Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de febrero de 2008 Num: 674

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La poesía y la intermitencia de lo sagrado
ÁNGEL DARÍO CARRERO Entrevista con ÁLVARO MUTIS

Noticia del destierro: una carta de Tina Modotti
ANTONIO CAJERO

Presencia de Clarice Lispector
HAROLD ALVARADO TENORIO

La vitalidad de
Tennessee Williams

ALEJANDRO MICHELENA

Georges Schehadé:
luz de infancia

RODOLFO ALONSO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

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ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

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Ana García Bergua

Misterios de dar la mano

Siempre me ha llamado la atención aquel gesto de dar la mano, o como dirían en inglés, sacudirla, lo cual es bastante más expresivo. Algo debe tener de curioso aquel gesto de tomar la mano del otro y moverla hacia arriba y hacia abajo cuando los niños, al enterarse de semejante costumbre, imaginan que zangolotean al saludado como si fuera el mango de un martillo, un poco como en las caricaturas, y lo hacen saltar.

Entre los extremos del beso doble –distinto del pasodoble– y la circunspecta inclinación oriental, darse la mano supone un pacto de no agresión. Literalmente lo fue en tiempos antiguos, de los griegos a los caballeros medievales, cuando desocupar la mano para tenderla al otro suponía inhabilitarla para tomar la daga o la espada. Se aseguraba así que no se estaba armado, tal como –me recuerda F. G.– los palmoteos en la espalda que se dan los priístas mientras se abrazan eran un sucedáneo del mutuo cacheo entre jefes revolucionarios, a la busca de la pistola traidora. Así, dejar la mano en mano del otro supone entregarnos con mansedumbre, de buena voluntad, ponernos a su disposición.

Conservará aquel gesto esa característica de agresión vencida, de avance todavía un poco desconfiado, ya que pasadas las primeras presentaciones es sustituido con rapidez por el beso, el mexicano abrazo –esa proclividad femenina y nacional por el apapacho de la que se quejaba la marquesa Calderón de la Barca– o el simple buenos días. Aun así, tiene sus delicadezas, sus variantes, su caracterología, como el famoso caso de la “mano de pescado”, la extremidad fría e indiferente que posan en la de uno algunas gentes mustias, de carácter lánguido, flemático y nada efusivo. Y por el contrario, hay quienes asestan la mano exprimidora, ésa que tritura a la otra mano y parece conservar la amenaza latente del caballero medieval, o por lo menos darse el gusto de fastidiar, aunque ande desarmada, especialmente a la o el pobre que cargue su mano con muchos anillos, los cuales se convertirán en agentes de gran lastimadura (me ha pasado). Pululan también la mano autoritaria, que sacude y ordena con firmeza militar, y la desdichada mano que suda de temores o de amor, y en el sudor recibe el castigo de asco o rechazo de la otra mano. Junto a ella sucumbe la mano temblorosa, incontrolable, que se da, fría y aterrada, a quien nos intimida. He recibido alguna vez manos furtivas, que se dan y se escapan rápidamente, como la liebre que entra por equivocación a la cueva del lobo, y manos quiroprácticas que aprovechan para dar masaje o tronar los dedos al saludar. Junto a ellas se esconde, vergonzante, el falso saludo a los patrulleros, ése que contiene, como untado en una materia turbia y viscosa, el dinero de nuestros temores y nuestras corrupciones. Y a últimas fechas campa, junto a tanto tenis y entusiasmo olímpico, el saludo deportivo, palma con palma, que es como un aplauso a dúo, ya sea tomando impulso como quien juega a los bolos, ya sea desde lo alto, como atletas vencedores sin haber siquiera competido.

Ciertamente, desde la famosa v , que comenzó como emblema de paz y amor, y continuó como aguerrido “venceremos” para morir en la nariz de algunos pintando violines, es notorio cómo las manos han jugado con la convención. Es muy simpático el saludo trapecista que se dan los chavos, que más que a un saludo se asemeja a una complicada danza: un roce palma con palma, como si se untaran mantequilla, dos o tres choques de nudillos, una palmada, una vuelta, otra palmada espalda con espalda (existen infinitas variantes). Parecen haberle encontrado un sentido más danzarín a ese hábito tan formal. Y los niños preferirán siempre, por picosa y punzante, la manita de puerco.

No es fácil jugar con las manos; como ya se sabe, es cosa de villanos, boxeadores o frailes inquietos. Y hay manos que deciden cosas a nuestras espaldas, por eso no tienen tan buena fama. Testimonio de tantos resquemores son las míticas mano pachona o la mano del muerto (¿vendrá del cuento de Wilkie Collins, “The hand of the death”?), peluda una, como de feria de los sustos; blanca y cerosa la otra. De ahí salió seguramente “Dedos”, la mano de la serie Los locos Adams, que vivía en una caja y tenía un carácter más o menos voluble –era de lo más simpática, como todo en esa serie. Cuando saludan, las manos demuestran que, con todo, se sabrán comportar: no sacarán dagas, ni estrangularán a su dueño como las manos rebeldes, ni abofetearán de entrada al otro. Pero incluso educadas, tienen sus cosas.