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Domingo 3 de febrero de 2008 Num: 674

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La poesía y la intermitencia de lo sagrado
ÁNGEL DARÍO CARRERO Entrevista con ÁLVARO MUTIS

Noticia del destierro: una carta de Tina Modotti
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Ángel Darío Carrero
Entrevista con Álvaro Mutis*

La poesía y la intermitencia de lo sagrado

Álvaro Mutis no necesita presentación alguna. Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1997), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1997), Premio Cervantes (2001). En noviembre pasado se le dedicó la Feria del Libro de Guadalajara, con la presencia de amigos suyos, muy entrañables, como el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Pero a un poeta no se le conoce por el registro pormenorizado de sus premios, sino por el paisaje escabroso de su universo poético. Esta entrevista, realizada en la intimidad de su residencia en Ciudad de México, quisiera servir de iniciación para quien sólo conoce al personaje “de oídas” y, tal vez, de sutil replanteamiento para quien da por conocida su obra sin haberse percatado del fluir subterráneo de lo sagrado que la cruza silenciosamente. Un poeta verdadero nunca es, está siempre siendo con el material de sus propios desechos, como metáfora viva que recrea constantemente el origen para anticipar el incierto destino. Álvaro Mutis es de estirpe viajera. Nunca está verdaderamente en casa. Aun sentado en su cómodo sofá, está siempre de viaje, no como huida de sí mismo, ni de los otros, sino como inmersión en el seno de un tímido abrazo que afirma es real aunque sea apenas una pálida e inconstante intermitencia. Como Pablo de Tarso, Álvaro Mutis parece invitarnos a esperar contra toda vana esperanza.


Fotos: José Antonio López/ archivo La Jornada

–Usted dice en Los trabajos perdidos que “de nada vale que el poeta lo diga… pues el poema está hecho desde siempre. ¿Para qué el poema?” Le pregunto, ¿para qué el poeta?

–Es un deber con tu intimidad, con tu alma. No se trata de escribir poesía, sino tu poesía. Dejar en palabras esa parte tan secreta del ser, desconocida para uno mismo, que florece con el poema. El poema dice a otros, pero sobre todo al poeta mismo: “Tú eres esto.” Es un destino que te acompañará hasta el día de la muerte.

–¿Se lamenta de este destino?

–No, para nada. Hoy día, a mis ochenta y cinco años, no concibo cómo podría haber vivido sin la poesía. Mi lucha es con el poema, con las palabras. Mi vida está hecha precisamente de eso, de ir siguiendo el paso del poema. Lejos de lamentarme, ser poeta ha sido una ayuda enorme para vivir.

–¿Cuál es la esencia de la poesía?

–La poesía tiene que ver con lo sagrado. Escribir poesía de verdad, no escribir retórica, ni cosas bonitas, sino las verdades esenciales que te acompañan, que encierras en el alma, es como una llave de lo sagrado. Escribir poesía es orar. Si el poeta no está orando, no está haciendo poesía, sino retórica, figuras frías, ingenio. Como poeta estoy en contra del racionalismo seco, estéril, contra la esclavitud de lo racional. Lo racional no basta.

–¿Cuál es para usted la identidad más propia del poema?

–Una planta que crece, una imagen.

–Maurice Blanchot aseguraba que la poesía pertenece al reino de la noche. Usted inicia Los trabajos perdidos señalando idéntico territorio: “Por un oscuro túnel… crece la planta del poema.”

–Porque la poesía va unida al sueño. Hay sueños que me han dado la solución en un determinado paso que no me convence en un poema. De noche, soñando, salta la palabra que quería.

–El mismo Blanchot decía, muy en sintonía con este poema suyo: “Orfeo, el lenguaje que no teme al infierno, sino que penetra en él.”

–Exactamente eso. Descubrí que el poema va a donde uno no sabe, no puede o no se atreve a ir. Eso es lo que hace el poema. El poema no teme, va.

–Esta nocturnidad adquiere sobretonos freudianos en el poema “Grieta matinal.” En su narrativa, en labios del navegante Maqroll, se nos aconseja lo contrario: “Hay una aridez a la que es mejor no acercarse.” ¿A quién confiarse?

–La miseria está dentro y tiene que salir en el poema. Si no sale, el poema es falso, es manco, sería un poema que ha perdido la agilidad, la soltura para moverse en el mundo de los hombres.

–Pero existen poetas diurnos que parecen autoproclamarse felices, como Jorge Guillén.

–Me parece bien que sea feliz, pero proclamarse feliz, así, en una forma exaltante, me parece que no viene al caso. El destino del hombre no es la felicidad. Hay que saber sufrir y saber que ese sufrimiento nos está formando y nos está dando una plenitud, una cierta verdad sobre las cosas. Prefiero a poetas menos felices, como Baudelaire. Ahí está presidiendo mi estudio. Ahora, si el poeta no es amigo de sí mismo, no puede escribir poesía. Tienes que quererte, con tus debilidades, que conoces mejor que nadie, pero quererte.

–Gran parte de su poesía está dedicada al poema mismo. No puedo dejar de leer “El viaje” como un texto sobre el oficio del poeta. ¿Es la poesía el tema del poema, como pensaba Wallace Stevens?

–Muy bien visto. Es lo que intenté hacer en “El viaje.” Me alegra que lo note. Sí, le devuelvo a la poesía lo que ella me ha dado.

–Georg Trakl da cuenta de lo que le acontece como poeta: “Hay una luz que se apaga en mi boca.” ¿Cómo describiría su proceso creador?

–De pronto me viene la imagen de un río, entonces me digo: “Bueno hay que escribir, hay que atenderlo.” Dejo que vaya pasando el tiempo para que vaya construyéndose esa imagen y lo que está significando para mí. Nunca tomo notas. No trato de razonar ni meditar, sino dejar que trabaje en la mente y en el alma, que vaya creciendo dentro de mí. De momento siento que ya maduró, que llegó el instante de sentarme a la máquina de escribir. Hasta que no lo escribo, no puedo trabajar en ningún otro. Reescribo el poema muchísimas veces. Me torturo. Hasta que sientes que dice lo que querías decir. Uno sabe que en el próximo cambio que haga lo daña.

–¿Una vez publicados, continúa corrigiéndolos, como hacía Octavio Paz, para ediciones ulteriores?

–Una vez publicado un libro no lo toco jamás. No sólo no lo corrijo, ni siquiera lo vuelvo a leer.

–¿Por qué?

–Temo encontrar grietas.

–Sería la oportunidad de repararlas.

–Prefiero dejar que vivan solos su propio destino, como los hijos. Que se vayan a vivir en las librerías, en las vitrinas, con los lectores. Es inútil.

–¿Organiza libros temática o cronológicamente?

–Pertenecen al desorden y al caos que dejan las sensaciones, los recuerdos. Es lo que escribí en un período determinado.

–¿Cree en la inspiración?

–La inspiración es la verdad que tenemos adentro de nosotros y nosotros no conocemos, poderla descubrir, hacerla salir al mundo en palabras. Eso es la inspiración.

–¿Nunca deja caer ese instante de alumbramiento en el olvido?

–Nunca. No puedo. Me envuelve todo el ser. Estoy todo el día dándole vueltas. No tengo escapatoria. He sido totalmente fiel.

–Considerándose esencialmente poeta, ¿siente que el novelista traiciona al poeta?

–No. Hay que dejar abierta la posibilidad a todo género; abrirle el camino que le corresponde a la situación y al cúmulo de emociones y sensaciones. He escrito siete novelas y yo las vivo como siete largos poemas. Y hay poemas que son anticipos de mis novelas. La novela es un campo más lleno de recursos, pero la poesía es confesión absoluta.

–Podríamos hablar de Conrad, Kipling, Dickens, Baudelaire, pero se impone Machado. ¿Es justa o exagerada la devoción que le atribuyen por el poeta sevillano Antonio Machado?

–Don Antonio Machado es mi poeta preferido, mi compañero de viaje. Su poesía me acompaña cada día de mi vida. Tengo por él una veneración absoluta. Lo conocí a los dieciséis años, cuando era alumno del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá. Mi profesor de literatura era el poeta Eduardo Carranza. Un día entró a la sala de estudios y empezó a decir: “‘¡Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura, con su castillo guerrero arruinado, sobre el Duero; con sus murallas roídas y sus casas denegridas!' ¿Saben de quién es eso?” Gran silencio de la clase. “De don Antonio Machado”, contestó él mismo. Entonces nos leyó dos poemas más. Eso me dejó a mí… Me compré inmediatamente el tomo de la edición de Austral. Aquí tengo todavía ese tomito. No viajo si Antonio Machado no va conmigo.

–Parece que el último verso que Machado escribió fue: “Estos días azules y este sol de la infancia.” Usted habla de la fiebre de la infancia que regresa con el auxilio de la naturaleza. ¿Es la infancia la patria absoluta de la poesía?

–Sí, para escribir auténtica poesía hay que volver a la infancia en el recuerdo, en la memoria, en la nostalgia. Hay que regresar a esas imágenes, a esos instantes que en la infancia nos hicieron lo que somos ahora.

–El viaje es la imagen más recurrente en su poesía. ¿Lo es también de la infancia?

–Sí, el viaje por mar. Yo viví en Bélgica desde los cinco hasta los doce años. Recuerdo sus calles, los bosques flamencos… Íbamos a Colombia por barco. Mi padre estaba en el servicio diplomático. Tenía apenas veintiocho años y murió repentinamente a los treinta y tres. Esos viajes se quedaron grabados en mí para siempre. De ese recuerdo vivo. Para mantener ese recuerdo escribo y sigo viajando. Quiero ver qué fue lo que creó el Creador. Es mi convicción de su presencia.

–Tanto en su poesía como en sus novelas los temas son recurrentes: la tierra, la lluvia como rescatadora de la memoria, los viajes. Un universo que gira siempre sobre una misma órbita u obsesión.

–Son el mismo mundo, las mismas visiones, las mismas obsesiones, los mismos lugares. El encuentro con la naturaleza para mí ha sido algo esencial. De Colombia recuerdo el día que desembarcamos en el puerto de San Buenaventura. Estaba cerca la finca Coello de mi abuelo. Nos quedamos allí quince días. Yo me salí de la hacienda. Entré en los cafetales, en los ríos tumultuosos. Pensé: “Esta es mi tierra, aquí voy a vivir.” Pero no fue así. Nos fuimos a Bogotá, a la ciudad fría. Yo venía de aquella finca y eso era lo que yo quería ver. Regresaba a ella con una reverencia casi religiosa.

–Me hace recordar lo que dice el personaje central de sus siete novelas, Maqroll el Gaviero: “Soy de allí. Cuando salgo de allí empiezo a morir.”

–Ese lugar es tan importante para mí que he intentado recrearlo, como has visto, no sólo en mi obra, sino en el jardín de mi casa aquí en México.

–En Historia natural de las cosas usted insiste: “Mírenme: tal vez así ganemos un instante a la muerte.” ¿Existe relación entre esta recurrencia a la naturaleza, memoria de la infancia, y el vencimiento de la muerte?

–La infancia, el mundo que ganamos y que construimos en nuestra mente, es lo que nos va a sostener y va a convertir a la muerte en un accidente más de nuestra vida y punto. En la infancia vivimos la plenitud del mundo. La tierra, los árboles, las personas registradas en nuestra infancia son esenciales: de ahí sale la poesía. Lograr escribir con esos elementos es ya vencer a la muerte.

–¿Le teme a la muerte?

–No, la verdad es que no le temo a la muerte. La muerte no existe para el poeta.

–Decía Nietzsche que “todo lo que es profundo ama la máscara”. Usted tiene a Maqroll el Gaviero. Cuénteme cómo surgió.

–Si usted supiera que conocí a Maqroll de niño. Nació en Bélgica, hijo de madre belga y de padre de un país lejano.

–¿Quiere decir que se basa en una figura real, histórica?

–Bueno, quiero decir que lo inventé cuando era niño y, desde entonces, me acompañó siempre. Sospecho que debe venir de Croacia o Albania. Pero siempre ha estado conmigo desde la niñez.

–A diferencia de Pessoa, la suya es una máscara única.

–No me sale otra. No lo siento necesario.

–¿Nos acercamos correctamente a Maqroll si lo comprendemos como un antihéroe de la tierra caliente? ¿El Quijote con el viaje mismo como destino?

–Así es. Maqroll es quijotesco.

–¿Siente que sus personajes tienen vida propia y que usted, simplemente, los acoge, o se trata de algo más planificado?

–Tienen vida propia. Llegan. Se hacen presentes. Yo los recibo.

–El destino de los personajes creados por el escritor y de las personas creadas por Dios, ¿es acaso el mismo? ¿La piadosa nada de la que usted habla?

–Puede ser el mismo, pero también puede ser un destino inesperado que no tenga nada que ver con nosotros. No sé a ciencia cierta. Estoy abierto a lo impredecible.

–¿Cómo describiría sus afinidades espirituales?

–Me siento muy cercano a la espiritualidad franciscana. Veo en San Francisco una auténtica piedad amorosa por los seres humanos y por la naturaleza. La naturaleza es la presencia misma de lo sagrado. Ahí está el Creador presente, pero de la forma más rotunda posible. La naturaleza brinda el inmenso campo de la verdad del ser.

–Usted parece evitar lo combativo como recurso demasiado fácil del modernismo. Tampoco es un pletórico de esperanza.

–Lo sagrado aparece en la poesía tal y como aparece en la vida diaria, aparece por sorpresa, de repente, como diciendo aquí estoy, tenme en cuenta y desaparece.

–¿Quiere decir que no aparece de forma contundente, sino intermitente?

–El poder de Dios es tan pleno y total que ningún ser humano puede tener la noción plena de Él. A veces aparece de un modo y, otras, simplemente no aparece.

–¿Ha sentido alguna vez un sentimiento de absoluta comunión, de plenitud con lo sagrado?

–Nunca. Sólo estas intermitencias.

–¿Lee la Biblia?

–Sí, mucho. Aquí tengo la edición de Nácar-Colunga.

–¿La lee como un libro revelado?

–Sí, como un libro revelado, sagrado, que está en contacto con el Creador, con las esencias mismas de nuestro ser y de nuestra vida. No hay nada más hermoso que esos doce personajes que seguían a Jesucristo, cada uno con su carácter, con su personalidad, con su manera de ver al mundo, con sus debilidades y fallas. Son seres humanos: son nuestro retrato.

–¿Qué tiene que decir de Jesucristo?

–Resulta ejemplar que dijera “El que esté libre de pecado…” y aquello otro tan esencial de “Dar al César lo que es del César…”. Su grito en la cruz: “Señor, por qué me has abandonado”, es también de lo más humano que se ha dicho. Esa noción de la verdad esencial del destino del hombre tiene que venir de un contacto con la divinidad. Para mí, que he sido un cultor de la amistad, Jesucristo es también el gran modelo. Él era ante todo el amigo de sus apóstoles. Pienso que a San Juan lo iluminó, lo llenó de luz.

–La figura de Jesucristo, sin embargo, está prácticamente ausente de su obra.

–Es así porque no me atrevo. Un silencio por respeto. ¿Qué puedo decir yo de esa figura?

–¿No está de acuerdo con obras que tratan literariamente el tema de Jesús?

–No, jamás. Para eso hay que tener unas condiciones particulares que yo no tengo. Haber recibido de lo sagrado unas posibilidades de acercarme más estrechamente a esas verdades esenciales. Claro que escribo poesía, que es una llave de lo sagrado. No hay escapatoria, pero es distinto.

–En algunos de sus poemas percibo una atmósfera de solemnidad, el tiempo y las pausas de una liturgia recitada: “Oración de Maqroll”, “204”, “El miedo”, “Los trabajos perdidos”, “Amén”, “La visita del Gaviero.”

–Sí, proviene claramente de mi contacto con el lenguaje de las religiones. Me siento en conexión con el proceso, la vida, el andar durante milenios de la noción de lo sagrado.

–En su narrativa percibo una sensibilidad hacia los pobres, catalogados de bienaventurados en la literatura bíblica.

–Sí. Ellos son los verdaderos dueños del lugar. Mientras no hables con uno de ellos no sabes nada del lugar ni de la gente que allí vive. Ellos traen intacta la verdad, no la han prostituido ni comercializado, ni la han cambiado por dinero. Están viviendo una verdad plena.

–Su pasión por la realeza, ¿no es más bien un modo poético y lúdico de posicionarse contra la barbarie del vaivén electoral?

–Somos huellas del Creador. Una de las condiciones de la monarquía es que los reyes eran seres ungidos. Que después no estuvieron al ritmo de esa unción: ¡mala cosa! Había una concepción del poder ligada a un respeto, a un poder superior, a lo sagrado, a la religión. Hoy estamos presos del racionalismo más burdo. El presidente del país más poderoso y rico del mundo, basado en una mentira, que es que en Irak tenían armas atómicas, sacrifica miles de vidas a cambio de nada, y todo en virtud de la racionalidad democrática. No. ¡Por Dios!

–En su poema “La creciente”, nos encontramos con un verso amargamente esperanzador: “Espero un milagro que nunca viene.” ¿Define este verso su filosofía de vida?

–Siempre, desde niño hasta el día de hoy, he esperado que de la naturaleza, del mundo y de la zona de lo sagrado va a surgir un regalo, algo que me va a enriquecer. Pero nunca llega. Es una tontería. El regalo lo llevamos dentro y lo vamos descubriendo lentamente en medio de dolores, angustias, depresiones y también de dichas. Lo sé, pero siempre lo espero.

*Tomado de El Nuevo Día, 18/XI/2007