Usted está aquí: viernes 18 de enero de 2008 Gastronomía Antrobiótica

Antrobiótica

Alonso Ruvalcaba
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Libros glotones esenciales 3.0

Ampliar la imagen "Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio; si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo", así dice Borges en su imposible Libro de Arena. Sobre estas líneas, un ave suspendida en cualquier lugar “Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio; si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo”, así dice Borges en su imposible Libro de Arena. Sobre estas líneas, un ave suspendida en cualquier lugar Foto: Fabrizio León Diez

Oxford English Dictionary. Si sólo nos interesaran la comida, el chupe, el desmadre, no necesitaríamos otro libro que el diccionario de Oxford (OED, de cariño). Ahí están las historias secretas u olvidadas o conocidas de casi todas las cosas (exagero, obvio, pero no tanto): hay 300 mil entradas, 350 millones de caracteres, 157 mil combinaciones, 169 mil frases hechas, 616 mil 500 locuciones, 249 mil etimologías, 557 mil referencias cruzadas, 2 millones 400 mil citas. Y siempre está creciendo, siempre revisándose, incansable, interminablemente. Es un rompeleyendas, y leerlo es un ejercicio de temple: si una autoridad –supongamos, el historiador Colman Andrews– sostiene que la hamburguesa llegó a Estados Unidos el OED dice: pérense, nadie ha encontrado una hamburguesa antes del 16 de febrero de 1884 en una página del Boston Journal: “we take a chicken and boil it. When it is cold, we cut it up as they do meat to make hamburg steak”. (Tampoco es necesario creerle al OED todo lo que diga, naturalmente; su virtud es que siempre demuestra con pruebas.) Si alguien –una autoridad instalada en los 60– dice que una go-go girl y el à gogo están relacionados, el OED replica: ni madres: à go go es un adverbio que puede querer decir a montones, a lo loco y ad libitum; que parece joven, pero no lo es tanto; que está en la primera edición del Dictionnaire de l’Académie (1694), que da algunos ejemplos: vivre à gogo, estre à gogo, y aclara: il est bas; que aunque en 1966 una “chica go-go” (Elba Aponte) apareciera en los créditos de Rebeldes à go go, ese go-go es una duplicación del sustantivo go: “power, spirit”, y que como adjetivo quiere decir: fashionable, ‘swinging’, ‘fabulous’, unrestrained. No sé si el OED conoce esa mexicana película, y otras de la ola à go go, pero el asunto está ahí. (Porcierto #1: hace como 15 años, Leonardo García Tsao publicó en El Nacional un texto bastante cagado: Cómo reconocer un churro. El punto siete recomendaba sospechar de “cualquier película que lleve en su título algún término como twist, ninja, à go-go, Acapulco, boogie, Santa Claus, karate, bingo y, más recientemente, lambada”. Sería sabroso ampliar esa lista.)

El Oxford sabe de whisky (y whiskey, obvio), de martinis, de croissants, de raves, de clubbing, de vodka, de hot-dogs, de pizzas (de hecho, de ellas el OED leyó en otro diccionario muy querido, el World of words, de Frolio, de 1598, donde está escrito “Pizza: a kind of cake or simnell or wafer”; Shakespeare, que situó no sé cuántos textos en Italia, pasó por el diccionario de Frolio: no es imposible que se haya preguntado alguna vez qué carajos es una pizza); sabe de putas, de whores, de dildos, de sluts (la entrada slut es un “ejercicio de sociología lingüística”: una slut puede ser una señora desaseada en 1402, una sirvienta de la cocina en 1450, una mujer de cierta impudicia también en 1450, una criatura problemática en 1460, una muchacha desmadrosa en 1664, una perra en 1821. Sabe de esto, pues, el OED: de glotonerías, calenturas y borracheras, pero también de cualquier otra cosa que quieras interrogarle.)

Impresos, los veintialgo volúmenes del Oxford ocupan un par de estantes de la Samuel Ramos o de la Nacional, y sus palabras están fijas –o lo parecen– en esas páginas casi inacabables. En Internet es más extraño: cambia todo el tiempo. Se parece al imposible Libro de arena de Borges, cuyo número de páginas era exactamente infinito: ninguna la primera, ninguna la última; que estaba numerado arbitrariamente (una página par llevaba el número, digamos, 40 mil 512; la impar, la siguiente, el 999), acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número: “Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio; si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo”, que nunca se repite y nunca se vuelve a leer. Se parece a aquel otro libro o prefiguración que está en La biblioteca de Babel: “de formato común, impreso en cuerpo nuevo o cuerpo diez, que consta de un número infinito de hojas infinitamente delgadas”, en el cual “cada hoja aparentemente se desdobla en otras análogas” y cuya inconcebible hoja central no tiene revés. El Oxford en Internet es un libro un poco monstruoso. Es raro saber que está ahí. Inquieta, como un vértigo que se siente en el estómago.

Nota: Quien se interese por estas cosas puede encontrar Libros glotones esenciales 1.0 y 2.0 en La Jornada del 12 de enero de 2005 y del 10 de noviembre de ese mismo año. Por suerte, nadie se interesa por estas cosas.

 
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