Usted está aquí: jueves 7 de febrero de 2008 Opinión La señora de las moscas

Margo Glantz

La señora de las moscas

Siempre ha existido una ética de la gestualidad y un decoro corporal, forman parte de las convenciones tácitas que las distintas sociedades han impuesto a sus miembros, conductas aparentemente naturales, el resultado sin embargo de inconscientes procesos de aprendizaje e imitación. Por ello, deberíamos caminar erguidos, sentarnos dignamente, no gesticular, no realizar jamás movimientos bruscos ni con los brazos ni con las piernas, a riesgo de que se nos considerase locos o epilépticos y como resultado nos enviaran a un manicomio o nos mantuvieran sedados con medicamentos.

Curiosamente y fuera de contexto, las figuras que Manuel Marín recorta en delgadas tiras de metal se retuercen, se pliegan, adoptan posiciones insoportables e inverosímiles, se colocan de cabeza, abren y alzan las piernas, doblan los brazos, los estiran, los encogen, aunque no estén bailando ni haciendo yoga ni sean locos ni epilépticos, se tratará –¿se trata?– de estatuas inusitadas, esculturas  sinuosas, recortadas sobre un vigoroso material, colocadas sobre la pared o sobre un mueble especial, adoptando formas diversas y ocupando varias locaciones en el espacio, sobre una repisa o una mesa, o trepando hasta el techo, situadas a mitad de una pared, arrinconadas convenientemente en las esquinas.

En realidad estamos frente a rencarnaciones grotescas, producen una ambigua e inquietante sensación, sus cuerpos, parcialmente desnudos, están poblados de insectos; se posan en sus partes nobles, en sus brazos, sus axilas, el ombligo, las mejillas, las nalgas, los pechos, los muslos, como si esas alimañas formasen parte indisoluble de su cuerpo, como si éste y aquéllos coexistieran por naturaleza. Invaden también las texturas color pastel de las ropas cuidadosamente coloreadas con lápices de colores sobre una capa de laca blanca: técnica que permite diseñar mejor las sombras, atemperarlas o recalcar el diseño y el color de los zapatos de tacón pasados de moda que las mujeres calzan, cuyos tonos hacen juego con el color de sus cabellos plomizos, verdes, pelirrojos, azules o morados; la ominosa presencia de seres de otro mundo natural o irreal (o ambas cosas a la vez) –piojos, pulgas, arañas, escorpiones, ciempiés, azotadores, tarántulas, libélulas, avispas, viudas negras, hormigas, moscas, jejenes–, representa el reino de los invertebrados.

Vertebrados e invertebrados: extraño agrupamiento.

Obscenidad e irrisión combinados,  lo grotesco y lo humorístico reunidos, lo inocente y la impasibilidad, la caricatura regocijante y el estupor, ¿cómo permanecer indiferente ante esas presencias perturbadoras? Las veo y me divierten, las veo y me producen un asomo de náusea, las veo y me turban. Trato de entenderlo, ¿a qué se debe esa múltiple y azarosa percepción?

–A que pueden utilizarse como fetiches o los evocan.

–¿Acaso nos choca ver a un hombre desnudo con el pene erecto y, en la punta, un animal indescifrable; en los muslos un escarabajo, en el pecho –¿una araña, quizá?–; la boca desmesurada, el pelo azul turquesa, las piernas arremangadas y un asomo de calzado también azul turquesa en los pies apenas diseñados?

–¿Nos asombra que las esculturas griten a pesar de la impasibilidad que las limita, la de la materia con que han sido trabajadas?

–¿Será la volubilidad de sus movimientos aberrante?

–¿O a que ciertas esculturas convivan plácida y hedonísticamente con sus propios parásitos?

–¿Será obscena la presencia de los seres humanos semivestidos –el intersticio es erótico, decía Roland Barthes– o la combinación de los cuerpos con los insectos?

–¿Advertimos de repente que son los insectos los que ocupan el lugar principal y los cuerpos apenas funcionan como un espacio sobre el cual posarse? ¿Una nueva metamorfosisi kafkiana?

Parecería lógico terminar con una frase que alguna vez pronunciara San Agustín:

“Todos los hombres que nacen de la carne, ¿qué son, sino gusanos?”

Pero no, las esculturas laminadas de Manuel Marín exhibidas en el Museo Cuevas hacen coincidir los distintos reinos de la naturaleza, consiguen abolir las diferencias que durante siglos han pretendido separar herméticamente las forzadas fronteras; además, sus esculturas delinean con precisión las relaciones existentes entre el hombre y el animal, aunque algunos consideren esta relación ínfima o despreciable.

Los vertebrados, en unión casi indivisible con los invertebrados: extraño ayuntamiento, ¿una blasfemia?

 
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