Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 13 de enero de 2008 Num: 671

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La ciudad y las bicicletas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

La desaparición
YORGOS YERALÍS

Diplomacia cultural: elementos para la reflexión
ANDRÉS ORDÓÑEZ

Santa María, California
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Un paso adelante hacia
El Paso

FRANCISCO CALVO SERRALLER

Cincuenta años del grupo El Paso
MIGUEL ANGEL MUÑOZ

La otra Frida
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Santa María, California

Agustín Escobar Ledesma

Por el free way 101, de Los Ángeles a Santa María son tres horas y media en automóvil, transporte en el que viajamos a esta pequeña ciudad, conducido por Ángela en compañía de Irene, mi cuñada, quienes pasaron por nosotros para alojarnos en la casa de Esperanza, esposa de Max, sitio al que habían llegado desde un mes antes, al igual que mi suegra Estela, también con el fin de visitar a Max en la cárcel de Avenal. Entre canciones de Los Tigres del Norte, chistes y plática, recorrimos el trayecto, pasando por Santa Inés, donde está el rancho de Michael Jackson bordeado por suaves y ondulantes colinas doradas ausentes de árboles, que parecen afelpadas alfombras a la distancia mientras que otras lucen perfectamente verdes, por los parrales que encubren el rancho de Nunca Jamás, sitio en el que la estrella pop presuntamente embriagó y abusó de un muchacho de trece años de edad, razón por la cual fue juzgado en Santa María, California. En marzo de 2005, el juez Rodney Melville, después de un espectacular proceso mediático, absolvió a Jackson al mismo tiempo en que mi amigo Max, por supuestos tocamientos a una menor, fue condenado a cinco años de cárcel en los mismos tribunales de Santa María, sin que ningún medio diera cuenta del suceso. Por supuesto que en Estados Unidos, al igual que en México, la justicia sólo está al servicio de los poderosos; el pobre va a prisión y el rico no.

Los dos pequeños hijos de Esperanza, Lenny y Michael, hablan indistintamente en español e inglés, situación para mí por demás exasperante, puesto que con mis balbuceos de pollito chiken y gallina hen, me sucedió lo mismo que a un hombre en tierras extranjeras: “Asombrose un portugués al ver que en su tierna infancia todos los niños de Francia supieran hablar francés. Arte diabólico es, dijo torciendo el mostacho, que para hablar en gabacho un infante en Portugal llega a viejo y lo habla mal y aquí lo parla un muchacho.”

En este mundo en el que la gente todo tiene aunque todo debe, Esperanza y su tía Ángela poseen carro último modelo, a crédito, en un plan automotriz en el que cada cuatro años lo pueden cambiar por otro nuevo. La casa en la que viven también es a crédito; cuando Max fue a dar a la cárcel, Esperanza se convirtió en padre y madre de los niños, asumió la deuda de la casa, sin embargo, el sueldo que percibe en una escuela de educación pública no le es suficiente para cubrir las mensualidades y para suplir en parte los ingresos de Max, renta una “traila” a un par de indocumentados mexicanos. Esperanza se nacionalizó estadunidense en la década de los noventa del siglo pasado; en su memoria quedaron los recuerdos de una niñez de penurias y de trabajo muy pesado en la agricultura californiana, donde trabajaron su abuelita, su mamá, su papá y sus hermanos en la pizca de fresa, situación que pertenece al pasado. Ahora, cuando Michael, su hijo mayor ve a los campesinos trabajando a lo lejos en el campo, los confunde con vacas pastando.

Cerca de Santa María viven Kathleen y Dack, padres estadunidenses de Irene, quien vivió su adolescencia con ellos hace unos veinte años, convirtiendo el inglés en su segunda lengua y adoptando patrones culturales como el Halloween, Santa Claus y el arbolito de Navidad, al igual que lo hacen muchos mexicanos influenciados por la televisión y el cine. Aunque ellos no hablaban ni media palabra de español, nos dábamos a entender por medio de signos y señas corporales, seguramente como cuando Yahvé destruyó la Torre de Babel, sumiendo en la incomunicación a los seres humanos. Lo bueno fue que Irene la hizo de Malinche entre ambos clanes.


Foto: Rubén Martínez/ ZoneZero

Otro de los problemas con el que me enfrenté, fue con el de los teclados de las computadoras gringas que carecen de la letra eñe. Esta situación es algo común y corriente para los latinos, sin embargo a mí me causó un gran desasosiego porque ¿cómo escribir: “Te deseo feliz año nuevo”? Recordemos que a principios de los noventa del siglo xx , la Unión Europea impulsó el proyecto de algunos mercaderes de computadoras, que pretendían mutilar la letra eñe. Los 400 millones de personas que hablan español salimos en defensa de tan importante señora. Gabriel García Márquez afirmó que era escandaloso que la Unión Europea se atreviera a proponer a España la eliminación de la eñe sólo por razones de comodidad comercial. Los autores de semejante abuso y de tamaña arrogancia –argumentó el escritor– deberían saber que la eñe no es una antigualla arqueológica, sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que, al expresar con una sola letra un sonido, supera a otras lenguas que siguen expresándolo con dos.

En Santa María trabaja Karlos Miranda (escribe su nombre con k de kilo), en el mostrador de la joyería Don Roberto. Él es oriundo de la ciudad de Durango, de donde emigró hace varios años para estudiar por algunos meses en Santa María, pero terminó quedándose a vivir. Karlos es una de las personas preocupadas por el fenómeno migratorio, las condiciones de trabajo y de quienes han arribado desde América Latina. Karlos es autor del libro Nosotros los migrantes. Cautivos en la tierra del dólar y también realizador de un video sobre las manifestaciones de cientos de miles de latinos en Los Ángeles; él dice que en Santa María también hubo marchas que la televisión ignoró, sólo dieron cuenta, por unos cuantos segundos, de lo que ocurría en las metrópolis. El video, que tiene una duración de dos horas, recoge los testimonios de los migrantes que exponen sus motivos para manifestarse en contra de la criminalización de quienes aportan la mano de obra barata al estado de California (cuarta potencia mundial en agricultura), pues, aunque el salario mínimo es el más alto que se paga, 6 dólares con 75 centavos la hora, los patrones se aprovechan de que los trabajadores son ilegales y a veces les pagan muy por debajo del salario establecido.