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Raoul Vaneigem*

Homenaje a Andrés Aubry

Aquellos que luchan por la emancipación del hombre y el fin de la opresión mercantil no necesitan conocerse para reconocerse. Mi breve encuentro con Andrés Aubry bastó para confirmarme que en todas partes del mundo se levantan voces capaces de romper el tremendo silencio que condena a cada quien al aislamiento y al miedo con el único objetivo de nublarle la conciencia y enviarlo a engrosar el rebaño de los resignados.

Fue uno de esos amigos que me ayudaron a conocer mejor el movimiento zapatista y que me incitaron a plantear la pregunta: ¿qué lecciones podemos sacar de la experiencia zapatista para Europa? ¿Por qué Europa? Porque pavoneándose de ser la cuna de la democracia, ha devenido su ataúd: la asfixia bajo la tapa de la corrupción. Porque las libertades comerciales pisotean las libertades del ser humano. Porque en los países donde no hay ni paramilitares ni escuadrones de la muerte ni asesinatos políticos, los explotados se resignan, se aplanan, se arrastran como si estuvieran aún bajo la bota de esas temibles tiranías a las que apenas ayer no dudaban en combatir valerosamente. Digámoslo: nunca en Europa la amenaza militar y policiaca ha sido tan irrisoria y nunca ha reinado entre las masas una servidumbre voluntaria tal, que hace dicha amenaza prácticamente inútil, puesto que la mayoría se somete sin necesidad ni de látigo ni de zanahoria.

En fin, porque el culto a la rentabilidad, a la mercancía, al dinero a cualquier precio, rompe el impulso de una solidaridad, de una rebelión, de una generosidad, de un instinto de vida y de un sentido humano, del que la Comuna de París, las colectividades anarquistas de la revolución española y el movimiento de las ocupaciones de mayo de 68 han inscrito la huella indeleble en nuestra historia.

Las buenas conciencias nunca faltan para recordarnos que los ejércitos de la burguesía aplastaron la Comuna, que el partido estalinista destruyó las colectividades españolas, que la montaña de mayo de 68 dio a luz a una generación de ratas burocráticas y negociantes sin escrúpulos muy estimados por el Estado y las multinacionales. El pretendido deber de memoria, que nos enseña los horrores del pasado, las guerras, las masacres, la santa inquisición, los pogroms, los campos de exterminio y los gulags, perpetúa el viejo dogma de una impotencia congénita del hombre para vencer el mal, para liberarse de la opresión secular. Quieren hacernos creer que el hombre es un esclavo, incapaz de crear su propio destino, que está condenado a ser un engrane en la máquina económica que exprime lo vivo para que escurran sangre y dinero. Mientras que las ideologías de los partidos y de los grupúsculos se vaciaron de sustancia, dando lugar a un clientelismo político calcado de las campañas promocionales de los supermercados, hoy intentan servirnos sus cadáveres como una novedad. Aquello que en el pasado demostró su carácter nocivo, regresa como la peste del caño: el liberalismo, esa impostura que identifica la libertad individual a la rapiña; el nacionalismo, hacedor de guerras; el fanatismo religioso; los restos del bolchevismo; los nostálgicos del fascismo. Tras lo cual se decreta que el hombre no aprende nada y comete siempre los mismos errores. Pero es sólo de la historia de su falta de humanidad que los seres humanos ya no obtienen lecciones. Si reiteran, en una parodia a la vez ridícula y sangrienta, las peores aberraciones del pasado, es porque todo juega para hacerles olvidar lo que, de siglo en siglo, se han atrevido a hacer para tratar de vivir mejor.

Yo llamo derrota al ahogamiento de las libertades individuales por el individualismo liberal, por la mentira del nacionalismo identitario, por la impostura del pretendido comunismo, por el socialismo y la democracia corruptas, por la dictadura de las libertades económicas. No llamo derrota la Comuna de París aplastada por los versalleses, los consejos obreros y campesinos liquidados por Lenin y Trotsky, las colectividades libertarias españolas destruidas por los estalinistas. Porque lo que la libertad de vivir construyó y que las armas de la muerte aparentemente vencieron, renace sin cesar. De su carácter inacabado debemos sacar las lecciones, ya que a nosotros nos corresponde ir más lejos.

Mi manera de rendir homenaje a Andrés Aubry, de saludar el combate de Oaxaca, de afirmar mi solidaridad con la lucha zapatista, es contribuir a una toma de conciencia universal, es recordar que existe en cada cual una vida verdadera que quiere florecer, una vida plena de creatividad, capaz de quebrar la poderosa máquina económica que nos rompe, pero que a la vez está resquebrajándose a sí misma.

No hay placer más grande, y por demás, eficacia más segura, que mejorar nuestra vida cotidiana, sabiendo que en todas partes del mundo millones de seres son guiados por la misma pasión, aun cuando los poderes del dinero muerto aprisionan a los oprimidos en la desesperanza y la resignación. Actuar sobre nuestro ambiente de modo que favorezca nuestra existencia cotidiana es obrar en favor de la humanidad, ya que la felicidad de uno solo no es nada si no apunta a la felicidad de todos.

Tengo la convicción de que la violencia de lo vivo barrerá la violencia de la opresión mercantil. No tengo la pretensión del “¡Venceremos!”, deseo tan sólo que cada vez más cobre fuerza en cada mujer y en cada hombre ese “Queremos vivir”, que es el grito espontáneo de la infancia. Es de esa infancia que nacerá la infancia del mundo al que aspiramos.

* Escritor y filósofo belga

Traduccion: Raúl Ornelas Bernal

 
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