Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 27 de enero de 2008 Num: 673

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Calar sin culpa
GABRIEL SANTANDER

La ceniza
SARANDOS PAVLEAS

Correspondencia
y literatura

EDMUND WILSON

La Celestina: una lección en el arte de la elección
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

El microcosmos de micrós
AGUSTÍN SÁNCHEZ GONZÁLEZ

Entrevista con
Margaret Randall

XIMENA BUSTAMANTE

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Correspondencia y literatura

Edmund Wilson

A F . SCOTT FITZGERALD

15 de julio de 1921
16 rue de Four, París

Querido Scott:

Que lástima no haber coincidido. Me enteré que estabas aquí hasta que John Wyeth me lo dijo, me parece que el mismo día que te marchaste. Debiste haberme dejado una nota en American Express. Llamé con la esperanza de tener alguna noticia tuya.

Tu reacción ante el continente es la misma que la de la mayoría de los estadunidenses que lo visita por primera vez tan tarde en la vida como tú. Supongo que se debe, en primer lugar, al desconocimiento del idioma que los lleva a pensar que ahí no sucede nada y que hay algo inherentemente odioso en un pueblo que no puede darse a entender y, por ello, muestra una fachada tan vacía a los extranjeros. En segundo lugar, al hecho de que haber sido parte de una sola civilización toda la vida les dificulta la adaptación a otra, sin importar si ésta es inferior o superior, así como resulta difícil para cualquier animal ajustarse a otro medio ambiente. Los animales inferiores con frecuencia perecen con el cambio. Fitzgerald censura la civilización europea y retorna, a toda prisa, a God's country. La verdad es que estás tan saturado de los Estados Unidos del siglo xx , para bien y para mal –tan acostumbrado a los hoteles, la plomería, las farmacias, los ideales estéticos y la gran prosperidad económica del país–que eres incapaz de apreciar aquellas instituciones de Francia, por ejemplo, que son realmente superiores a las estadunidenses. ¡Lástima que no les diste una oportunidad! Me hubiera encantado intentar inducirte a algunos de los atractivos de Francia. París me parece un lugar ideal para vivir: combina las comodidades y atracciones de una gran ciudad con la libertad, la belleza y el respeto por las artes y los placeres que ofrece un lugar como Princeton. Me encuentro aquí más contento y tranquilo que en cualquier otro sitio. Sigue mi consejo: cancela tu boleto de regreso y ven a pasar el verano en París. Te instalas, aprendes francés y le suministras a tu inquieto y agitado sistema nervioso algo del ocio y la mesura francesas. Sería un gran beneficio para la literatura estadunidense: tus novelas no volverían a ser las mismas después. Esta es una de las razones por las que decidí venir a Francia, por cierto: en Estados Unidos me siento tan superior y sofisticado culturalmente, en comparación con el resto de la vida artística e intelectual del país, que corro el peligro de considerar mis logros actuales como lo máximo alcanzable, y me veo obligado a salvar mi alma emigrando a un país que me humilla intelectual y artísticamente, al ofrecerme parámetros de la solidez de Racine, Molière, La Bruyère , Pascal, Voltaire, Vigny, Renan, Taine, Flaubert, Maupassant y Anatole France. No quiero decir con esto –faltaba más– que considere mi trabajo superior al del resto de los escritores estadunidenses; sencillamente, aquí creo tener estándares críticos más altos y, como en Estados Unidos son tan bajos, temo que el nivel de mis referentes descienda también. En estos tiempos resulta demasiado fácil ser intelectual o artista en Estados Unidos. Por ello deben evitar caer víctimas de la engañosa facilidad con la que un público carente de tradiciones y con muy poca cultura (y me refiero al creciente público interesado en la buena literatura), queda impresionado y satisfecho; los Mencken, Nathan, Cabell, Dreiser, Anderson, Lewis, Dell, Lippmann, Rosenfeld, Fitzgerald, etcétera, etcétera, deben tener mucho cuidado y recordar que, como John Stuart Mill, mucha de su eminencia se debe a “lo plano del territorio que nos rodea”. Sí creo seriamente que Nueva York podría convertirse en un centro cultural; están sucediendo muchas cosas a nivel intelectual en Estados Unidos. Parece que está comenzando a expresarse en lo que podría ser un lenguaje propio. Pero, créeme, aún les falta mucho camino por recorrer. El desenfreno comercial y la industrialización, sin el respaldo de una civilización más antigua y “civilizada” –salvo la capa de la del siglo xviii de la costa oeste–, son un terrible obstáculo para las expresiones de otra índole. Las manifestaciones intelectuales y artísticas deben abrirse camino a través de las grietas causadas por las fábricas, los edificios de oficinas, de departamentos y los bancos; sencillamente, el país no fue construido para ellas, y si logran emerger con vida, deben dar gracias a dios, pero nadie debe sentirse elegido al cien por ciento, ni auténtico o intachable porque, obviamente, nacieron atrofiados y deformes y fueron golpeados y contaminados en su esfuerzo por emerger. Cabell ejemplifica este fenómeno claramente: no es el hecho de que sea un gran escritor (y no creo que lo sea del todo), lo que le ha ganado la preferencia del público (culto), sino la seriedad con las que plantea sus pretensiones artísticas y su continua y concienzuda labor para alcanzarlas (y no sin éxito). No contamos con un Anatole France, ni con la literatura clásica que lo hizo posible; por lo tanto, a Cabell lo vemos con buenos ojos.


En Estados Unidos me siento tan superior y sofi sticado culturalmente, en comparación con el resto de la vida artística e intelectual del país, que corro el peligro de considerar mis logros actuales como lo máximo alcanzable.

Mi intención era escribirte sólo una página, pero tus críticas a la pobre y vieja Francia requirieron de una explicación completa sobre prácticamente todo, desde el comienzo del mundo. No creo poder convencerte de permanecer en Europa y supongo que no tienes tiempo de regresar a Francia. Es una verdadera lástima. (¿Alguna vez has volado de París a Londres, por cierto? Creo que yo lo haré si voy a Inglaterra.)

La carta de Mecken decía más o menos lo siguiente (no la tengo conmigo):

Estimado Sr. Wilson:

Estaría de más agradecerle su artículo. Nadie había escrito sobre mí con tanta profusión o elocuencia tan persuasiva. Un poco más y me convence incluso a mí. Pero, como crítico, lo que llamó mi atención es la agudeza de la segunda mitad de su texto. Aquí, me parece, habla usted con la verdad. En estos tiempos, la cervecería se ha vuelto tan imposible como la torre de marfil. Uno se siente irresistiblemente tentado a romper una o dos cabezas, es decir, a hacer algo en aras de la más mínima decencia. Sólo dios sabe qué. Pero, de cualquier forma, será más fácil lograrlo con un hombre como usted en la tribuna.

Debe venir a Baltimore algún día. Prometo invitarle un gran tarro de cerveza. Saludos cordiales. H. L. Mencken.

Te envío un ejemplar de The Bookman .

Tuyo siempre
Edmund Wilson

A VLADIMIR NABOKOV

20 de octubre de 1941
Wellfleet

Estimado Vladimir:


Las manifestaciones intelectuales y artísticas deben abrirse camino a través de las grietas causadas por las fábricas, los edificios de oficinas, de departamentos y los bancos.

Acabo de leer Sebastian Knight, en las pruebas que me envió Laughton. Me parece absolutamente deliciosa. Es increíble que escribas tan admirablemente bien en inglés y no nos recuerdes a ningún otro escritor de la lengua. Tú y Conrad deben ser los únicos escritores extranjeros que manejan la prosa en inglés con semejante maestría. Todo el libro es brillante y está bellamente escrito, pero me gustaron, sobre todo, los pasajes donde el protagonista evoca a las mujeres rusas, la descripción sobre la muerte, el onírico viaje final en tren, así como el largo sueño del narrador . Me entusiasmé con la idea de leer tus libros rusos y lo intentaré cuando maneje mejor el idioma.

Espero que encuentres a alguien en Wellesley para leer las galeras, porque hay algunos (no muchos), errores en inglés. Tiendes a confiarte y usas as en vez de like y, en ciertas ocasiones, de manera incorrecta. El crítico que describe a Sebastian como un hombre aburrido que escribe en un inglés confuso es atinado, y si el mago con acento es estadunidense, jamás diría I fancy, sino I guess . Además, insistes obstinadamente en usar tu método fonético para transcribir las palabras rusas y creo que es errado. Resulta extravagante para los que no conocen el ruso y confuso para los que sí. Me parece incomprensible, por ejemplo, tu versión de la frase rusa que transcribes como Ah-no-neigh na sheik pah-ook.* Las combinaciones como neigh y sheik (y me pregunto si en realidad representan a las vocales rusas) a las que recurres, me temo, por tu lamentable debilidad por los juegos de palabras, no son la manera fonética más lógica de representar estos sonidos. Introducen ideas irrelevantes. Tenías razón en anticipar mi reticencia sobre smuggled smugness, aunque en otros casos tu sensibilidad hacia las palabras produce observaciones y efectos admirables. Concuerdo contigo en que la palabra sex es horrible. Pero qué me dices de ¡Geschlecht –das Geschlecht!

Ahora bien, ¿no podrían tú y tu familia venir a pasar el Día de Gracias (el tercer jueves de noviembre) con nosotros y quedarse unos días más? Nos encantaría recibirlos y tenemos espacio suficiente para todos. Si no puedes por tus compromisos en Wellesley, podrían venir un fin de semana, cualquiera, después del primero de noviembre. Mientras tanto, quizá vayamos a Boston antes de eso y podríamos comer juntos…

Realmente no te he dicho por qué me gusta tanto tu libro. Es de un elevado nivel poético . Has logrado convertirte en un magnífico poeta en inglés. Me encantó e inspiró más que cualquier otro libro que haya leído en no sé cuánto tiempo.

Nuestro cariño para los dos.
Siempre tuyo,

Edmund Wilson

A JOHN DOS PASSOS

16 de julio de 1939
The University of Chicago

Querido Dos:

Para empezar, no creo que tu percepción sobre lo que estás haciendo en tus libros sea exacta. No es que te limites a “generar la vida interna de tus personajes por medio de su descripción externa”. En realidad, sí dices mucho sobre su manera de pensar y sentir. El término “conductismo” sólo es aplicable al comportamiento de las ratas en laberintos, etcétera. Es decir, a animales cuya mente no podemos penetrar y por ello debemos limitarnos al recuento de sus acciones. Maupassant, en el prólogo de Pierre et Jean, anuncia su intención de abolir la “psicología” y de aplicar algún método parecido al conductismo en los seres humanos, pero incluso él, según recuerdo, hizo trampa y, en todo caso, lo que un escritor elige decir sobre sus personajes (en cuanto a cantidad de información se refiere) o qué tan directa o indirectamente lo hace, es un problema estrictamente técnico. Lo importante es transmitir la percepción de la vida de cada uno de ellos (a menos que el efecto a lograr es que parezcan moscas).

Mencionas a Defoe, pero él está tan cerca de sus personajes que pareciera que son ellos los que le dictan las palabras (cuenta sus historias en primera persona, así que también él nos dice mucho sobre su pensar y sentir); ciertamente, no hay mucha reflexión crítica en torno a sus valores morales, por no mencionar sus ideales sociales, mientras que lo tuyo es intensamente crítico y mucho más cercano a Stendhal-Flaubert-Tolstoi que a Defoe y los novelistas del siglo XVIII.


También creo que has sustituido la es peranza, los amores, las heridas, las euforias y las depresiones de Glen por un copioso reporte de eventos externos sin co nexión orgánica alguna con tu tema.

Mi impresión sobre Adventures of a Young Man es que no lograste revelar el mundo interior de Glen Spottwood. El amargo relato de sus experiencias en Nueva York es como Manhattan Transfer, pero confuso; el objeto de M. T. era transmitir sus impresiones sobre Nueva York, mientras que en Y. M. tu propósito es mostrar los años mozos de un joven idealista. Todas tus ideas suenan falsas, todas las mujeres son unas bitches obvias, etcétera. (En general, jamás he entendido por qué tu concepción de la vida es tan severa, más allá de los destinos individuales de cada persona. Tú pareces disfrutarla mucho más que la mayoría y eres un conversador genial, pero tus personajes tienden a hablar en clichés y siempre les toca el huevo podrido en el desayuno. A veces pienso que lo sientes como un deber de algún tipo.) También creo que has sustituido la esperanza, los amores, las heridas, las euforias y las depresiones de Glen por un copioso reporte de eventos externos sin conexión orgánica alguna con tu tema. Nunca sé qué pretendes con tus descripciones del lago de New Hampshire, las calles de Nueva York, la llegada de Glen a España, etcétera. Me parece que deberías mostrar esas cosas de manera que revelen algo de la personalidad o los pensamientos del personaje, o que por lo menos haya alguna crítica de tu parte sobre toda la situación. (Has hecho esto admirablemente bien en otras ocasiones: cuando el joven estadunidense de Harvard, por ejemplo, ve la fachada de Notre Dame al atardecer como si estuviera hecha –me parece– de cenizas de cigarro desmoronadas.) ¿Será que intentas sugerir el contraste entre la grandiosidad y belleza del lago y el innoble comportamiento del hombre a cargo del campamento? No lo sé, porque las descripciones parecen copiadas, tal cual, de tu cuaderno de notas. Y con respecto a Nueva York –aunque quizá esto obedezca a mi carácter abstraído–, yo creo que la gente se acostumbra a sus alrededores, de manera que deja de prestarles mucha atención, y al ir de un lugar a otro, lo único que ve son sus pensamientos. A Glen no se le escapa ni un solo delicatessen.

Debo decir que mientras más pienso en tu novela, mejor me parece desde el punto de vista de la idea misma; ésta parece desprenderse del libro y cobrar vida propia. Pero, aún así, no creo que la hayas desarrollado en su totalidad. Yo siento, por ejemplo, que el momento crítico es cuando Glen declara en la corte que no cree en las mentiras porque cree en la dignidad del hombre, pero la mayoría de los lectores –me he dado cuenta de esto hablando con la gente–, no se percata de ello, porque no está suficientemente desarrollado; no has dicho lo necesario sobre el alma de Glen (o lo que en su lugar tenga). Está en el mismo nivel de banalidad que los demás personajes y el lector tiende a pensar que tu intención es hacerlo banal también. (La mejor reseña que he visto, por cierto, es la del New Statesman, que considera tu novela como un Pilgrim's Progress. (Por supuesto que el tema político la ha oscurecido un tanto para el público inglés. La controversia Trotsky-Stalin no es tan intensa en Inglaterra).

La hemos pasado de maravilla. El ambiente de la universidad es realmente fascinante. No podría hacerle justicia en una carta, pero el cuerpo docente me parece mucho más entusiasta y actualizado y los estudiantes mucho más serios, en general, que en cualquier otra universidad del este. Los maestros por lo menos tienen la sensación de que la educación tiene nuevas posibilidades y de que realmente están logrando cosas en su trabajo. En Princeton están resignados al estancamiento y se jactan de sus ideas anticuadas. Es irónico que en una universidad que siempre ha dado importancia a los estudios humanistas, la enseñanza del griego esté muerta, y aquí un gran número de estudiantes empieza como principiantes y está leyendo el Simposio antes de finalizar el primer año. Yo tengo alumnos de todas las razas, religiones, nacionalidades y colores, incluyendo a una monja católica alemana. Algunos de ellos sumamente brillantes.

Hemos visto a mucha gente, incluyendo a Gerry Allard y sus colegas, quienes me han hecho ver que lo escrito por los intelectuales en Nueva York es de importancia para el movimiento laboral. Robert Morss Lovett partió a las Islas Vírgenes ayer, muy gallardo y alegre en su nuevo sombrero Panamá.

Supongo que no existe la posibilidad de que vengan ¿verdad? Es posible que me quede hasta el primero de octubre. Me gusta estar aquí y la renta de nuestro departamento está pagada hasta el fin de la temporada. El Midway y el lago que tenemos enfrente superan cualquier parque neoyorquino y la gente es más apuesta. Me encanta verlos pasear por los prados los fines de semana. Mary les manda su cariño. Escribió sobre tu libro en Partisan's Review, así que si no sabes cómo escribir el siguiente, no será culpa nuestra…

Mi cariño para Katy y para todos los de Princeton

Siempre tuyo,
Bunny W.

*Hay una araña sobre su cuello

Traducción de Lucinda Gutiérrez