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Domingo 20 de enero de 2008 Num: 672

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Hugo Gutiérrez Vega

APUNTES SOBRE EL TEATRO EN MÉXICO (V DE X)

Don Juan Ruiz vivió gran parte de su vida en España y su denodada y desesperada lucha teatral se desarrolló, fundamentalmente, en los corrales madrileños. Sus personajes y ambientes son peninsulares y sus temas tienen muy poco que ver con el mundo novohispano, pero (y este pero ha sido objeto de miles de estudios) su estilo, su aliento dramático poco tenían que ver con la atmósfera creada y dominada por el todopoderoso Lope y sus seguidores. La cortesía criolla y mestiza de sus personajes, su propósito de profundizar en los motivos de conducta humana, el trazo sutil de sus construcciones, su ironía de sal fina, su melancólica amargura y su lenguaje especialmente cuidado, señalaron a las gentes de teatro de España que se encontraban ante algo distinto. Teatro español del Siglo de Oro es, sin duda el de Alarcón, pero español diferente, y esa diferencia establece lo español americano, fenómeno que produjo estupor, malestar, agresividad, curiosidad, admiración. Todo esto mezclado y bien mezclado. Tal vez no se dieron cuenta los españoles de que su cultura, más que trasplantada en una tierra distinta, se había injertado en un árbol antiguo y que de ese injerto había brotado una planta diferente, compuesta de la mezcla de elementos y, además, con elementos nuevos. No había, pues (y en esto consiste la riqueza de la colonización española) una simple transculturación, sino un peculiar proceso de creación, abonado por las fuerzas naturales de la comunicación humana. Hace tiempo se celebró la efeméride alarconiana. En España no se recordó. Es una lástima que España siga tratando mal al pequeño y jorobado comediógrafo criollo. Muchos se burlaron de él, Quevedo, Lope y los lopistas. No me escandaliza este hecho. Las lenguas de los genios del Siglo de Oro eran como filosas espadas que lanzaban estocadas a diestra y siniestra, pero sí me preocupa que no se resalte la obra que marca el principio –tal vez tímido– de un mestizaje cultural, la comedida presencia de algo diferente en la suntuosa casa del teatro nacional español.

Los últimos años del siglo XVII y casi todo el siglo XVIII, tienen pocos aspectos teatrales dignos de mención. Los corrales entraron en decadencia y el teatro se refugió en los salones del palacio de los virreyes. Tal vez sólo las obras de Eusebio Vela, calderoniano tardío y glosador de la historia de la Nueva España en obras alegóricas de apoyo al proyecto de dominación, y las de José Agustín Castro, pionero de un costumbrismo que incluía el uso de mexicanismos y la presentación de personajes locales, merezcan un análisis más detallado. La decadencia cultural española afectó a la España de ultramar y los intelectuales americanos fijaron su atención en el pensamiento francés que, en ese momento, representaba la modernidad a la que España había rechazado, encerrándose en sus fronteras. No olvidemos que los llamados afrancesados fueron los únicos que entendieron la necesidad de transformar la moral social, de actualizar las conductas políticas y asegurar el desarrollo de las ciencias y del pensamiento humanístico. La España oficial se encerraba dentro de los muros de palacios, monasterios y sacristías, mientras las vanguardias circulaban por las cortes de Cádiz y sufrían persecuciones sin cuenta. Lo mismo sucedía en América. En México, por ejemplo, la obra científica de los jesuitas trataba de asegurar la permanencia de una posición racionalista y actualizadora, mientras que el clero criollo, lector de los enciclopedistas y seguidor del pensamiento de la Revolución francesa, en colaboración con los grupos masónicos, preparaba el movimiento de independencia.

En los primero años de la Independencia , el teatro mexicano produce una figura de gran importancia, Manuel Eduardo de Gorostiza, seguidor de Moratín, costumbrista y partidario de los cambios sociales. Su obra, Contigo pan y cebolla, es una comedia de costumbres que, aunque inscrita en la nómina del teatro neoclásico de España, puede ser considerada como un cuadro de costumbres mexicanas, como una comedia crítica de la vida social de un pueblo que andaba en busca de los rasgos principales de su identidad.

(Continuará)

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