida o la difícil emotividad. A Xavier Ocampo le sobra afición pero le falta oficio –los toreros se hacen toreando. El español Ruiz Manuel con técnica y estética aunque sin rodaje, si no se embarulla con el acero se lleva la oreja que pedía el grueso del público. Y Alberto Huerta, con cabeza y torería pero aún sin saber “vender” las suertes, malogró con la espada su importante labor. Los tres derrocharon actitud.

Entonces, Gonzalo, nada de que “zapatero a tus zapatos”, como dijeron por allí, pues entonces la inmensa mayoría de los metidos a ganaderos tendría que dedicarse a otra cosa, sino que como el actor experimentado que eres procures mantener en tus reses su capacidad de dar espectáculo, habida cuenta de que el toro es el otro protagonista en la arena. Afinar genotipo y fenotipo, atender tu dehesa, pastos, selecciones, empadres, destetes, herraderos, tientas y personal calificado, y combinarlo con tu noble profesión de actor, se antoja casi imposible, excepto para quien ha sabido enseñorearse del mundo como el escenario de su propia, intransferible tragicomedia.

 
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