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TOROS

De nueva cuenta la mansedumbre del ganado prevaleció sobre la bravura

El francés Sebastián Castella se convierte en favorito del público de la Plaza México

Cuajó dos faenones

El Zapata, torero

Morante, abúlico

Amaya, perdido

Leonardo Páez

Ampliar la imagen Sebastián Castella, en una quietud que no parece esforzarse Sebastián Castella, en una quietud que no parece esforzarse Foto: Jesús Villaseca

Cartel raro, resultados extraños, desempeños previsibles. En la decimoquinta corrida de la temporada 2007-2008 en la Plaza México, segunda de las tres consecutivas para celebrar el 62 aniversario del coso, con una buena entrada y un clima agradable, se lidiaron tres toros de Teófilo Gómez y tres de Barralva, sobresaliendo por su bravura Maitecito, de Barralva, y por su toreabilidad Cincuentón y Pepón, de Teófilo. Los otros, habiendo manseado, merecieron mejor suerte.

Hicieron el paseíllo Uriel Moreno El Zapata, quien se hizo de tres orejas en dos actuaciones previas, José Antonio Morante de la Puebla, que se llevó dos en el mano a mano con El Pana, Sebastián Castella, triunfador de las principales plazas de España y Francia, y Alejandro Amaya, que se dejó un toro vivo en la corrida inaugural.

A lo largo del prolongado festejo destacó la torería y el pundonor de El Zapata y la maestría y el valor sereno de Castella, así como repetidos tumbos de los piqueros y deficientes actuaciones de los banderilleros. Lo demás fue lo de menos.

Hay toreros superdotados que no andan alardeando de ello, simplemente lo demuestran cada tarde con cada toro, sea o no propicio para el lucimiento (?). Tal es el caso del joven francés Sebastián Castella, que cosido a cornadas no parece tener memoria de lo que son capaces de hacer los toros, sino que a merced de una vocación que rebasa los estándares normales decide ejercerse como un torero de los pies a la cabeza, a excepción de su antiestética pelambrera que por detrás esconde la coleta.

Con su primero, Cincuentón, de Teófilo Gómez, que recargó en un puyazo, Castella veroniqueó con sentimiento y estructuró una faena a base de templados derechazos, siempre quieto, muy bien colocado, con una serenidad increíble, disfrutando de estar allí y girando solamente, adelantando la muleta para tirar de la suavota embestida en largos, limpios y gozosos pases, intercalados con algunos naturales menos buenos y dosantinas alegres.

El joven maestro francés hizo parecer bravo a un astado docilón al que de tanto torear pasó de faena, malográndola con dos pinchazos y una estocada casi entera caída y trasera. En el engolosinamiento recíproco llevaron, público y torero, la penitencia. Y mientras el juez Balderas confundía facilidad con bravura y ordenaba arrastre lento a los restos del toro, el público extasiado obligaba materialmente a Sebastián a dar la vuelta al ruedo, en inevitable entrega mutua.

Pero lo mejor vendría con Maitecito, un toro de Barralva con edad y pitones y una bravura seca que no admitía posturitas ni efectismo. Lo probó Castella en dos bellas verónicas por el derecho y luego de un tumbo-herradero y una vara, más un mediocre segundo tercio, el precoz catedrático inició su exposición con una delicada trincherilla con la zurda, para enseguida reanudar su soberbio testimonio del arte de la colocación y de la distancia entre muleta y pitones.

El hombre ejerce una maestría con transmisión sustentada en una quietud que no parece esforzarse, en un valor enorme que no se nota y en un regusto por torear que se contagia, dejando al toro precisamente donde quiere que le vuelva a ir.

Maitecito no era el toro de entra y sal sino que su temperamento de toro bravo requería de mucho mando y de suficiente poder para meterlo en el camino de una muleta sabia e ingenua a la vez. Al injusto pinchazo siguió una estocada hasta las cintas tras igualar muy bien al toro, dejando la muleta arriba para que el toro descubriera en el embroque. Emocionado, Castella recorrió el anillo con la oreja cortada a ley y un asombrado público comprobó que en la verdad del toreo todavía existen niveles.

Uriel Moreno El Zapata, poseedor de una tauromaquia recia y de un repertorio intemporal que incluye los tres tercios, estuvo en torero toda la tarde, primero con uno muy deslucido de Barralva al que metió en logrados naturales y derechazos en tablas coronados con un soberbio volapié, ensuciado por estorbosa rueda de peones que impidió que el toro doblara pronto.

Y a Perón, de Teófilo Gómez, Uriel lo recibió con el lance del Ojalá, parecido al Imposible pero con el capote. Quitó por melodiosas tafalleras, marcando muy bien los tiempos para rematar con media de ensueño. Volvió a banderillear con exposición y lucimiento, y tras iniciar con el pase del Imposible cuajó una sólida faena por ambos lados y la espada le impidió llevarse la oreja que tenía ganada.

¿Y Morante y Amaya? Fueron, pero no supieron estar.

 
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