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Luis Linares Zapata

Frente Amplio Progresista

La alianza intrínseca, sustantiva, que ha formado la derecha (PRI y PAN) se ha atrincherado por décadas en la cima del poder formal. Desde tan conspicuo lugar ha impuesto sobre el resto de la sociedad sus visiones, tanto del país que le conviene como el modelo de gobierno que, desde hace ya cuando menos unos 30 años, se enseñorea por estos rumbos. En la cúpula de esa formación se benefician y ordenan los que se creen (y para algunos menesteres son) dueños de vidas y haciendas del México corporativizado. El ralo conjunto de mandones y otros cuantos cómplices de la vida pública, que les facilitan y protegen sus privilegios, ha ensamblado un compacto trabuco de férreo accionar.

En la otra orilla del Estado nacional crece un abigarrado y cada vez más despierto conjunto de mexicanos que disienten de ese modelo de gobierno imperante. Resienten, en carne propia, las consecuencias excluyentes y concentradoras que las políticas públicas imperantes les ocasionan. Formulan, como alternativa, como núcleo básico de unidad y rumbo, una visión equitativa de las oportunidades y la riqueza generada por la sociedad. Apelan a la justicia distributiva como intención primordial del accionar político. Tal segmento poblacional ha ido integrando sus esfuerzos en un amplio frente social, económico, cultural y político que quiere disputar a la derecha la posibilidad de gobernar a México.

El primer intento de formalizar las ambiciones de tal frente se dio en las ya lejanas luchas electorales del 88. Ganaron la mayoría del voto popular, pero fueron desplazados mediante grosero fraude. El Frente Democrático Nacional (FDN) empujó con éxito la candidatura de Cárdenas, pero careció de la organicidad para hacerse del poder formal de la República. A este esfuerzo siguió la creación de varios partidos políticos y un número creciente de organismos y movimientos de coloreada índole. Todos con afán reivindicatorio de las oportunidades para sus agremiados, hasta ahora conculcadas con desprecio por la derecha, encaramada en el poder establecido. Todos fincados en una aspiración igualitaria y nacionalista, solidarios con los excluidos del bienestar, los invisibles y sin voz o los que, agrupados en las llamadas clases medias, subsisten de manera por demás penosa.

Un nuevo y renovado intento ha surgido a raíz del fraude de 2006. Este frente da continuidad a la alianza electoral que llevó de candidato a López Obrador y su modelo alternativo de gobierno. Una creación colectiva de grandes alcances y aventuras no exentas de peligros y obstáculos. Unos de propia manufactura, pero la mayoría provenientes de poderosas maniobras externas. Este Frente Amplio Progresista (FAP) ha nombrado a su nuevo coordinador: Porfirio Muñoz Ledo, conocido actor de las causas de interés para la nación. Tiene dos tareas relevantes que cumplir: coordinar los esfuerzos que agrupan las posturas de izquierda y la difusión para posicionar la agenda y levantar la voz en el debate público.

Los detractores tanto de Porfirio como del mismo FAP no han tardado en aparecer. Muchos son los ofendidos por tal selección del personaje. Algunos traslucen sus enredadas rutas y ocultan, en sus alegatos, los efectivos intereses a los que sirven. Acostumbrados a lanzar impunemente sus invectivas, estos prestanombres no alientan más que ruido, un barullo redundante entre y con la llamada clase dirigente, en especial aquella de gastado cuño, la que se reúne y agota en cenáculos interminables. Otros echan mano del socorrido recurso de la filtración insidiosa y tratan de esconder la mano y la mente tramposa que los anima o paga.

El proceso electivo donde se le encomendó la responsabilidad a Porfirio ha sido, con franca mala fe, interpretado en formas pueriles, desviadas hacia su trayectoria pasada donde sólo cuentan una parte lateral de su rica historia pública. No son, sus denostadores, analistas de contextos, narradores de logros, de consecuencias para la vida democrática y para la nación, lugares y momentos por los cuales Porfirio ha transitado con éxitos notables, no exentos de sonoros fracasos (apoyo a Fox). Baste recordar el Fonacot y el beneficio directo que este organismo aún acarrea a miles de trabajadores. O preguntarse cómo se constituyó el FDN y su corriente democrática, de la que fue artífice primordial. También es necesario repasar su actuación como senador electo por el DF y motor eficiente del frente que desbancó al PRI en el Congreso. Pasar revista al legislador que esparció una visión de Estado frente a la grisura entreguista de Ernesto Zedillo. O las luchas que Porfirio ha escenificado en foros de relevancia en Europa y Sudamérica o entre los emigrantes mexicanos a Estados Unidos.

Menos aún hacen los opositores instantáneos y de oficio referencia al movimiento que sostiene y da sentido al FAP y la atingencia del nombramiento de Porfirio como actor siempre dispuesto a empujar transformaciones sustantivas. No, los columneros, propagandistas y locutores al servicio de concesionarios temerosos y groseros hincan el diente feroz en la conducta del hombre concreto, falible, apasionado y, satisfechos con esa enumeración, piensan que lo desacreditan para siempre sin recalar en un hecho evidente: la longevidad creativa de un político de su calidad.

Las críticas y denuestos se han multiplicado, aunque inciden en aspectos poco relevantes para el juicio que merece la decisión colegiada del frente. De nada sirve acentuar y agotar hasta la náusea, como sus críticos han hecho, los cambios de banderías partidarias en el largo periplo de Porfirio por la escena pública. Es un hecho harto conocido y poco ayuda para comprender el significado de la tarea encomendada en el México de hoy y, menos aún, para lo que espera en el enrarecido ambiente de esta atribulada República. Lo esencial es la multitudinaria fuerza del movimiento que se viene formando y que empuja a los partidos y al mismo FAP. En él hay que encontrar la lógica en la conducta de sus postulantes, la agenda que se propone y las acciones que se llevan a cabo.

 
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